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Blog: El Taller

28 marzo, 2015

Por amor a ellos

Un texto que nos habla de las idas y vueltas de página. Y a través de las palabras, un homenaje entrañable a quien supo dejar como herencia su enorme pasión por los libros. Por Sandra Mesa

Ella vivía para ellos. O mejor dicho, por ellos. Ella amaba, más que nada en el mundo, a los libros.

Cada minuto libre de sus días y de sus noches, era feliz leyendo, con un libro en sus manos, volando con su mente y su corazón adonde la llevase la historia…

De chiquita perdió a su papá, y su mamá, que trabajaba mucho, apoyó la temprana inclinación de su hija por los libros, para que se entretuviese mientras ella no estaba.

A medida que fue creciendo, se convirtió en una adolescente tranquila y algo retraída, que no se sentía muy cómoda en eventos sociales.

A los 20 ó 21, no recuerdo bien, su mamá falleció. Para ese entonces ya había comenzado a trabajar en una ferretería mayorista de zona sur. Era callada y eficiente, nunca tuvo problemas con nadie. Trabajaba de lunes a sábado.

Yo vivía a tres casas de ella. A veces nos veíamos en el colectivo y así fue que, de a poco, empecé a conocerla.

Me contó de su pasión por los libros. El primer domingo del mes, después de cobrar su sueldo, iba a la librería del shopping y la recorría, regodeándose, estante tras estante, hasta que -según me decía- sentía que un libro “la llamaba”.

Poco a poco empezó a trasmitirme su amor. Me prestaba sus libros y hablábamos de ellos.

Fue para esa época en que comenzaron los dolores de cabeza, cada vez más fuertes. Luego de mucho insistir, fue al médico. Estudios y más estudios. Tenía un tumor. Estaba en un lugar donde no se podía operar. No había nada para hacer, salvo atenuar su sufrimiento. Tuvo que dejar de trabajar y pasaba el día en su casa.

Rara vez se quejaba. Me decía que, cuando aumentaba el dolor, ella no dejaba de leer y poco a poco comenzaba a olvidarlo, sumergida en ese mar de palabras de las que surgía la historia que ella, al menos por un rato, vivía como propia.

Me entristecía ver cómo sufría. Pasaba a verla a diario, y me contaba de sus historias. Ya no podía ir a comprar sus libros, así que la relevé y de a poquito yo también comencé a desarrollar el instinto que me guiaba hasta el libro que esperaba por ella.

Un día no respondió al timbre, busqué mi copia de la llave y entré. Estaba en su sillón favorito, al lado de la ventana, con un libro en sus manos. Juro que nunca vi en alguien sin vida una sonrisa tan hermosa. Dicen que murió tranquila. Yo sé que se fue feliz. Y pienso que ella, en un momento, ya no quiso vivir lejos de ese mundo de historias hechas de palabras y decidió vivir en él para siempre.

Algunos sintieron pena; decían que había muerto muy joven, con tan poca vida vivida. Pero gracias a sus libros, ella vivió mil vidas.

Estuvo con bosquimanos en África y en los suburbios de París. Fue colonizadora de Nueva Zelanda y esposa de un caudillo en México. Navegó por los fiordos noruegos y cultivó café en la India. Fue maestra, médica, exploradora, detective, periodista, ama de casa y astronauta. Vivió pocos años y una larga vida. Sufrió grandes penas amorosas pero también vivió amores inmensos. Nunca fue madre y tuvo muchos hijos. Fue cobarde y valiente, solidaria y egoísta, soñadora y realista, religiosa y atea, joven y anciana, triste y feliz.

En sus libros halló compañía, sostén y alegría. Con ellos vivió mil vidas y agradezco haber aprendido eso de ella.

Tal vez, algún día nos volvamos a ver. Tal vez yo también ese día elija sumergirme en un océano de palabras para ya nunca dejar de vivir los que otros, con sus corazones y sus mentes, han puesto en palabras para que nosotros las descubramos.

Porque yo también, gracias a ella, he empezado a vivir por amor a los libros.

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La librería Lautréamont, ese paraíso encontrado en Montevideo. Foto: Inés Gugliotella.

 

(*) Nota de la Editora: Los textos elegidos podrían ser corregidos para mejorar su ortografía, acentuación, puntuación o sintaxis.

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