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Inspiración

7 octubre, 2019

Reflexiones en tiempos de crisis

Son épocas que nos necesitan más despiertos y comprometidos que nunca con aquello que nos rodea. ¿Cómo hacer de este viaje un proceso de aprendizaje? Claves para nunca perder de vista lo esencial.


Foto: Pexels.

Por Sergio Sinay

Crisis significa separar. Y también decidir. La palabra proviene del griego krisis. Ninguna palabra es caprichosa. Tampoco esta. Una crisis de cualquier tipo (afectiva, económica, social, de salud) es el momento de separar la paja del trigo, lo urgente de lo importante, lo coyuntural de lo trascendente. Es en ese sentido que se la suele definir como oportunidad. Aunque, en realidad, una oportunidad lo es si la convertimos en eso. En caso contrario son situaciones que pasan con más pena que gloria.

Las oportunidades no se dan hechas. Se construyen a partir de determinadas circunstancias.

En su Diccionario filosófico, el pensador francés André Comte-Sponville define a la crisis como “un cambio rápido e involuntario, que puede revelarse favorable o desfavorable, pero que siempre es difícil y casi siempre doloroso”.  Recuperando la etimología de la palabra, Comte-Sponville concluye que “la crisis nos obliga a decidir o decide por nosotros”. Esto abre varias vías de reflexión. Una de ellas vincula con la responsabilidad. Si, como dice el filósofo francés, o decidimos o la crisis decide por nosotros, la opción es hacernos cargo del timón de nuestras vidas y asumir las consecuencias de nuestras decisiones y elecciones. De eso trata la responsabilidad. Y cabe aclarar que dejar la decisión en manos de la crisis (o de otras personas, como cuando decimos “Elegí por mí”) no nos absuelve de la responsabilidad. Simplemente se trata de un modo de decidir haciendo como que no decidimos.

Es inútil buscar culpables cuando los que existen son responsables.

Convertir en un hábito el tomar decisiones bajo propia responsabilidad nos hace más libres. Esto es así porque quien tiene como norma de conducta el hecho de decidir y hacerse cargo, ve ampliada la gama de elecciones posibles. Al revés, quien limita sus decisiones por temor a las consecuencias, o busca culpables para estas, encontrará siempre restringidas sus opciones. El temor a ejercer la responsabilidad lo dejará ante un número sensiblemente menor de elecciones. Como consecuencia, entre responsabilidad y libertad hay una relación directa e ineludible.

La libertad, sin embargo, no es una y única.

Tanto para  Víktor Frankl (1902-1997), médico y pensador vienés, padre de la logoterapia (corriente para la cual los caminos de sanación pasan por la exploración del sentido de la propia vida), como para el psicoterapeuta existencial Rollo May (1909-1994), hay dos tipos de libertad, la primera y la última.

“Quien limita sus decisiones por temor a las consecuencias, o busca culpables para estas, encontrará siempre restringidas sus opciones. El temor a ejercer la responsabilidad lo dejará ante un número sensiblemente menor de elecciones. Como consecuencia, entre responsabilidad y libertad hay una relación directa e ineludible”.

La “libertad primera” es la del bebé que aprende a caminar y, deslumbrado por su nueva capacidad de movimiento y posesionado por sus deseos, no admite límites. Lo quiere todo y lo quiere ya. Por supuesto, los límites existen y le serán impuestos, tanto por quienes lo crían y educan como por las circunstancias y la vida. Muchas personas, demasiadas quizás, llegan a la adultez sin haber madurado lo suficiente como para salir de esta noción primitiva y rudimentaria de la libertad. Cuando por fin aprenden que eso no es la libertad real, lo hacen a precios altos, a menudo no solo para ellos, sino también para quienes los rodean y los quieren.

La “libertad última” es, a su vez, aquella por la cual siempre podemos elegir nuestra actitud ante las circunstancias que nos tocan vivir, aun cuando estas no sean producto de nuestra voluntad. Quizás la mayoría de las veces a lo largo de nuestra vida nos encontraremos ante situaciones que no hemos deseado, esperado ni planeado. Lo aleatorio, lo imponderable, lo azaroso.

Es lo que sucede, generalmente, con las crisis.

Quizás las hayamos visto venir, pero no estaba en nuestras manos poder evitarlas. Lo que sí depende de nosotros es nuestra actitud. Esto es lo que siempre podemos elegir, aun cuando no haya elección respecto de todo lo demás. Frankl ponía el acento en lo que llamaba el valor de la actitud. Y señalaba, como May, que esta libertad última es la que nada ni nadie puede quitarnos, la que nos pertenece y la que está en la base de nuestra dignidad.

Crisis liberadoras

Cuando arrecia una crisis todas estas cuestiones se ponen en juego, y lo hacen más allá de nuestra conciencia (aunque si somos conscientes, será mejor) y de nuestra voluntad. Las decisiones que tomemos entonces serán un vector importante en la búsqueda o la confirmación del sentido de nuestra vida. Las crisis son esas situaciones en las que no se puede todo, en las que la “libertad primera” desaparece y la “libertad última” emerge.

¿Nos estancaremos en la búsqueda de un culpable? ¿Nos ilusionaremos con irnos a donde sea, creyendo que de esa manera evadimos la crisis, cuando, en realidad, es posible que llevemos en nuestras maletas muchos temas propios, postergados y esenciales, con los cuales la crisis nos puso cara a cara? ¿Seremos capaces de alivianar nuestro equipaje existencial separando lo fundamental de lo accesorio, lo necesario de lo simplemente deseado, y podremos tirar por la borda todo aquello a lo que nos aferrábamos y la crisis nos muestra como no prioritario? Y, hablando de prioridades, ¿podremos establecerlas con claridad, estarán en primer orden las afectivas, las emocionales, las espirituales, o insistiremos en valorar por sobre todo lo material?

“Aun cuando afecten a toda una sociedad o a una comunidad en su conjunto, las crisis traen un mensaje personalizado para cada uno de nosotros. podemos oírlo, descifrarlo y abocarnos a la respuesta, o podemos unir nuestra voz a un coro de lamentos, quejas, imprecaciones y acusaciones”.

Las respuestas a todos estos interrogantes no se encuentran en Google, no nos la proporcionarán ni gurús, ni terapeutas ni confesores, no las conseguiremos por delivery. Una característica de las crisis es que nos ponen ante nosotros mismos y nos instan a responder. Como decía Víktor Frankl, no hemos venido a esta vida a hacer preguntas, sino a dar respuestas.

Aun cuando afecten a toda una sociedad o a una comunidad en su conjunto, las crisis traen un mensaje personalizado para cada uno de nosotros. podemos oírlo, descifrarlo y abocarnos a la respuesta, o podemos unir nuestra voz a un coro de lamentos, quejas, imprecaciones y acusaciones.

Existe una tercera posibilidad: la de ocuparnos de nuestros temas personales mientras también nos abrimos con empatía y voluntad solidaria a acompañar el tránsito de otros. Por supuesto, la tarea no es sencilla, exige tiempo, voluntad y resignaciones. Mientras las vivimos, nuestra sensación es que cada crisis es la peor. Sin embargo, en la vivencia de cada una hay una inevitable dosis de subjetividad. Nuestra memoria no es un archivo fotográfico, no es una hemeroteca ni una filmoteca. Nuestra memoria toma datos de lo vivido, no todo lo vivido, y, editándolos, elabora con ellos un relato.

Freud llamó a esto memoria narrativa, que es diferente de la memoria histórica. El relato cambia según el presente desde el cual lo confeccionamos. Por eso, quizás, es importante que cuando el presente se vive en el ojo de una crisis, hagamos de él una fuente de aprendizaje y de propósito que nos permita narrarlo mañana como un momento difícil, sí, pero del cual salimos transformados y con una noción del sentido de nuestra vida.

Foto: Pexels.

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