Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

17 marzo, 2016

La imaginación

¿Y si todo eso que pasa por tu cabeza mientras soñás es lo mismo que puede al fin despertarte? Una mañana en la oficina, una canción. Ese momento en el que imaginar puede ser tan mágico como subversivo. Por Deborah Ramírez

A veces estoy sentanda de frente a la computadora en la oficina y una pequeña yo está haciendo piruetas en mi mente. La música es un componente muy importante en cuanto al desarrollo de mi imaginación. Dependiendo el tempo o la letra, mi corazón se agita y mi espíritu se impacienta. De vez en cuando me pongo triste recordando, el pecho me oprime y se caen solitas las lágrimas… No sé si es melancolía o creatividad inexpresada, anhelos de volar. De entender, de experimentar, de conocer. Anhelos.

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  1. m. Deseo vehemente de conseguir alguna cosa:

    tiene el anhelo de llegar a ser un campeón.

Eso que se traduce en ansiedad constante, necesidad de comprar objetos y de cubrir esos deseos con una linda taza. O un lindo vestido. La búsqueda de la distracción como “curita” sanadora de una herida que se pudre en mi interior. La pequeña yo que baila, o a veces se sienta en una luna menguante a observar cómo sube la gente por la escalera mecánica del subte. Y sonríe, porque en la cotidianeidad no hay nada más bello que ver el cielo celeste al salir del subterráneo. La pequeña yo que dibuja. La pequeña yo que sueña. La que desea con vehemencia salirse de esta mujer encadenada por sus propios pensamientos.

Cuando estoy en la oficina, leo historias o veo fotos de personas que son testigos de paisajes tan hermosos y la pequeña yo aparece para sacudirme por los hombros y gritar: “¡Idiota! ¿Qué hacés que no dedicás tu vida a llenarte de colores, a cuidar las flores que florecen en el mundo en primavera?” “¿Qué haces con todo ese miedo inútil que llena tu corazón de moho?”.

Cuando estoy en la oficina, escucho música y me transporto. Imagino. Sueño. Sueño despierta con todo lo gris que me rodea. Y mi pequeña yo me invita, sin palabras ni gestos -simplemente alcanza una mirada- a que me levante lentamente de la silla muerta. Para que recorra por última vez el camino desde mi escritorio hacia la puerta y salga, me eleve y no vuelva nunca más.

Pero justo en ese momento, siempre termina la canción.

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(*) Nota de la Editora: Los textos elegidos podrían ser corregidos para mejorar su ortografía, acentuación, puntuación o sintaxis.

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