Sophia - Despliega el Alma

Punto de Vista

8 julio, 2008 | Por

Prisión de las ideas

Para poder integrar el alma y la razón, o lograr que convivan lo más armoniosamente posible, el gran desafío es no caer prisioneros de nuestras ideas, ver la realidad tal cual es y liberarnos de las ataduras del pasado que nos esterilizan.


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No me acuerdo de si fue la primera o la segunda sesión de psicoanálisis de mi vida, pero no me la olvido más. Había ido derivada por el médico especialista que me trataba por esterilidad, porque andaba un poco irascible y quería abandonar el tratamiento que ya llevaba varios años. Después de haberle contado al psicoanalista el resumen de la historia de mi vida con todos los detalles que consideraba importantes, y especialmente las “razones” por las que creía que mi problema de esterilidad era apenas un detalle en una vida afectiva y profesional casi “perfecta”, se hizo un silencio. Pausadamente, como eligiendo cada palabra, me dijo: “Usted puede seguir toda su vida haciendo estos brillantes razonamientos… porque en los hechos los hace muy bien…” (para mis adentros yo sonreía: lo había impactado bien, me consideraba inteligente) “… lo malo es que después se los cree”, disparó.

Quedé absorta, sin aire. Me sentía como una chica descubierta en su mentira, aunque la engañada era yo misma. Ese día se me abrió como una rendija del inconsciente y asomó algo desconocido para mí: la posibilidad de que hubiera “otra verdad”, una explicación distinta de la “oficial” que yo aceptaba como válida. No necesariamente mi versión sería falsa, pero sin duda era incompleta. Había más.

Empecé por admitir este descubrimiento aunque me asustara y me llevara a profundizar en historias infantiles y a cuestionarme mis certezas. Algo era cierto: la esterilidad me dolía mucho más de lo que yo admitía hasta ese momento. Había logrado racionalizar mi tristeza y mis miedos, y negarlos con “ideas” sobre la mujer moderna, el desarrollo profesional, el éxito laboral, junto con la sistemática descalificación de las mujeres “Susanitas”. Ideas… ideas… mientras la realidad, mi realidad, iba por otra parte.

El proceso de autoconocimiento, aun entre las lágrimas, desde ese primer día me pareció fascinante. Era como bucear en el fondo del mar. Es cierto que una puede vivir toda su vida como una turista marplatense, para quien el mar es el agua azul y salada, la espuma de las olas rompiendo contra las escolleras, las tablas de barrenar, el windsurf, las lanchas y los barcos pesqueros. Pero el mar empezaba a ser para mí algo más, el de abajo, el desconocido, el de Jacques Cousteau, el que con máscara y tubo de oxígeno aparecía ante mí lleno de rocas, algas, cangrejos y aguavivas, peces y tiburones a lo lejos, y hasta el resto de algún barco hundido. Todo eso también era el mar, como también eran partes mías las que iba descubriendo.

Memoria o creación

Han pasado casi treinta años, pero no me he olvidado de esa frase lapidaria y sigo estando agradecida a quien me la dijo, porque fue el principio de un proceso de curación que, con distintos analistas y la ayuda de Dios, me llevó más de veinte. En esos años, no una sino muchas veces, tuve que aceptar que los hechos y las personas no fueran como yo creía o como yo quería que fueran, y enfrentarme con esa realidad que yo tanto me empeñaba en negar. Algo mucho más fuerte, más “real”, irrumpía cuestionando y hasta desarticulando mis “brillantes razonamientos”, que, como frágiles castillos de cartas, quedaban desparramados sobre la mesa. Era mi alma la que reclamaba, no sin alguna cuota de enojo, su espacio, su lugar en el prolijo mundo racionalista construido sobre mis “ideas”.

Integrar el alma y la razón, o al menos llegar a una convivencia armoniosa entre ambas, en mi caso no fue un proceso simple. Pero no me arrepiento ni de los años invertidos en terapia, ni de las lágrimas, ni de las horas pasadas de rodillas: el primer y más valioso fruto –aunque por cierto no el único– fue la curación “milagrosa” de la esterilidad y la llegada de mis tres maravillosos hijos.

Hace unos días cayó en mis manos un artículo de Xavier Guix, psicólogo y escritor español, que me recordó ese proceso. Ya desde el comienzo el autor advierte sobre las trampas de la razón: “pensar no es fácil”.

El mayor privilegio y la peor pesadilla de nuestra mente es su capacidad de hacer representaciones de todo y luego moverlas por el tiempo como si fuéramos directores de nuestra propia película. (…)

Solemos caer en la trampa de creer que lo que hacemos, pensamos y sentimos es producto de cada momento, cuando en realidad es producto de nuestro pasado. Si queremos crecer, cambiar, explorar nuevas conductas y posibilidades en nuestra vida, si queremos dejar de hacer cosas que no funcionan, hay que dejar de ser memoria para ser creadores de nuestra vida

Este mecanismo de racionalización que en el plano individual funciona como una defensa contra el miedo o el dolor basados en experiencias del pasado también es aplicable a nuestra visión del mundo en general, y se cristaliza en las ideologías. Las ideas que sostenemos a rajatabla muchas veces son defensas, y en los hechos, son un obstáculo para que la realidad se nos manifieste tal cual es porque funcionan como un filtro selectivo. Nuestro sentido de evidencia funciona al revés, como irónicamente dice Guix en otro libro: “Si no lo creo, no lo veo”.

La argentina estéril

Vivimos en un mundo en el que todavía subsisten las ideologías, verdaderas prisiones invisibles donde muchas veces quedamos atrapados. Llegamos a pensar que es más fácil cambiar la realidad que nuestras ideas. Ya lo decía Tolstoi: “Todos quieren cambiar el mundo pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”.

Es que no es fácil cambiarse a sí mismo, ni curarse a sí mismo de su ceguera, ni liberarse de las ataduras del pasado que nos esterilizan. A menudo es el dolor el encargado de iniciar el proceso, que puede seguir con alguna terapia o no, pero que fundamentalmente es obra de la gracia de Dios. Cada vez más terapeutas admiten hoy que no hay curaciones verdaderas y permanentes sin un desarrollo espiritual de la persona. Me viene a la mente un bellísimo y esencial pasaje del Evangelio:

Jesús fue a Nazaret, el pueblo donde se había criado. El sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso de pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías, y abriendo encontró el lugar donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor”. Luego Jesús cerró el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los que estaban allí tenían la vista fija en él. Él comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír”. (Lucas 4, 16-21)

Por experiencia propia sé que la prisión de las ideas puede ser tan eficaz como una cárcel y la ceguera psicológica, tan invalidante como la física. Y que Dios puede curar ambas.

Con el conflicto entre el gobierno y el campo ha quedado de manifiesto que muchos argentinos están presos entre los barrotes de las ideologías, o los de la memoria, como decía Guix. Y no me sorprende que el resultado de esta nueva confrontación sea una Argentina estéril: el precio de las ideologías a menudo es la esterilidad. Goethe lo decía muy poéticamente: “Toda teoría es gris y sólo es verde el árbol de la vida”.

Memoria o creación. No se trata de borrar la memoria de los hechos del pasado, sino de elaborarlos psicológicamente, como individuos y como sociedad.

Sólo entonces conseguiremos la integración entre los argentinos. Y así, la fertilidad.

 

¹Xavier Guix, “No deje que la mente lo vuelva loco”, El País Semanal, 18/5/2008.

ETIQUETAS alma-razón autoconocimiento memoria

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