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Hijos

27 febrero, 2019

¿Qué es la fobia escolar?

Se acerca el comienzo de clases y algunos chicos comienzan a desarrollar este tipo de comportamiento. Lloran, se enojan, se sienten mal... ¿Por qué no quieren ir al colegio? ¿A quién recurrir? ¿Cómo ayudarlos a atravesar este trastorno del que pocos hablan?


La “vuelta al cole” ofrece postales de niños felices de volver a clases, de la mano de útiles escolares nuevos y uniformes de estreno. Sin embargo, la misión de retomar la escolaridad no siempre es tarea sencilla: muchos chicos experimentan un sentimiento contrario al que nos muestran las publicidades en esta época del año.

Chicos tristes, ansiosos, temerosos, enojados, de mal humor…

Cada caso es distinto, pero pesa en casi todos los ejemplos al respecto un denominador común: aquello que los especialistas en crianza denominan fobia escolar. Su impacto crece año a año, dando lugar a consultas psicológicas e incluso psiquiátricas, y el padecimiento genera malestar en los niños y en sus papás.

Mi hijo no quiere ir a la escuela

No sé qué le pasa, a pesar de que va a un colegio divino, no quiere saber nada con volver“, le dijo a su pediatra de confianza la mamá de Nicolás, preocupada porque su hijo de 9 años se resiste con ataques de llanto a la idea de terminar las vacaciones y retomar el ciclo lectivo.

Entonces él le explicó que se trata de un auténtico trastorno de ansiedad, lo que conduce al niño buscar evitar la situación a como de lugar. El malestar puede ser psíquico (enojo, rabia, miedo, ansiedad, angustia) y también se pueden revelar síntomas físicos (fiebre, dolor de cabeza y de panza, eneuresis o dificultad para controlar esfínteres, vómitos, náuseas), variables de acuerdo a la edad.

Para los terapeutas, este tipo de conducta comienza con la llamada “Ansiedad de Separación”, que tiene lugar entre los 18 y 24 meses de edad y se caracteriza por una crisis de angustia, llanto y pataleo cuando el niño debe separarse de sus familiares más cercanos o cuidadores. Normalmente, esa ansiedad se va diluyendo con el tiempo, aunque hay casos en los que los síntomas perduran.

En general son chicos a los que les cuesta socializar por fuera de sus familiares o amigos directos. Y muchas veces sus padres los protegen demás, dificultando que sus hijos conecten con el mundo exterior sin el “escudo protector” de sus progenitores.

Cuando un chico o adolescente desencadena una serie de síntomas a la hora de ir a la escuela, es importante poner el foco en la angustia que siente y no minimizar. Esta emoción desproporcionada deberá despertar la alarma necesaria para instar, primero, a un diálogo con ese hijo y luego a pensar en la posibilidad de pedir ayuda profesional.

Algunas cosas a tener en cuenta:

El niño manifiesta abiertamente su desagrado ante la posibilidad de ir al colegio. No quiere levantarse, ni vestirse, ni desayunar. Pide que se le permita faltar con la firme promesa de que no volverá a hacerlo, pero esa conducta vuelve a repetirse días más tarde. Si se lo obliga, llora, grita, patalea. Se aferra a la madre o a quien esté cuidándolo al momento de la separación.

A veces la negativa se manifiesta también a través de síntomas corporales: dolores de cabeza, de estómago, náuseas, vómitos, desvanecimientos, taquicardia, etc.

Aparecen ideas negativas que se repiten y prevalece la sensación de fracaso. El chico dice que se va a sentir mal en clase, que va a desaprobar un examen, que sus compañeros se van a reír de él…

Es fundamental destacar que el bullying puede ser disparador de esta conducta y por eso conviene visibilizar la problemática frente a los docentes a cargo y autoridades del colegio para sumar esfuerzos.

¿Cómo ayudarlos?

En primer lugar, hay que tener en claro que nuestros hijos inician la actividad escolar luego de haber estado en casa, protegidos, cuidados y que la situación de compartir varias horas con adultos y niños que no pertenecen a su núcleo íntimo requerirá un período normal de adaptación. Ese tiempo es distinto para cada chico y nunca se debe apurar el proceso ni compararlo con el de sus compañeros.

Asimismo, debemos reconocer y trabajar nuestros propios temores a la hora de enfrentarlos con la situación escolar: no debemos dejar traslucir nuestra propia angustia al ver que crecen y pasan a una etapa de mayor independencia que la anterior, ni pensar que porque nosotros lo pasábamos mal ellos deberán experimentarlo de igual modo.

Una buena idea es demostrarles alegría por las cosas buenas que les esperan, hablarles con entusiasmo de todo lo que van a aprender, de cuánto van a jugar y de todos los amigos que tendrán con el correr de los días.

De ser posible, un buen plan es acompañarlos al ingreso durante los primeros días de clases, pero sin prolongar excesivamente la despedida ni darle carácter de tragedia. La salida también es una buena oportunidad para esperarlos y, de camino a casa, charlar sobre cómo fue su día, qué hicieron, qué aprendieron y celebrar juntos las novedades y los avances obtenidos.

De nada sirve enojarse, retarlos, amenazarlos o castigarlos por no querer ir al colegio. Solo basta con actuar con firmeza y convicción, explicándoles que de no estar realmente enfermos y de o existir ninguna otra causa que lo amerite, deben ir sí o sí. No es buena idea dejarlos faltar porque llueve, porque da fiaca madrugar, porque hace frío: la fobia se solucionará más rápido si los chicos se enfrentan a su temor y lo atraviesan.

Si a pesar de todo la fobia perdura, se debe consultar con el pediatra, quien indicará ayuda profesional. 

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