Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

30 enero, 2015

¿Y por qué no?

Una mujer de 40 años, recién separada y madre de dos hijos, comparte su pregunta en voz alta. ¿Y por qué no animarse a volver a empezar, para recuperarse a sí misma? Por Vera Magnani.

Habían pasado unos meses desde mi separación; unos meses de intentar recuperarme a mí misma y de responder a algunas pregunta: “¿Quién era yo antes? ¿Quién fui durante los últimos diez o quince años? ¿Quién quiero ser ahora?”. Durante semanas, meses, dormí poco. Pasé del tejido al que me había aferrado durante un tiempo antes de la separación –y de un mal humor o rigidez instalados que me habían dejado atrapada– a abrir las ventanas; a verme, de pronto, con horas libres por delante.
Y una noche me descubrí a mí misma en una terraza, con un amigo de toda la vida, riéndonos, escuchando el mismo disco que escuchábamos a los 25. Lo abracé. Me dije: “No soy tan diferente a la de entonces”. Pero, claro, en el camino me convertí en madre, en el camino pude armarme de un oficio, en el camino cumplí 40 años.
Supe que había algo que ya empezaba a soltar y que había cosas que ya no quería soltar y que ahí estaban, desde siempre: la urgencia por escribir, la urgencia por llenar hojas en blanco. Las ganas de seguir.
¿Y la urgencia por vivir? Esa otra urgencia había ido calmándose, con el tiempo, dando lugar a otras responsabilidades, días de trabajo con horario fijo, durante años. De casa al trabajo. Del trabajo a casa. Y en el medio, los preciosos, mis bebés, que fueron llegando, y las noches largas, y las pocas ganas de quedarme levantada de noche para mí, porque no había resto, o porque había una nota más por escribir, una tarea más por terminar. Y porque había otro, sí, un compañero que había estado ahí.
Hasta que me quedé sola: un poco más sola, y esto es, de a ratos, sin mis chicos, que se iban a la casa de su papá. Al principio me sentía perdida, como mareada, más bien tapando vacíos, medio a tientas, sin saber bien cómo ni por qué.
Pero en ese momento también aparecieron otras preguntas: ¿Qué era lo que quería escribir? ¿Dónde quedaron mis clases de yoga? ¿Quiénes son mis amores? ¿Y mis amigos? ¿Cuál era la receta que quería preparar? ¿Y el cine, los ratos en el cine, esos refugios seguros? ¿Y la libertad de salir de una sala a oscuras y entrar a un bar…? ¿Cómo era eso, cómo sería eso?
Entonces, me propuse terminar la manta de colores para mi hijo, esa que había empezado para sanar, para que el tiempo tomara forma de algo, para que pudiera abrigar mejor a mis hijos, o para demostrarme a mí misma que sí podía abrigarlos sola.
Llevar adelante una casa sola. Salir adelante.
Y, por qué no, sentir que podía volver a enamorarme. Que podía volver a sentirme enamorada, a salir, a elegir un vestido para una noche diferente. Con miedos, con dudas, con reparos. Pero sin poder frenar las ganas de estar bien, de (re)cambiar la energía, de sentirme cada vez mejor.
Por mí y por mis hijos. Estar bien para que ellos puedan tener una mamá ya no rígida sino abierta a lo que pueda venir; cansada a veces, desbordada o desordenada otras tantas; siempre feliz de ser su mamá. O de ser mujer, con toda la garra, la fragilidad y la belleza –todo a la vez– que eso puede querer significar.

mujer-sol-agus

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