Sophia - Despliega el Alma

14 octubre, 2011

Reinventando el feminismo


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La estadounidense Courtney Martin fue criada por una madre feminista, pero algo distinta de ella… Por Astrid Hoffmann

Un grupo de mujeres con hombreras, traje sastre y pelo bastante corto: así veía el feminismo Courtney Martin cuando era una niña en Colorado Springs, Estados Unidos. Courtney, que hoy tiene 31 años, creció en los años ochenta de la mano de una madre que leía a Gloria Steinhem (ícono del feminismo de la época), protestaba frente al Congreso y armaba ciclos de cine con la temática de la liberación femenina, y de la mano de un padre que renunció a su club de hombres porque no quería formar parte de una institución que excluyera a su mujer y a su hija.

Durante su adolescencia, su madre le regalaba libros feministas y la invitaba a grupos de reflexión, pero a Courtney los grupos de su madre le parecían muy poco cool y, aunque sus ideas no le resultaban ajenas, tampoco terminaba de identificarse con ellas. No se sentía representada.

Años después, mientras cursaba sus estudios de Sociología y Ciencia Política en el Barnard College, Courtney escuchó una charla de dos feministas apenas unos años mayores que ella y se quedó impactada por su discurso y por su apariencia. “¡Usaban medias de red y tenían cortes de pelo cancheros!”, recuerda. Ese día algo en ella hizo un clic: se dio cuenta de que existía un feminismo nuevo, con el que ella sí podía identificarse, un movimiento de mujeres que retomaron el camino iniciado por la generación de sus madres, pero con un enfoque renovado. Un feminismo activo, con redes en Internet e intervenciones artísticas, que reconocía la importancia de la estética y la diversión, sin perder de vista su objetivo principal: la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

Desde entonces, Courtney se convirtió en activista por los derechos de la mujer, sin miedo a llamarse a sí misma “feminista”. En los últimos años escribió cinco libros y hoy da conferencias en universidades y escuelas, escribe para distintos medios y coedita Feministing (algo así como “feministizando”), un blog que busca fomentar la acción colectiva en favor de la mujer. Eligieron ese nombre porque quieren que el feminismo se convierta en un verbo: que el movimiento esté ligado necesariamente a la acción concreta y transformadora en la sociedad.

Por eso, se mueven mucho y con rapidez. Hace algunas semanas, sólo para dar un ejemplo, la marca de ropa JC Penny sacó a la venta unas remeras para adolescentes que decían: “Cuando sos así de linda, no necesitás hacer la tarea”. Feministing lanzó de inmediato un petitorio on-line, miles de personas mandaron sus quejas a JC Penny y en veinticuatro horas las remeras fueron sacadas de circulación.

Ésta es, para Courtney, una prueba más de por qué aún es necesario que existan movimientos feministas. Pese a que se ha avanzado muchísimo en algunos aspectos, para ella sobran motivos para seguir luchando por los derechos de las mujeres: en muchos países, especialmente en Oriente, persiste la opresión de la mujer en todos los ámbitos; una gran cantidad de mujeres del mundo todavía no pueden votar; el tráfico de mujeres y niñas está en aumento; las mujeres son quienes más padecen la falta de acceso a la salud; aún están en desventaja frente a los varones en cuanto a los salarios y los puestos de poder, y hay cada vez más casos de mujeres con desórdenes alimenticios, entre otras situaciones alarmantes.

El feminismo en el que Courtney se reconoce representa la “tercera ola” del movimiento en Estados Unidos: la primera fue la de las mujeres que, a comienzos del siglo XX, lucharon por el voto femenino; la segunda fueron las hippies de los años sesenta y setenta, que en los ochenta continuaron abogando por los derechos de la mujer a una carrera universitaria y a incorporarse en el mercado laboral. Esta segunda ola sentó las bases para la vida profesional de la mujer, pero no terminó de resolver el problema de cómo equilibrar el trabajo con la familia y el hogar.

“La segunda ola se chocó con una serie de problemas cuando estas mujeres se convirtieron en madres, alrededor de los años ochenta. El principal inconveniente fue la ilusión de una crianza compartida entre padres y madres, en un mundo poco acostumbrado a esta idea. Este fracaso de la crianza compartida significó que estas madres quedaran atrapadas en el rol de ‘supermujeres’, y nos mostraran ese modelo. Mi generación es hija del feminismo que dijo: ‘Podés hacer cualquier cosa’, pero en los hechos lo que nos mostraba era: ‘Tenés que hacer todo’”, dice Courtney.

La nueva generación de feministas, entonces, viene a saldar las deudas que le dejó la anterior: entre otras cosas, encontrar un equilibrio entre la vida profesional y el rol de madres. Desde su casa de Brooklyn, Nueva York, Courtney habló con Sophia sobre la necesidad de reinventar el feminismo y terminar con los estereotipos que muestran a las feministas como mujeres enojadas y machonas que odian a los hombres. “Creo que esta reacción de la gente es una prueba del poder que logró el movimiento: si hacés que el feminismo aparezca asociado a mujeres que odian a los hombres y no tienen sentido de la moda, entonces, desviás el poder que tiene. Algunos también lo consideran innecesario, porque no reconocen que en todas partes hay todavía un machismo muy arraigado –explica Courtney–. Quizá por eso uno de nuestros trabajos pendientes es mostrarles tanto a varones como a mujeres por qué el feminismo es bueno para ellos, ya que, en definitiva, se trata de mejorar sus vidas, de hacerlas más auténticas, y no de odiar a nadie”.

–¿Por qué es necesario reinventar el feminismo? ¿En qué falló la generación anterior?

–Nuestras madres entendieron el feminismo intelectualmente, pero no lograron internalizar esta idea del todo, en parte porque los cambios culturales llevan mucho tiempo. Quizás es una ilusión, pero yo espero que nuestra generación sí logre internalizarlo antes de tener a sus hijas, para poder mostrarles a ellas otro modelo y que vean que es posible cuidarte a vos misma y cambiar el mundo al mismo tiempo. La generación de mi madre fue la primera en tener acceso al mundo del trabajo, de la profesión y del poder; entonces, realmente querían aprovechar eso, pero sin soltar el mundo del hogar y la familia, y terminaron haciendo todo, tratando de ocultar el enorme esfuerzo que hacían a diario. Ahora, nosotras, una generación después, todavía queremos tener poder, pero contamos con la oportunidad de ser un poco más realistas sobre cómo llevar una vida que incluya tanto a la familia como al trabajo o a los puestos de liderazgo: llevar una vida integrada, sana.

–¿Cómo se puede llegar a ese equilibrio?

–No hay una receta sobre cómo se puede internalizar eso, pero creo que cuanto más nos lo mostremos unas a otras, mejor vamos a estar. Tiene que ver con la autenticidad: el esfuerzo que se requiere para mostrarse perfecta es muy artificial y calculado, muy poco auténtico, porque lo que somos como seres humanos es imperfecto, confuso, creativo. A veces, es hermoso, y a veces, feo; a veces, somos inteligente, y a veces, distraídas. Somos todo eso. Si podemos conectarnos con esa autenticidad, y salir de todo el ruido de la cultura, de los medios, de nuestros padres y parejas, de lo que sea que nos impone ese mandato de “perfección”, tenemos muchas más chances de ser felices y sentirnos plenas. Es agotador y muy poco eficaz tratar de ser perfecta; más bien, hay que intentar ser buena, en el sentido de una buena mujer, auténtica con lo que se es, cómoda con el lugar que se ocupa en el mundo: no hay nada más gratificante que eso.

–¿Qué desafíos hereda la tercera ola?

–¡Hay tantos asuntos pendientes! Las mujeres jóvenes tenemos que reescribir los mitos con los que crecimos: que las chicas tienen que ser perfectas, hermosas sin esfuerzo y alcanzar logros personales y profesionales. Todavía no podemos mirarnos en un espejo sin una oleada de recriminación y ansiedad. Aún no hemos podido formar familias igualitarias donde los hombres no estén ‘dando una mano’, sino compartiendo las responsabilidades en todo sentido; todavía no pudimos crear instituciones que apoyen este tipo de familias, no pudimos crear una equidad verdadera que se refleje en el plano cultural. Una forma interesante de verlo es en las corporaciones y en el liderazgo político. En estos ámbitos, las mujeres pueden postularse, pueden competir por los mismos puestos que los hombres, pero en los hechos la composición femenina es mucho menor en los altos cargos de las empresas. Y en los puestos políticos estamos completamente subrepresentadas. Obviamente, esto no puede deberse a que las mujeres estén menos capacitadas: hay algo que está pasando en el camino, algo que las aleja de las posiciones de liderazgo, que las hace decir: “No, no voy a intentar llegar a eso”, o incluso algo que hace que no estén al tanto de sus oportunidades.

–¿Cómo definirías al feminismo actual?

–Lo pienso alrededor de tres componentes: la equidad genuina, la elección educada y la autenticidad. Hablamos de autenticidad porque creemos en la idea de que, más allá de tu género, podés comportarte de la manera en que realmente sentís que sos, y no pensar: “Soy una mujer, esto es aceptable”, o “Soy un hombre, esto es inaceptable”. Es bueno que los hombres sepan que pueden llorar; y se les debe permitir expresar sus sentimientos, por ejemplo. O que algunas mujeres no quieran tener hijos, que no sientan ese instinto maternal, y eso sea aceptable y no considerado patológico. La autenticidad se refiere a dejar que cada persona sea lo que quiere ser, sin todos estos imperativos que te dicen cómo se supone que deberías ser por ser mujer, por ser varón, por ser latina o por ser de color. Algo que nos diferencia de las generaciones anteriores es que nosotras no sólo hablamos de género, sino también de etnia, clase, nacionalidad o sexualidad. Son ideas que se sembraron en la segunda ola, y nosotras retomamos.

–¿Qué lugar tienen los varones en este nuevo feminismo?

–El desafío hoy es hacerles entender a los hombres que lo que se están perdiendo es maravilloso, y que el hecho de sobrecargar a las mujeres con todas estas responsabilidades les hace a ellos la vida menos feliz. Por supuesto, ¡nunca vamos a poder convencerlos de que tienen disfrutar de ir a la tintorería! Pero creo que hay dos tácticas posibles: para las que tienen hijos, hay que hacerles ver que lo que se están perdiendo de la crianza de sus hijos es la parte más hermosa e interesante de ser padre; yo veo que muchos hombres reaccionan a eso. Y, si no tenés hijos, el otro argumento es: “Si querés una esposa feliz, alegre, que quiera tener sexo, ¡agarrá la aspiradora!”. Hay muchísimos estudios científicos en los últimos años que demuestran que cuando los hombres hacen más trabajo doméstico, tienen mejores matrimonios. Se trata, en definitiva, de lograr que los hombres entiendan que aliviar a sus mujeres también va a mejorar la calidad de vida de ellos.

–De todas formas, hay una parte de la maternidad que siempre va a ser indelegable…

–Definitivamente, ¡sobre todo el dar de mamar! No tengo hijos todavía, pero lo he visto con muchas amigas mías, y es innegable: por mucho que quieran compartir la crianza, cuando una madre está dando de mamar, su hijo necesita plenamente de ella y es maravilloso. Ahí está nuestro desafío: cómo hacemos las mujeres para reclamar por nuestros derechos, ocupar puestos de liderazgo en el mundo “exterior” y, a la vez, ser realistas y honestas con el hecho de que hay una parte de lo que vamos a experimentar como madres que no se puede cambiar, que no podemos trascender la biología. Si tuviste un bebé y estás dando de mamar, te merecés un tiempo para apreciar ese momento, y un marido y un país que te garanticen eso con políticas públicas. Creo que es una locura que las mujeres terminen internalizando todo esto como un fracaso personal, cuando en realidad es un fracaso de nuestra sociedad. Hay un grupo en Estados Unidos que se llama Moms Rising, que están organizándose para hacerles entender a las madres que esto es un problema colectivo, que se tienen que unir para reclamar políticas.

–Esto es interesante, porque muchos dicen que el feminismo está en contra de la maternidad y la familia.

–Sí, es muy irónico que se diga eso, porque las feministas siempre han valorado la familia como el lugar central de la revolución: la familia es donde se crean vínculos, así como en la comunidad, en el barrio. Además, porque la experiencia de la maternidad es muy radical, porque te das cuenta de que querés un mundo mejor para tus hijos.

–En tu libro decís que tus padres te decían: “Confiá en tu indignación”. ¿Cuánto de eso tuvo que ver con tu activismo de hoy?

–Bueno, nunca me dijeron esa frase de manera tan explícita, pero sí me enseñaron que cuando algo me enojara, cuando algo me pareciera injusto, tenía que darle importancia. Eso no significaba quedarse en el enojo, pero sí registrar cuando algo me ponía incómoda de verdad, en el fondo de mi alma, y que eso me llevara a buscar la manera de hacer algo, de ponerme en acción. Muchas de nosotras fuimos perdiendo un poco de ese instinto de reacción ante la injusticia a medida que fuimos creciendo. Por ejemplo, pasar al lado de una persona sin techo: cuando sos chico, ves eso y querés hacer algo al respecto, no entendés por qué esa persona vive en la calle, sin comida. Eso somos en nuestro ser más profundo: alguien que reacciona ante la injusticia. Entonces, creo que es importante aferrarse a eso; como mujeres, no podemos acostumbrarnos a que nos acosen por la calle, o a que los hombres nos traten de una cierta manera… Este tipo de cosas se empiezan a volver “normales” porque pasan muy seguido, pero si podés ponerte en contacto con esa parte tuya que realmente reacciona ante la injusticia, y podés protegerte, es importante hacerlo.

–¿Por qué crees que hay tantas mujeres que todavía rechazan el feminismo?

–Creo que eso sucede porque hay una opresión internalizada: cuando crecés en una sociedad sexista, algunas mujeres naturalizan y aceptan ciertas cosas como normales; entonces, se sienten amenazadas por los cambios. Creo que requiere mucha confianza decir “Soy feminista” en una cultura que todavía muestra tanta resistencia a esto. Si no sos una mujer con mucha confianza, quizá te dé miedo aceptar algunas cosas. Yo creo que hay que mostrarles a las chicas más jóvenes que se puede defender a las mujeres y ser cool al mismo tiempo, que hay mujeres jóvenes muy interesantes, que hacen cosas geniales, que se visten con onda y se consideran feministas. Muchas chicas nos escriben diciendo que nos encontraron de casualidad on line, que siempre fueron bastante reacias al feminismo y de repente se encontraron leyendo nuestros artículos y pensando que tenía mucho sentido lo que decíamos. Eso es bueno, porque quiere decir que están entiendo lo que el feminismo verdaderamente es.

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