Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

22 julio, 2015

La habitación imperfecta

En el encuentro con una amiga el mundo adquiere siempre nuevos significados y ofrece la posibilidad de discurrir acerca de los pequeños, grandes temas de la vida, pasando de uno a otro (y viceversa).

En toda habitación una cucaracha siempre era una posibilidad crujiente debajo de la suela del zapato, pero de repente daba asco tener que ser la responsable de estamparle el pie a la realidad de su presencia. Nadina gritó cuando la vio aparecer entre unos papeles y ponerse a caminar por las paredes azules de su cuarto. Y, sobre todo, cuando el insecto se echó a volar como alcoholizado, sube y baja, sube y baja, por toda la habitación.

Nos levantamos y corrimos, ¿cómo no? Estábamos escuchando una canción y acabábamos de pensar algo grande. ¿De qué hablábamos? De una nueva ocurrencia de Nadina: decía que la cuestión radicaba en ingeniárselas para acumular felicidad, con la idea de no quedarnos nunca más a secas en épocas de cosecha emocional trunca.

Hacía un momento, apenas, que nos devanábamos los sesos tratando de pensar cómo hacerlo. Fue entonces que apareció la idea de instalar un volquete aquí o allá; una estructura algo brusca pero de gran capacidad, donde nadie osaría meter la nariz para husmear entre nuestros escombros de alegría, mientras éstos quedaban a la espera de ser material de construcción de un nuevo cimiento. Y si le poníamos tapa, por ejemplo, acaso eso nos evitaría lidiar con los ladrones de estructuras íntimamente derruidas, porque oportunistas de debilidades una siempre podía toparse a lo largo de la vida.

— ¡Ay, se va a caer encima mío! —giraba en círculos Nadina, sin saber para dónde ir, tropezando con la cama o con las dos sillas que ella misma había colocado en el centro geográfico de la escena.
—No te muevas… —le pedí antes de dar el gran golpe.

Así fue que, cuando la cucaracha alcanzó el techo, arrojé una bota con destino al cielorraso. Mi mala puntería hizo que el taco terminara agujereando la lámpara y después, al caer, me golpeó los dedos del pie derecho, provocándome un dolor seco y también la certeza de que las cosas que caían por su propio peso, sí,  pero antes tenían algo que decirnos acerca de los descensos precipitados de los órdenes de importancia.

— ¡Por favor, matala, matala! —saltaba desesperada mi amiga de pie en pie.
—Tranquila—le dije.

Pero no iba a lograrlo. La cucaracha voló hacia nosotras, como si quisiera demostrarnos que igual podía tocarnos, si se le daba la gana. Un imprevisto nos permitió huir: cuando aterrizó sobre un libro de autoayuda digno de la sección de ofertas, aprovechamos para dar un salto hasta la puerta y cerrarla detrás de nuestros cuerpos.

Por las dudas decidimos continuar la velada en el living y, en cierto momento de la noche, lo de la felicidad poco importaba ya. Hicimos zapping hasta encontrar una película de amor en el cable que las dos conocíamos de memoria y en la escena del final, pura comunión inalámbrica, repetimos al unísono la frase célebre de su acartonada protagonista: “Oh, querido, lo bueno es que no existen los instantes perfectos”. Y entonces nos sentimos livianas y comimos pizza recalentada del día anterior.

volquete-adentro
Habitación en Arles de Roy Lichtenstein, basada en la serie de Vincent van Gogh.

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