Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

21 abril, 2022

¿Quieres ser Alain Delon?

“Envejecer apesta y no podés hacer nada al respecto”, dijo recientemente el actor francés Alain Delon. En su reflexión de hoy, Sergio Sinay desmenuza el enorme peso que tiene esa frase para ayudarnos a buscar otras miradas (y otras respuestas) para la vejez.


Imagen: Flickr.

Por Sergio Sinay

Para algunos es un acto de valentía. Otros lo ven como una fuga. Hay quienes piensan que se trata de una actitud patológica. Y no faltan los que encuentran en esta decisión una actualización dramática del que Albert Camus (autor de El extranjero, La peste, La Caída, Calígula y El mito de Sísifo, entre otras grandes obras) consideraba el tema esencial de la filosofía. Lo cierto es que el anuncio de Alain Delon de que en un momento próximo abandonará esta vida por mano propia (con la asistencia de su hijo) no pasó inadvertido. A sus 86 años, el protagonista de películas extraordinarias e inolvidables como Rocco y sus hermanos, El gatopardo, A pleno sol o El otro señor Klein, decidió que no quiere más, y lo dijo de una manera terminante: “Envejecer apesta y no podés hacer nada al respecto”, fueron sus palabras. Cruel convicción de quien fue considerado el hombre más lindo del mundo. Belleza que parece no haber sido un antídoto para el tiempo y el sinsentido existencial.

Volvamos a Camus (1913-1960), que en El mito de Sísifo consideró al suicidio como el tema clave de la filosofía, puesto que quien decide auto eliminarse de la vida declara que esta no tiene sentido. Camus, hombre clave en el existencialismo, admitía que, contemplada como un destello de luz entre dos eternidades de oscuridad, de pura nada, la vida es un absurdo inexplicable. Pero lo cierto es que estamos vivos, decía, y para que esto no sea un mero absurdo es preciso explorar el sentido de esa existencia. Como señalaba otro pensador existencialista, Jean-Paul Sartre (autor de El ser y la nada, La náusea y A puertas cerradas), lo importante no es la vida que nos dan, sino lo que hacemos con ella. Y esto es materia de nuestra responsabilidad.

Gracia y desgracia del final

Es posible, entonces, que si en el tramo final de la vida biológica, una persona concluye que esa experiencia apesta y decide terminar con ella, eso se deba a que no hay un sentido que lo oriente o sostenga. Más que centrarse en el supuesto hedor de la vejez, la cuestión del sentido es la que emerge. Porque la decisión de la eutanasia no necesariamente debería estar ligada al vacío existencial. También podría ocurrir que alguien decida salir del escenario porque siente que lo más importante y trascendente de su vida ya ha sido alcanzado. Estas personas (que las hay) partirán agradecidas. Otras, como Delon, lo harán disgustadas. No sabemos qué hay después, si es que algo hay, pero lo deseable es que el último acto, por propia decisión o por un natural fin de ciclo, nos encuentre en estado de gracia y no de desgracia.

Es posible que lleguemos a mejores finales, más plenos, si cambiamos las miradas, los prejuicios, los preconceptos con los que nuestra cultura ha estigmatizado a la vejez, hasta quitarle su condición de etapa cúlmine de la vida y definirla como una enfermedad de la que hay que huir y de la cual hay que ocultarse. Una enfermedad contagiosa, además, razón suficiente para apartarse de sus “portadores”. Escapar de la vejez es una fuga inútil y, además, patética. No se puede existir si no es cumpliendo los ciclos vitales, y entendiendo que estos no son compartimientos estancos, sino espacios de pasaje, puentes hacia nuevos escenarios.

En 1979, a sus 21 años, el periodista, escritor y músico estadounidense Mitch Albom tuvo como profesor en la Universidad de Brandeis, Massachusetts, al sociólogo Morrie Schwartz, con quien volvió a encontrarse de casualidad quince años más tarde, cuando Albom era ya un prestigioso periodista en Detroit. Se enteró de que Schwartz, a quien recordaba con cariño, sufría de esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y que no tenía mucho tiempo por delante. Schwartz murió dos años después (a los 89), pero en el ínterin Albom lo visitó todos los martes, y en cada encuentro entablaban profundas y cálidas conversaciones que el periodista vivía como preciosos legados por parte de su profesor, que aun con la degradación de la enfermedad conservaba una lucidez y una conexión con la vida admirables. Albom transcribió aquellas charlas en un libro conmovedor, que es ya un clásico: Martes con mi viejo profesor (convertido también en película con Jack Lemmon en el papel de Schwartz).

En la dirección del tiempo

Maestro y discípulo hablaron de las emociones, del arrepentimiento, de la familia, del amor, del estado del mundo, del perdón, del adiós, de lo que es un día perfecto, del matrimonio, y, por supuesto, de la muerte. “Si tuvieras siempre veintidós años, serías siempre tan ignorante como si tuvieras veintidós años”, le dice Schwartz, quien en todo momento se muestra agradecido hacia la vida, la sigue bebiendo hasta el último trago, no se ausenta de ella ni literal ni simbólicamente y, aun en su condición y con sus crecientes limitaciones, continúa celebrándola y dejando su legado. Las vidas que no avanzan en el tiempo, que se resisten a cumplir los ciclos vitales, acaban por ser insatisfechas, afirma el viejo profesor. Esas personas envejecerán de todas maneras, pero mal. Disociadas. Mientras sus cuerpos van en la dirección de la cronología, sus mentes tratan inútilmente de estacionarse en una edad temprana, de regresar a edades anteriores, como quien quiere ascender por una escalera mecánica que baja. En cada intento de disimular su edad, por los medios que fuere, no harán más que ponerla en evidencia, pero distorsionada, grotesca. Las vidas que encuentran su sentido lo hacen desarrollándose en el tiempo. Con un pie en la tumba (murió el 4 de noviembre de 1995, en su casa, en su cama), y tras haber bebido y honrado todos los ciclos de la existencia, Schwartz le dice a Albom: “Si has encontrado un sentido en la vida no quieres volver atrás, quieres seguir adelante, saber qué más hay”.

En el siglo XVI, Michel de Montaigne, exquisito filósofo humanista francés cuyos célebres Ensayos se pueden disfrutar perfectamente hoy, decía que llegar a viejo es un privilegio y un gran favor que se nos hace. Quizás sin haberlo leído, Mirtha Legrand respondía hace poco a quienes no cesan de burlarse de ella por su edad: “Ojalá ellos puedan llegar”. Pero no solo se trata de llegar, antes hay que viajar, atravesar las diferentes edades. Nadie se despierta viejo de un día para otro. Vamos construyendo nuestra vejez día a día, semana a semana, año a año. Es bueno saberlo, es aconsejable desechar la tonta idea de que “a mí no me va a ocurrir” y desde ahí burlarse de quienes ya llegaron, o huir de ellos, o despreciarlos.

La vejez no es una enfermedad. Pero el “juvenismo” sí lo es, y se trata de una patética pandemia que afecta a nuestra cultura y nuestras sociedades (las occidentales). Consiste en la absurda pretensión de ser “siempre jóvenes”, es decir de quedar inmovilizados como estatuas en el tiempo, de no crecer, de no madurar. Huyendo de la vejez se termina por huir de la vida. O se acaba saliendo de ella por la más oscura de las puertas.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()

Más de Reflexiones

La guerra, la sombra y nuestras sombras

¿Y si ese enemigo que hemos construido afuera no es más que un reflejo de aquello que negamos en nuestra propia alma? Sergio Sinay nos propone una tarea integradora: abrazar nuestras sombras, firmar la paz con nosotros mismos.

Guerra en Ucrania: ¿pesadilla interminable o...

La autora de esta columna de opinión, traductora y escritora austríaca de 81 años, vivió y padeció en su propia piel el drama de la Segunda Guerra Mundial. Hoy ve con tristeza lo que ocurre en el mundo y se pregunta si seremos capaces de comprender que a la libertad y a la paz la construimos entre todos.

La vida tiene sus razones

Nuestro columnista Sergio Sinay comparte su mirada sobre la serie After life, un envío de Netlfix que,
como una parábola existencialista y con exquisita sensibilidad y delicada comprensión del corazón humano, viene a hablarnos de duelo y nos recuerda que, mientras existimos, siempre hay un motivo para vivir.