31 de julio de 2026
Dejarse alcanzar por un rayo de sol, cerrar los ojos, respirar hondo y sonreír. Hay algo reparador en recuperar esos gestos que, aunque pueden parecer simples, hasta insignificantes, al final del día habrán dejado una huella. No hay recetas para lograrlo: todo eso que nos devuelve la presencia, la calma o la sensación de bienestar puede ser un disparador. Por ejemplo, encender una vela al despertar, celebrar los nuevos brotes de una planta, preparar el mate sin apuro o abrir la ventana apenas amanece para registrar las tonalidades del cielo. Aunque parezca mentira, esos actos mínimos —que tantas veces realizamos en automático— pueden ayudarnos a recuperar la dimensión sagrada de la vida.
En una época atravesada por la velocidad, la productividad y la distracción constante a través de los múltiples estímulos que recibimos, recuperar los rituales cotidianos puede ser una manera silenciosa de devolverle un espesor a la vida que muchas veces parece haberse perdido. Para eso, no hace falta organizar grandes ceremonias: lo sagrado, muchas veces, aparece precisamente en aquello que, por sencillo, no siempre es considerado importante. Y es en la repetición consciente de aquello que hacemos todos los días y nos hace sentir bien, que podemos encontrar paz y sosiego para atravesar, incluso, los momentos más difíciles.
La filósofa francesa Simone Weil escribió que “la atención, tomada en su grado más alto, es la misma cosa que la oración”. Tal vez por eso los rituales nos transforman: porque nos obligan a habitar el instante, a estar disponibles y a hacernos presentes. Lo contrario de andar por la vida desatentos, como aquel que quien camina por la calle mirando el teléfono mientras la belleza del mundo permanece a los costados del camino sin ser descubierta.
Durante siglos, las culturas antiguas comprendieron algo que la sociedad contemporánea parece haber olvidado: que los rituales no eran un adorno de la existencia, sino una forma de ordenarla y darle sentido. El pan compartido, el fuego encendido, el silencio y la oración antes de dormir, el encuentro alrededor de una mesa para celebrar el paso a un nuevo ciclo. Pequeñas acciones capaces de convertir lo cotidiano en un espacio de encuentro con algo algo mayor y, por eso, significativo.
En ese sentido, el filósofo coreado Byung-Chul Han advierte que una de las grandes pérdidas de nuestra época es, precisamente, la desaparición de estas prácticas. En su libro La desaparición de los rituales sostiene que estas “acciones simbólicas” son capaces de transmitir valores, generar pertenencia y darle estabilidad a la experiencia humana. Donde todo se vuelve inmediato, acelerado y consumible, los rituales ofrecen en contrapartida duración, arraigo y sentido.
Han también señala que vivimos en una cultura donde cada acto de nuestras vidas debe producir un resultado inmediato. Y es quizás entonces que los rituales recuperan su potencia, para recordarnos que no todo necesita ser útil para tener sentido. Que existen gestos cuyo valor reside únicamente en la experiencia de estar despiertos, para habitarlos a solas o estando junto a otros sin perdernos los detalles.
En una investigación publicada en Personality and Social Psychology Bulletin, dos psicólogas estadounidenses revelaron que las personas experimentan una mayor sensación de sentido cuando realizan actividades que forman parte de las rutinas habituales. Es decir, que no son únicamente los grandes acontecimientos los que vuelven significativa una existencia, sino la repetición de acciones cotidianas cuando son vividas con consciencia, porque aportan estructura, coherencia y una percepción más profunda de que la vida no es caótica, sino que tiene un hilo conductor.
“El ser humano es un hacedor de sentido por naturaleza. Así como aprendió a procurarse el sustento, protegerse del frío y construirse un cobijo, con idéntico ahínco buscó en los astros la razón de sus sentimientos, vio símbolos en las llamaradas y entendió que los árboles, las aguas y el cielo eran seres vivos, como él. Se hizo fuerte en sus vínculos: pidió protección a los árboles y las montañas, ofició ritos de expiación al derramar la sangre de sus presas, cantó para agradecer sus conquistas, celebró cada retorno del sol”, describe la periodista y escritora Fabiana Fondevila en su libro Donde vive el asombro, acerca de esta experiencia a la vez mundana y trascendente.

En el ensayo El reencantamiento de la vida cotidiana, Thomas Moore propone precisamente eso: volver a mirar la vida diaria como un territorio cargado de sentido. Para él, el alma no aparece únicamente en los grandes acontecimientos, sino también en los gestos pequeños: en cómo ordenamos una mesa, en la música que elegimos para cocinar, en el modo en que habitamos nuestra casa o compartimos una conversación con alguien disponiéndonos a escuchar. “El secreto del encanto —escribe— es encontrar la extraordinaria belleza de lo ordinario”. Porque los milagros pueden ser, también, esa chispa divina que encarnamos y que, en un poema, el escritor uruguayo Eduardo Galeano describió como un mar de fueguitos encendidos.
Quizás por eso hoy muchas personas sienten una necesidad creciente de volver a ciertas prácticas simples: cocinar lentamente, escribir a mano en un cuaderno, prender un sahumerio al atardecer, caminar mirando los árboles, escuchar música sin hacer otra cosa al mismo tiempo. “El alma tiene una necesidad absoluta e implacable de realizar excursiones regulares al mundo mágico. Las necesita como el cuerpo necesita alimento y la mente necesita pensamiento. Sin embargo, nuestra cultura a menudo se enorgullece de desmentir y destruir las fuentes del encanto, explicando un misterio tras otro y derribando santuarios preciosos”, señala Moore.
En El elogio de la sombra, el escritor japonés Jun’ichirō Tanizaki celebraba precisamente esa belleza de lo tenue y lo pausado: la ceremonia implícita en los objetos simples, en la penumbra, en el tiempo lento. Hay una espiritualidad discreta en cuidar cómo preparamos el desayuno o en elegir mirar la lluvia durante unos minutos, antes de seguir corriendo hacia la próxima obligación. Darnos ese permiso de manera cotidiana puede resultar sanador.
La escritora y maestra zen Karen Maezen Miller sostiene que “la vida espiritual no está separada de la vida ordinaria”. Tal vez ahí reside la clave para comprender cuál es el desafío de nuestro tiempo y entonces dejar de buscar experiencias extraordinarias, para empezar a mirar con más hondura las escenas mínimas de nuestras rutinas. Porque un ritual cotidiano no necesita perfección, solo presencia, y puede aparecer al redactar unas líneas antes de dormir, al agradecer mentalmente algo que nos pasó durante ese día o encontrando el “huequito” de diez minutos que necesitamos para conectar con la respiración. Es así como florecerá la intención de reencantar nuestra vida.
No da lo mismo andar a las apuradas que conectar con nosotros mismos, con los demás y con el entorno, para estar dispuestos a registrar todo lo que pasa. Cada acto de consciencia nos obliga a ejercer la mirada atenta, para maravillarnos y sentirnos parte de un mundo que ofrece una belleza sublime. Por eso, tomar la decisión de darle espesor a esos momentos es la puerta de entrada hacia una existencia que ya no se despliega en modo robot, sino que se vive con un propósito claro: pasar por el mundo con los ojos abiertos.
En una época donde todo parece diseñado para la dispersión y para disparar nuestra dopamina a través de recompensas rápidas, recuperar los pequeños rituales cotidianos puede ser también una manera de recordar que no estamos obligados a vivir solo reaccionando a estímulos. Que tenemos la capacidad de discernir y la libertad de elegir cómo queremos vivir y de qué forma responder, con tranquilidad y presencia, a todo aquello para lo que somos convocados diariamente.
En el arte de aprender a construir espacios íntimos donde el tiempo desacelere y nuestra interioridad se vuelva audible, podremos comprobar que lo sagrado no era algo que quedaba lejos, sino que siempre estuvo en nuestro interior. El canto de los pájaros, el sonido del agua al caer y la risa de los niños, nos dirán al oído por qué camino ir, en esa travesía misteriosa que hoy más que nunca nos está pidiendo el alma.
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La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.
Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
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Me encantó el artículo. Es cierto que a veces vivimos en automático y queremos hacer varias cosas a la vez.Pero yo soy fan del encantó de las cosas simples de la vida.Y no siempre lo consigo
Hay que detenerse como dice Br David,,,mirar y actuar.No siempre me detengo y miro y me asombro 🫢
Me encantó el artículo. Lo escuché muy bien leído. Me atrapó el título porque estoy advirtiendo que me atrapó la rutina y perdí el entusiasmo de la vida. Si. Me engancho con las malas noticias y hago mis costumbres cotidianas apurada para volver a leer cosas de otras vidas.
Gracias por ayudar a recobrar el interés