Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

8 enero, 2016

Iole, Olinda y Ángela

Roberta Garibotti, querida lectora y amante de las letras, nos acerca este relato en el que rescata una visita a un hogar de ancianos donde pudo conectarse con lo más esencial de lo humano y extender los brazos. Una bella reflexión sobre el paso del tiempo, los lazos familiares, la vejez y la fuerza del espíritu más allá del declinamiento físico.

En la ruta fui rezando; siempre que hago ese trayecto, Cardales – Capilla, voy rezando. Una especie de amuleto apalabrado, así es mi rezo. Pido protección, lo que me espera al llegar, me duele. Mis hechicerías casi siempre me dieron resultado, si no es Dios, seguro debe ser una gracia que me otorgo yo misma y me predispone para hacerle frente a ese lugar silencioso y lleno de nostalgias postradas…pero nostalgias al fin.

Llegué al asilo a las once de la mañana, el candado estaba puesto pero sin cerrar, es muy difícil que de allí alguien escape, si así fuera, lejos nunca llegaría. Subí un par de escaleras bajitas, no creo que se trate de más de tres escalones: ¡cómo le costaba a mamá subirlos! Abrí la puerta que antecede al hall de entrada; es una puerta de madera antigua, vieja, linda, con vidrio repartido. Todas estas etapas previas me ayudan a prepararme para el encuentro con mi abuela de noventa y cinco años. Ella se sienta, mejor dicho, la sientan en una silla de ruedas, en una mesa que está enfrentada a la puerta de entrada. Siempre ocupa el mismo lugar. Cada uno de los dieciocho viejitos tiene una sagrada porción de espacio delimitado, donde transcurre con pausa eclipsada el escaso calendario que queda en sus vidas deterioradas y cansadas.

Minina, mi abuela, mueve los labios, el de abajo acaricia al de arriba en un ritmo parejo, mastica aire, mira la nada, sus ojos están llenos de agua turbia y venitas rojas.
-Hola Minina –le digo fuerte al oído-, más para que todos vean que vive y tiene nieta que para encontrar una respuesta. Una viejita sentada a mis espaldas me cuenta a modo de advertencia:
-No entiende nada la abuelita pobrecita, ¿cómo está tu hermana?
-Bien –le respondo
-Yo pienso en la bendición que tiene tu abuela de tener una nieta que se ocupe. Me acuerdo de tu mamá cuando la venía a ver, tan mal tu mami, con su bastón. Me contó tu hermana que tenía muchas escaras –me comentaba todo esto como para iniciar una conversación y movía la cabeza negando la muerte, la desgracia, la enfermedad. Se mordía el labio inferior para demostrar cuánto la afligía nuestra pérdida.
-Sí, sufrió mucho, fue terrible la agonía, qué va a hacer –contesté un poco con resignación y con la idea de pasar a otro tema- . Lo único que deseo todas las semanas que visito el asilo es irme rápido, salir del miedo, retomar la vida caminada, sin ruedas, sin babas, buscar mi talismán hecho oración “padre eterno yo te ofrezco el cuerpo y la sangre de tu amadísimo hijo nuestro Señor Jesucristo”. Un ritual de entrega y esperanza, una súplica; amparo, consuelo, algo que me quite de la monstruosidad acechando por todas partes: desde chiquita he sentido que la muerte es un monstruo.
Fui a la cocina, estaba Gayda, una de las encargadas, preparando tuco en una olla inmensa. El lugar tiene calidez, humanidad que pelea contra la inercia, el dolor, la incontinencia…

-¡Qué rico se ve eso, Gayda! –le dije
-Estoy apurada, nena, tengo que dejar todo listo para las que vienen después, dame que te anoto lo que trajiste. Medicación, recién el lunes el doctor Gambra deja las recetas –me comentó mientras sacaba carne del horno con un repasador grueso en la mano para no quemarse-. Gayda tiene don, parece hecha para esa tarea, se mueve con rapidez, habla con sus viejitos (así los llama), da directivas a una enfermera, pela manzanas para compota, anota en un cuaderno: champú, talco, crema, colonia, Clonagín (todo lo que había llevado para mi abuelita). –Estoy tan cansada, no sé si será anemia, el otro día me sentí mareada –contó mientras se retiraba el flequillo de la frente y con el repasador, que es su arma, su amuleto de tela, se secaba parte del sudor de la cara. Gayda es diminuta y poderosa, ejecutiva. Pasa por al lado de Arturo, un hombre sin edad (nunca podría decir el número, ni intentar adivinarlo) y le dice “pórtate bien Arturo”, le besa la cabeza.

Esta mañana el aire era espeso, lleno de fuego, alguien en alguna parte debió haber prendido un secador de pelo gigante, tamaño dinosaurio. Pero los ancianos no lo sienten, su eterna quietud los hace permanecer afuera del tiempo y la temperatura, lejos del gozo, en una espera de otoño gris.

Me alejé de la cocina, ya había cumplido con mi deber. En el camino se interpuso Ángela, una mujer de noventa y dos años. Siempre charlamos un ratito. Ella lo agradece con sus gestos y me cuenta cómo era de joven, la época de costurera en la que todo el pueblo le llevaba ropa a arreglar, vivía en el campo, comía muy sano. En nuestro primer encuentro ella usaba un andador y me explicó que tenía una operación de cadera de la cual se estaba recuperando.
-En enero me dan el alta definitiva. Ahora me estoy rehabilitando. Uso esto para estar más segura. Por suerte voy a poder caminar –me dijo, en esa oportunidad, con un lenguaje claro, correcto, estirando un poco las eses, me parece que más por los dientes postizos que por algún dialecto o costumbrismo-. Se la notaba esperanzada, es de las personas que hablan con sonrisa pegada, calcada entre las palabras. Me pareció increíble que Ángela tuviera proyectos a los noventa y dos años.
-Estás regia –le dije-. No pude dejar de sentir algo de culpa por pertenecer a los humanos que caminan sin bastón y me urgió la necesidad de hacerle saber que yo también espero lo mejor para ella. En mi interior supe que alguna vez voy a estar yo parada en el lugar del temblor, en el abismo de una caída inminente, con menos dientes y más arrugas.
-Tanto como regia…no, pero me gustan mis cositas, tejo, hago manualidades… -y mientras me hablaba parecía un niño que da un examen, esperando aprobación. Hacía pausas y pensaba en algo indescifrable (al menos para mí). Recordaría momentos o buscaría más tema para la charla quizás. Su vejez está camuflada por un espíritu que se muestra limpio, intacto, reluciente.

Ángela, ahora, ya está sin caminador, luce independiente, dinámica. Ayuda a levantar tazas del desayuno, tiene el pelo peinado hacia atrás, de un color gris que dignifica su semblante.
-Yo paso las tardes en el parque, debajo de los árboles hago mis cositas. Estos días me baja la presión –dijo apenas nos pusimos a hablar hoy-. Parece que envejecer es absolutamente equivalente a queja, queja expresada con caras, gestos, sílabas, onomatopeyas…quejas.
-¿No tenés caramelos?
-No, mi familia es de Zárate y no pueden venir a cada rato. Para nochebuena me vinieron a buscar. Y ahora me quedé sin fruta. Acá hay ensalada de frutas, compota, me gusta, pero siempre tengo peras o manzanas en la heladera –dijo con la boca dibujando una sonrisa que denotaba anhelo-. El jardín de infantes, mi pensamiento evocó la guardería, con chicos esperando, necesitando. Ángela no podía ir a comprar una pera o dos kiwis.

En un momento de mi vida en el que ya casi nadie depende de mí, Ángela se presentó como una oportunidad gloriosa de volver a ser útil. La idea de salir corriendo para volver a mi casa a preparar la reposera, tomar sol, encandilarme con cualquier cosa que me apague el miedo, la memoria de la brutal muerte de mi mamá, la incertidumbre acongojada de no entender cómo sigue esto, se difuminó dando lugar a otras ideas menos ansiosas, más practicables que la preocupación indefinida oscilante entre el mañana, el ayer. Era indispensable conseguir fruta para Ángela. Todo lo otro podía esperar, me quedaba el viaje de vuelta a Cardales, donde vivo, veinte minutos de autovacilante recurrencia de imágenes a veces tristes, a veces más alegres. Viajar es ver, hurgar en la mente, desafío de proyectos inminentes: hago milanesas, mejor compro comida hecha, en el cajero debe haber cola, no tengo ganas de hornear tarta, quiero ir a un lugar distinto, voy a estudiar canto, no, mejor guión de cine, no deseo trabajar tanto, qué podría hacer este año…La palabra pera, manzana ocupó todo mi tiempo cerebral
-Te voy a comprar.
-No, querida, no hace falta.

Justo cuando me di vuelta se acerca Iole, ella misma dice que tiene un nombre raro. Se queja del nombre, dice que está enojada:
-¿A vos te parece, nena, que un día como hoy nos den polenta? –dijo como descargando la bronca ante un mal servicio de hotelería-. Iole tiene el cabello por los hombros, una vincha se lo despeja de la cara. No se permite una sonrisa. Respira fuerte por la nariz. Camina despacio y con bronca que se refleja en cada pisada, la tez es clara, sus ojos, transparentes. Usa un bastón que, intuyo, le da poder.
-Es rica la polenta –le dije para congraciarme-. ¿Qué te gustaría comer? ¿Te gustan los dulces?
-Me fascinan –y una primera sonrisa se escapó de su boca amordazada por el encono.

Apareció Olinda, una mujer joven pero grande. Delgada, delicada, con una vestimenta de señora distinguida, señora con buen pasado. Tiembla toda y mucho. La risa es grande y dura, petrificada en el medio de una cara semi arrugada. Pareciera que no puede modificar ese gesto, debe hasta dolerle, eso: es una mueca doliente, agarrotada, de boca que supo decir de todo pero que ahora es el rastro lejano de lo que fue. En el pómulo izquierdo tiene un hematoma, asumo que debe tener un Parkinson galopante y enfurecido que la hizo golpear. Se debe cansar de tanto temblor, puede que mida en la escala de Richter. Olinda quiso intervenir en la conversación que sostuve con Iole:
-Yo estoy mejor gracias a mi gran amiga Iole, que me aguanta y me da ánimo –dejó traslucir un sentimiento de inadaptación al lugar, se quejó de la comida. “No me gusta para nada lo que dan de comer”. Otra vez la queja, el acta declaratorio de un servicio de buffet de baja calidad. Los recuerdos de estas mujeres las deben traicionar, haciéndoles evocar salidas con maridos, familia, asados, encuentros de amigas que toman el té. No pueden registrar, ni quieren aceptar que están en un geriátrico. Uno de los más lindos de la zona. Soy testigo de que la comida es deliciosa, casera, noble. A ellas no les alcanza, esa comida no trae hijos, nietos, amigos, trae queso de rallar (para la polenta) y pan.

-¿Te gustan los postres? –pregunté como para sacarla del capricho en el que se había enquistado. Abrió los ojos, moviendo la cabeza en una negación bamboleante, me respondió con esperanza hecha postre de dulce de leche:
-Me encantan los caramelos de dulce de leche, El Rogel -. El sabor de los buenos momentos, como dice la propaganda. ¿O acaso uno no desea comer recuerdos? El dulce sabor de la infancia color Maicena, el calor del chocolate de taza, el olor a pesto de la abuela…
Salí disparando, estacioné en doble fila, compre pera y manzana. En un kiosco armé bolsitas, tres, con mantecol, gomitas, bon o bon. Llegué y dejé en las manos de estas tres viejitas sus sabrosos recuerdos materializados con azúcar industrializada, pésima para la salud orgánica, perfecta para la del espíritu.

 

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