Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

6 febrero, 2015

Esto ocurrió una vez, por ahí

Una pequeña ficción en la que las historias asumen el verdadero protagonismo de la vida de un escritor, justo cuando él cree que ya puede ponerse por encima de ellas. Por María Eugenia Sidoti.

Esa noche las historias llevaron adelante una búsqueda minuciosa y finalmente encontraron a Eloy en el bar. Lo vieron recortado entre la gente, junto a la barra, con su sacón de cuero largo y un vaso de ron con Seven Up en la mano izquierda. Hablaba con una mujer joven que tenía el pelo teñido de color mandarina, y mientras ella seguía la charla estupefacta, Eloy hacía grandes gestos con la mano que le quedaba libre y, de tanto en tanto prendía un cigarrillo negro y lo fumaba entre el índice y el pulgar, con un ademán de soberbia.
Las historias comprendieron de inmediato que Eloy estaba hablando de ellas, jactándose de su inexistencia otra vez, como si él fuera el verdadero dueño de sus creaciones. La situación las enfureció realmente. Entonces, sin previo aviso, las historias irrumpieron en la barra y le dieron golpes suaves y sostenidos, de palmas abiertas, hasta que al final lo hicieron caer. Al verlo tirado, la mujer que hablaba con él se alejó espantada, gritando y señalando a ese quien, según aseguraba, le había dicho que era un escritor muy famoso y sin embargo había terminado ahí tirado, medio borracho, medio loco o medio epiléptico.
Pero en la ambulancia, Eloy ya pudo deletrear su apellido con precisión y hasta sonrió cuando el médico le preguntó si era él; si en verdad era el autor de ese libro tan bueno, del que no recordaba el nombre. Entonces Eloy recobró sus fuerzas y se incorporó, sentándose en la camilla para darle el título del libro con precisión y cierta urgencia: “Las historias no existen”, dijo, pero el médico no llegó a oírlo, porque tenía el estetoscopio todavía puesto y además discutía con el conductor de la ambulancia para que apagara la sirena. El sonido ensordecedor hizo que Eloy tratara de taparse las orejas con ambas manos, pero sin remedio. Mientras, veía que el doctor gesticulaba palabras inteligibles frente a su cara. Se sentía mareado, un poco vacío. Y solo llegó a escuchar la última pregunta del médico antes de quedar, solo, en la sala de entrada de la guardia del hospital: “¿Estás escribiendo algo nuevo?”, resonó entonces en su cabeza, varias veces, como un eco. Pero Eloy ahora tenía miedo de contestar este tipo de preguntas, de dar una explicación honesta, de decir que sí, que ahí estaban siempre las historias golpeándole la cabeza, cada vez que decidía ponerse por encima de ellas.

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