Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

25 noviembre, 2019

Que al alma nunca le falte un hogar

Las paredes y objetos de una casa hablan de quienes la habitan. ¿Cómo hacer de cada espacio un refugio cálido, íntimo y con sentido? Algunas ideas para crear ambientes únicos y personales que permitan expandir el espíritu.


Por Carolina Cattaneo

La necesidad que el alma siente por un hogar no tiene que ver solo con un refugio o una casa, sino con formas más sutiles”, dice el escritor y terapeuta estadounidense Thomas Moore, que con esta frase de su libro The Re-Echantment of Everday Life, expresa algo que difícilmente encontremos en una revista de tendencias en decoración. Los humanos, en nuestra dimensión más profundamente espiritual, nos dice el autor, necesitamos “construir un hogar, y de manera más misteriosa, encontrar un hogar para el alma”.

Una casa, las paredes, los distintos ambientes o rincones hablan a través de quienes la habitan, de su mundo emocional, sus sueños, sus deseos e incluso sus pérdidas. Y a la vez, los cobijan. La palabra “habitar”, nos recuerda Moore, tiene como raíz el concepto de dar y recibir, y habitar un lugar significa darle a ese lugar lo que necesita y a la vez abrirnos a recibir lo que tiene para darnos.

Pero si lo que somos a un nivel menos material está silenciado y hecho a un costado, ensordecido por el barullo externo, eso que en realidad debería ser un refugio íntimo y cálido, nos resulta ajeno y frío. “La experiencia del hogar está tan fuertemente arraigada en nosotros que cuando la encontramos, percibimos su encantamiento en el aire, y cuando eso falta en nuestra experiencia diaria, quedamos atrapados por un sentimiento de incompletitud”, sigue Moore.

Una casa es una casa y punto si allí no podemos descubrir quiénes somos genuinamente, de qué materia está hecha nuestra esencia. Y si como dice el escritor estadounidense el alma necesita un hogar, ese conjunto de ladrillos y tabiques y cielorrasos y muebles que componen nuestra casa, debe darle al alma espacio para que se exprese, se regocije, se expanda a sus anchas, se nutra y juegue. Hacerla a su medida no es difícil, solo hay que saber escucharla y darle rienda. Atreverse a lo no convencional, a lo que trasciende a las modas, a lo que está fuera del tiempo, otorgarle a la casa el permiso para hablar por nosotros y de nosotros a través de los objetos, los colores, la luz, en fin, a través de todas las decisiones que tomamos en torno a nuestro hábitat.

No hay un manual arquitectónico ni de interiorismo que nos guíe al momento de tomar esas decisiones y cualquier listado de consejos de decoración resultaría arbitrario e insuficiente. En este terreno, lo que manda es la intuición y la exploración de nuestra interioridad, tan singular como única. Sin embargo, todos estamos cosidos por la misma mano y nuestra naturaleza humana no es tan diferente de una persona a otra. Nos une un hilo universal. ¿Quién no necesita un espacio para encontrar de tanto en tanto un poco de sosiego, donde dejar ir los pensamientos y entregarse al silencio y la contemplación?

“Solo buscaba un lugar más o menos propicio para vivir, quiero
decir: un sitio pequeño donde cantar y poder llorar tranquila a veces. En verdad no quería una casa; Sombra quería un jardín”.
Alejandra Pizarnik

Para eso, por ejemplo, una reposera demodé pero cómoda en la terraza, lista a cada momento para tumbarnos a mirar las estrellas en las noches cálidas y perdernos en el escenario infinito del universo, puede ser más potente que el último grito de la moda en cuestión de mobiliario.

¿Y para los espíritus inquietos, aquellos que sueñan despiertos con descubrir nuevos lugares?

Viajar físicamente no siempre es posible, pero la curiosidad está siempre bien dispuesta a mirar, por ejemplo, un planisferio pegado en una pared y descubrir un sitio cada semana, o cada mes. Hoy el mundo está a un click de distancia y a veces alcanza con pinchar banderines sobre un mapa y elegir el próximo destino para explorarlo a través de su música, sus escritores, sus artistas, sus comidas. Nada que Google o Youtube no tenga para ofrecernos. Si no podemos visitar un país, que ese país nos visite a nosotros.

Espacios compartidos

Y si hablamos de visitas, ¿a quién no le gusta recibirlas? Algunas pueden sorprendernos con sus cantos armoniosos o con estallidos de vivos colores. Bebedores, comederos, casitas en los árboles o ciertas especies de plantas invitarán a aves y mariposas a compartir nuestros espacios. Los colibríes liban de 300 a 500 flores por día y ofrecerles muchas, sobre todos las tubulares, donde meten su pico para sustraer el néctar, los atraerá al jardín, balcón o patio. Los seducen los rojos, naranjas, amarillos, morados y azules, y adoran cada tanto descansar en algún árbol. Algunos de sus manjares favoritos son la Salvia involucrata o Pyrostegia venusta (bignona de invierno). Proveérselas es tan fácil como darse una vuelta por el vivero.

Ver el avance de las estaciones nos conecta con nuestra naturaleza más primitiva, esa que, a lo largo de la historia y sobre todo con el avance de la vida moderna y urbana, hemos ido relegando. Retomar el vínculo con el ciclo vital nos devuelve la humildad de sabernos pequeños eslabones de un sistema más grande, tal vez infinito, y a la vez nos devuelve la grandeza de sabernos parte fundamental e imprescindible de ese sistema. Y para eso no hay mejor estrategia que la cercanía con las plantas.

Esta es nuestra casa.
Entremos.
Para ti la hice
como un libro nuevo,
mirando, mirando,
como la hace el hornero,

Tuya es esta puerta;
tuyo este antepecho,
y tuyo este patio
con su limonero.

Tuya esta solana
donde en el invierno
pensará en tus párpados
tu adormecimiento.

Fragmento de Entremos, poema de José Pedroni.

No hacen falta grandes extensiones de tierra y los espacios menos convencionales pueden albergarlas, por eso no hay que temer, por ejemplo, a poblar de verde el cuarto de baño: en el vasto universo vegetal, existen especies que se sienten muy cómodas con la humedad. Hay que saberlo: una pequeña planta en maceta es capaz de hacernos recordar que un instante, como aquel en que olemos el primer jazmín de la temporada, puede durar una era.

Los caminos hacia el alma son infinitos, múltiples y diversos como los seres humanos. Incluso adentro de nosotros mismos hay una diversidad de aspectos que aparecen en distintos momentos, no somos un bloque único”, dijo hace un tiempo el escritor y ensayista Sergio Sinay en una entrevista que dio a esta misma revista. Allí comentaba: “El alma no pide estar planchada, limpia y almidonada, guardada en un estuche a salvo de las vicisitudes de la vida, sino que pide estar ahí donde transitamos todos los días, donde sufrimos y gozamos”. Ese “ahí” por excelencia es nuestra casa. Pintar un pizarrón en la pared para dar trazos anárquicos y lúdicos o disponer de una porción de suelo donde los niños tengan permitido dibujar una Rayuela puede ser equivalente a trascender algunas reglas estéticas, si tal cosa existe. Pero si hay algo que la felicidad jamás demanda es simetría y perfección.

Espacios para soñar

Los elementos más impensados ayudan a convertir una casa en el nido que nos espera a la vuelta del trabajo y nos resguarda de las urgencias banales. El viento, por ejemplo: su sonido en complicidad con un carillón tiene la capacidad de recordarnos que la vida consiste en ser conscientes del aquí y ahora, de traernos al instante presente con sus distintas tonalidades sonoras, que tiene tantas como la existencia misma.

Hay una casa, amor, cerca del río, 
que he sabido mirar emocionado.
La misma que soñé, desmemoriado, 
cuando la luna me vistió de frío.

Hay una casa, amor, blanca y pequeña, 
frente a una calle larga y arbolada, 
que es el retiro con que mi alma sueña,
para la vida plena y sosegada. 


Fragmento de “Hay una casa, amor”, poema de José Francisco Cagnin.

Bienvenida, entonces, la magia menos esperada.

No todas, pero algunas tendencias pueden atentar contra los gustos del alma, si se las aplica al extremo. Por caso, despojarse y quedarse únicamente con lo más nuevo y lo más funcional puede no ser de su agrado. Hay objetos que intermedian en el mundo de las emociones humanas y conectan con el núcleo sagrado de los recuerdos. Y si estamos entre tirar o no tirar ese mantelito bordado a mano, que luce cansado y roído por el peso de los años, pero cobija el recuerdo vivo de una abuela? ¿Por qué deshacerse de ese banco imperfecto pero significativo, fabricado a mano por un padre amoroso y cincelado por el paso del tiempo? “La presencia de la mano -dice Thomas Moore- evoca el espíritu que estamos buscando”. Es cierto que la estadía de esos de esos objetos en la casa puede irradiar cierta nostalgia, pero después de todo, ¿cuál sería el problema? “No sé qué hay de malo con la nostalgia”, reflexiona el escritor. Si después de todo, la nostalgia en su justo equilibrio es un forma de resistencia del alma para no olvidar lo bello que supo ofrecernos el pasado.

¿Por qué no darle, entonces, un rincón en el garage o en el galpón a ese hobby que tantas veces nos envuelve en un espacio sin tiempo, un estante en la cocina donde se posa con elegancia el juego de té heredado o una pared para la biblioteca donde la imaginación se regocija? Después de todo, en esos espacios, resida tal vez el alimento que tanto necesita el alma.

Fotos: Pexels.

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