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Sociedad

25 mayo, 2022

¿Qué necesita la Patria hoy?

Lanzamos esta pregunta en nuestro Instagram y surgieron maravillosas respuestas que hoy te queremos compartir. En esta fecha tan especial, reflexionemos juntos sobre lo que celebramos en este día, a través de opinión del historiador Omar López Mato, quien nos dice que todos podemos (y debemos) ser los héroes de nuestra patria.


Cada 25 de mayo los argentinos reflexionamos sobre qué significa la patria. (Foto: Twitter @yamilsantoro)

«Dignidad. Salir de la decadencia moral, respetar la ley y las Instituciones«, respondió, una de las primeras, una lectora de nombre @paodruetta. «Honestidad y honorabilidad«, agregó luego @silviasusanaaimaro. Un usuario de nombre @david.lautarov también quiso sumar su opinión para participar de la convocatoria de Instagram de @revistasophia: «Soberanía en sentido amplio (política, económica, alimentaria)«, escribió. Y la cuenta @nest_deco aportó lo suyo unos minutos más tarde: «Hoy más que nunca Educación, Salud y combatir el Hambre, aunque parezca mentira que la gente, aun trabajando, sea pobre es una realidad que duele«. Para @claucoach, como para tantos otros, la cuestión radicará en educar en ciudadanía: «Por sobre todo Educación para los Valores: Honestidad, Respeto y Compromiso ???». De a poco, una a una las voces se fueron sumando en una composición honda y sentida a través de la red social.

Así, en esta verdadera construcción colectiva virtual, argentinos y argentinas logramos, a través de responder a esta simple pregunta, aunarnos en algo más grande que cada uno de los 47 millones que somos: un mismo espíritu donde las rivalidades no existen y a través del cual, sabemos, podemos engrandecer nuestro entorno cercano para después hacerlo con nuestras ciudades, nuestras provincias y, al final, con la nación entera. Esa nación que, tiempo atrás, soñaron nuestros padres y abuelos y que tantas veces nos cuesta imaginar proyectada en un futuro prometedor para todos. ¿Entonces por qué, si sabemos que nos duele tanto todo esto que nos pasa, no encontramos el camino para empezar de nuevo?

Quizás, la respuesta de @raquelaguerop9914 resuene un poco en todos: «Para mí, Nuestra Argentina necesita diálogo, perdón, empatía, Unión en base al respeto por las diferentes opiniones y modos de vivir y de mirar la vida; y, COMPROMISO con ella, AMOR a nuestra Nación, solidaridad con nuestros hermanos latinoamericanos, acción y ACEPTACIÓN. Y desde allí reconstruirla, honrándola«. También la de @silbot_: «Justicia primero, honestidad, gobierno que trabaje para el bien de los ciudadanos, educación. Buenos ejemplos que ayuden a que todos los imitemos para ser mejores personas … y de ahí un mejor país«. Y las de tantos otros, que aportaron su mirada patriótica a través de palabras amables, inspiradoras, certeras. ¡Gracias a todos por participar de este diálogo que nos enriquece y nos llena de esperanza!

A continuación, te compartimos una reflexión del historiador Omar López Mato acerca de lo que nos pasó luego de aquel histórico 25 de mayo de 1810. Para comprender que, aunque nuestra historia es de verdad compleja, es tarea de todos no flaquear y seguir adelante con nuestra noble misión: ser los héroes anónimos de esa Patria que desde hace tantos años queremos ver por fin nacer.

La pregunta «¿Qué necesita la Patria hoy?» generó un rico intercambio. ¡Gracias por responder!

El día después del 25 de mayo

Por Omar López Mato

Hasta 1807, es decir, solo tres años antes de la gesta de Mayo, criollos y españoles habían peleado hombro contra hombro frente al invasor británico.

Calmados los ánimos después de la victoria, los criollos comprendieron que España no los podía defender, porque sus monarcas estaban cautivos de Napoleón y al haber perdido el dominio de los mares después de Trafalgar, poco podían hacer por sus súbditos en las colonias, y fueron librados a defenderse por sus propios medios.

Como siempre, detrás de nobles palabras como “libertad”, “soberanía”, “igualdad” y “hermandad”, se escondían razones económicas que empujaron a los criollos a hacerse del poder: hasta entonces el comercio con las colonias había estado bajo el control de empresarios españoles que ejercían un monopolio mercantilista.

«Los conflictos continuaron: eran cocidos contra chupandinos, porteñistas contra urquicistas. El país creció, sí, pero con asimetrías y disparidades. Las diferencias se multiplicaron y cada grupo creó su coraza para defenderse. De la misma forma que cada caudillo había defendido su terruño a fuerza de lanzas y trabucos, ahora cada cual lo hacía en forma corporativa. Las divisiones que antaño eran binarias ahora se fraccionaron como un espejo hecho añicos».

Cuando en 1810 se eleva la Primera Junta desplazando al virrey, el grito libertario no era una revolución para quitarse de encima  la opresión de los «tiranos» ,quienes hasta pocos días antes eran parientes, amigos o socios. La de mayo fue una revuelta reclamando el libre comercio y las cadenas que se rompieron en 1810 fueron las económicas, no las de la esclavitud y la sumisión.

Por la libertad de elegir los jóvenes se unieron a los ejércitos para vivir la gesta independentista, los comerciantes empuñaron las armas, los abogados se hicieron generales, los sacerdotes fraguaron cañones y las damas bordaron banderas.

Sin embargo, y como siempre, hubo pillos que lucraron con dineros de la patria en ciernes, bolsos de la plata rescatada del Potosí que desaparecieron, ventas de armamentos a precios extraorbitantes y barcos destartalados comprados como si fuesen flamantes  fragatas. 

Hubo violencia y excesos en la represión, hubo medidas arbitrarias e intereses mezquinos.

En un momento impreciso, porque es parte de la condición humana, las diferencias semánticas se convirtieron en odio, venganza y rencor que merecían castigos, sangre y balas. Las coincidencias del 25 de mayo –que jamás fueron unánimes– se desdibujaron. ¿Monárquicos o republicanos? ¿Federales o unitarios? ¿Rosistas o lomo negro?

Cada provincia trató de sacar su tajada, o al menos de defender lo que tenía. Cuando por fin el territorio pudo organizarse como nación bajo una Constitución (que se tardó 40 años en parir, creando la paradoja que la primera colonia en separarse de la corona –a medias tintas al principio– fue la última en organizarse constitucionalmente), el país creció al ritmo de la fertilidad de sus tierras y del trabajo de criollos e inmigrantes.

Los conflictos continuaron: eran cocidos contra chupandinos, porteñistas contra urquicistas. El país creció, sí, pero con asimetrías y disparidades. Las diferencias se multiplicaron y cada grupo creó su coraza para defenderse. De la misma forma que cada caudillo había defendido su terruño a fuerza de lanzas y trabucos, ahora cada cual lo hacía en forma corporativa. Las divisiones que antaño eran binarias ahora se fraccionaron como un espejo hecho añicos.

De ayer a hoy, un largo camino

La bonanza que habíamos creído eterna, con Dios luciendo la camiseta del seleccionado, concluyó casi de la noche a la mañana, aunque llevó décadas de involución. La derrota de Malvinas fue una profunda herida narcisista que tratamos de vengar con un gol dudoso en un Mundial. La llamamos “la mano de Dios” porque queríamos creer en nuestro destino de grandeza, en “la condena al éxito”, que dos cosechas nos salvarían de las deudas que arrastramos desde 1820, que el morocho argentino siempre triunfaría en París, que el talento nos sobraba por ser un “crisol de razas” y que eso nos daba derecho a despilfarro; al igual que los recursos naturales, la energía y las inteligencias que se van para otros rumbos. 

Destruirnos para empezar de nuevo, sostenía Mario Bunge casi como una regla argentina.

País de contrastes, somos nieve y selvas, desiertos y vergeles, salinas y lagos. Somos impulsivos y exaltados, somos ricos y también pobres, muy pobres por creer que lo tenemos todo y que todo se obtiene con solo extender la mano… Ya nos lo había advertido Ortega y Gasset: “Argentino, a las cosas”, porque entonces, y de esto hace caso ochenta años (1939), nos veía el filósofo español debatirnos con melancolía tanguera en “espíritu de promesas” e instaba «a abrirnos el pecho a las cosas y ocuparnos de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva”. 

Vivimos obsesionados por el pasado y nos peleamos más por lo pretérito que por el porvenir.

¿Qué nos falta a los argentinos? Primero preguntarnos, como los verdaderos patriotas, qué podemos hacer por Argentina y no qué hace Argentina por nosotros. Debemos buscar esa meta común que, en 1810, era la libertad comercial y la independencia. Hoy no sabemos adónde ir, ni si existe un norte. ¿Qué queremos ser? ¿Un país agro industrial o de tecnología de punta? ¿Queremos una meritocracia o el imperio del pobrismo? ¿Queremos una economía estable, predecible o queremos las “emociones” de andar a los tumbos en un país convulsionado? El primer paso para la enmienda es saber qué somos y tratar de entender al que no piensa como uno. Encontrar en los demás razones de unión y no de escisión.

Después, debemos descartar las soluciones mágicas y los hombres iluminados. El único secreto es trabajo y esfuerzo, ahorro e inversión productiva. Hay millones de argentinos que necesitan trabajo para recuperar la dignidad.

Por último, debemos reconocer que, para llegar a este vacío que nos agobia, todos y cada uno de nosotros tenemos nuestra fracción de culpa y debemos reconocerla como tal para poder recomenzar.

Hemos sufrido guerras civiles, desastres naturales, derrotas, revoluciones, guerrillas, subversión y desaparecidos, inflación, hiperinflación y recesión. Y esas duras y terribles experiencias, como sostiene el filósofo y ensayista Santiago Kovadloff, no lograron transformarse aún en enseñanza. Y es una verdad histórica que, si no aprendemos de nuestros errores, estamos condenados a repetirlos.  

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