Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

14 marzo, 2015

Un milagro por la mañana

Un cuento breve acerca de las vueltas de la vida, o mejor dicho, sobre las vueltas de un deceso. Porque todo puede pasar una mañana cualquiera, cuando cae un malvón.

Ramón murió clínicamente por una desgracia común y corriente: le cayó una maceta sobre la cabeza tempranito, mientras caminaba por la calle Perú al 200. El supuesto dueño de la maceta alegó que la misma pertenecía a la propietaria del departamento que él alquilaba. “¿Y yo qué tengo que ver?”, se encogía de hombros cuando los vecinos, conmovidos y apiñados frente al cuerpo desplomado prolijamente sobre la vereda, le preguntaban por qué no la había descolgado.

La maceta, que era de cemento gris, se había roto en dos pedazos y las raíces del malvón se bifurcaban prolijas sobre la cabeza contusa del -en ese entonces- muerto. Pero como la naturaleza siempre era sabia en eso de dejar mensajes vistosos, unas flores fucsias le asomaban a Ramón por detrás de las orejas.

-Qué cosa, pobrecito… por lo menos se va entre malvones- sollozaba una señora que llevaba un rulero (de los grandes) sobre la frente.
-Pero qué horror, qué mala suerte, no somos nada- la consolaba un señor que justo pasaba.

-¡¡¡Uy se murió alguien!!!- intentaban abrirse paso unos chicos recién salidos del colegio, y tomaban fotos con sus celulares entre risas nerviosas.

Lo que todos ignoraban era que Ramón no estaba demasiado feliz con la vida que llevaba, que tenía deudas con el banco, con el fisco y con su mamá, quien había permanecido viuda y sola desde 1984. Una mujer dura, pero cocinera excepcional, que preparaba lasagna casera los domingos y después de tomar la tercera copita de caña Legui, siempre terminaba confesando querer más a su hermano menor, a esa altura único heredero de la empresa textil que Ramón había estado a punto de fundir luego de que su padre murió.

La multitud reunida se mantuvo activa en el cuchicheo hasta que la ambulancia se llevó la camilla con el cuerpo inerte de ese hombre al que identificaron en voz alta como Ramón Carpeletti, de 53 años. Era una suerte que, en vida, él siempre hubiera tenido la precaución de llevar documentos encima y un papel arrugado con el teléfono de su tía Beba. El barullo fue en aumento cuando el camillero preguntó si alguien podía llamarla, porque a ellos no les daban viáticos. Un joven bien vestido se ofreció gentilmente a usar su teléfono, porque de pronto el resto de los concurrentes había dado un paso atrás, silbando por lo bajo.

-Es que tengo minutos libres en mi plan y prefiero gastarlos a dejárselos a la empresa- explicó y todos parecieron conformes con la motivación.

Y aunque intentó ser lo más breve y directo que pudo, tuvo que dar la triste noticia varias veces, porque al parecer se trataba de una mujer de edad avanzada y algo sorda, que no entendía bien quién la llamaba y tampoco quién era el Ramón que había muerto.

-Qué tragedia- dijo suspirando finalmente al cortar, mientras todos asentían al mismo tiempo y lo palmeaban en la espalda y en los hombros, en una nutrida mueca solidaria.

Cuando la ambulancia partió, usando la sirena más como un acto de fe que de urgencia, la muchedumbre testigo del accidente comenzó a dispersarse con la celeridad que cedían las aglomeraciones al finalizar un recital de rock.

Esa noche todos miraron el noticiero y algunos hasta llegaron a reconocerse entre el bulto, mientras un editado de imágenes del suceso iba pasando por la pantalla bajo el título “La maceta asesina. ¿Accidente o negligencia del gobierno?”.

Pero lo que nadie supo fue lo que ocurrió al día siguiente, cuando Ramón despertó en la morgue del hospital y una mujer de limpieza lo vio de pronto sentado con las piernas colgando de la camilla de acero quirúrgico y se puso a llorar, arrodillada ante él para agradecer el milagro a la Virgen Desatanudos.

A Ramón le pareció un poco extraño y a la vez descortés salir corriendo para ir al banco a chequear que no hubiera vencido la hipoteca. Entonces le acarició la cabeza, preguntándose qué caso tenía apurarse en salir de ahí, cuando alguien rezaba con semejante entrega por él y, de pronto, las posibilidades se le ofrecían nuevamente. Aunque las vueltas de la muerte nunca eran perfectas: le dolía demasiado la cabeza.

malvon-adentro
Malvón fucsia, responsable de finales y comienzos.

 

 

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