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Blog: El Taller

15 diciembre, 2014

Escribir es un arte lleno de mayúsculas y minúsculas

¿Y vos? ¿Tenés algún relato o poesía que te gustaría compartir? Envialo y los vas a encontrar próximamemente en este blog. ¡A escribir! Por María Eugenia Sidoti

paginas-libro

Todo aquel que quiera escribir puede hacerlo, sobre todo si tiene en cuenta que, a las palabras, hay que dejarlas siempre en remojo. En una palangana, en el mar, o mejor: entre jugos gástricos. Es que adentro de la panza las ideas se cuecen a baño maría y aunque jamás dominé la técnica, me encanta el flan con caramelo.

Ahora que, un punto de inflexión en la escritura, puede ser la tecla “Delete”. O, si usted es de esos que se anda por anticipado (maldita ansiedad de estos tiempos), su colega, la tecla “Supr”. Eso en mi época no tenía gollete; había que dejar prueba de los defectos, como letras superpuestas sobre la hoja, o directamente como agujeros, consecuencia de apretar sin tregua la máquina de escribir. La evidencia de costras de Liquid Paper entre las páginas, mostraba -a mi humilde entender- que el texto tenía una cierta debilidad de carácter. ¿Cómo disimular la inseguridad literaria con una Remington?

Hoy en día, el arrepentimiento literario es mucho menos rugoso, más prolijito. Entonces uno pude escribir cualquier cosa con bombo y platillo, como si fuera lo primero que le vino a la mente. Una mentira piadosa, todo el mundo lo sabe, pero nadie tendrá el tupé de tomarse las mandíbulas para gritar: “¡Horror! Esa frase ha sido editada en un Word”. Sólo basta pensar en la propia vida, o en esas listas, tan llenas de tachaduras, donde se anota qué comprar en el supermercado o qué zapatos llevar a las vacaciones. ¿Cómo no equivocarse en cada trazo?

Si alguien pregunta qué es lo mejor de la escritura, es fácil dar una respuesta creíble. Lo mejor de escribir es lanzar fuegos artificiales al aire, sin detenerse a pensar en cielos puntuales. Se puede decir eso, o recomendar algunas lecturas, que a mí me gustan mucho, como las de Lorrie Moore y Albert Camus, por ejemplo. En general, me siento feliz cuando me pierdo -la mirada absorta, el cuerpo inclinado- en historias llenas de posibilidades. Las quermeses de buenas ideas (sobre todo al comienzo de un libro) siempre han sido de lo más festivas para mí, al punto de dejarme con la sensación de haber bebido una pócima alcohólica o mágica.

Pero en el mundo de las palabras todo es subjetivo, aunque no me guste mucho usar adjetivos a la liviana. Y eso que yo he sido durante mucho tiempo asidua visitadora de talleres literarios, como quien lleva sus muestras de medicamento a los consultorios de los médicos. Mis frascos, sin embargo, estaban repletos de ganas y de temores, como pastillitas de formas y colores siempre diferentes.

¿Podría yo alguna vez ponerme a escribir?

Un día comprendí que lo mejor para forzar una creatividad atascada era imaginar que en la mayoría de los livings de las casas, incluso en las mejor decoradas, alguna vez existió un terrible secreto. Y que al costado de éste muchas personas gritaron, otras lloraron y tantas hicieron como si nada, clavando sus ojos en el televisor o en una reproducción de Rembrandt.

La historia del señor que va a pescar y en vez de enganchar un pez saca una lata de atún oxidada, no es de lo mejor, pero contribuye a crear en el lector la sensación de que se encuentra frente a una metáfora. Conozco muchas personas que leen cosas así y llegan a descubrir significados ocultos del universo. ¡Qué bien!

Lo mejor que leí en el último tiempo lo escribió el encargado de mi edificio en un papel cortado a mano, que luego me pasó por debajo de la puerta. “Buenos días, señora. Estoy limpiando y pensando en cada uno de ustedes, piso por piso”. Me resultó conmovedor en dos sentidos: por su entrega sin igual y por la posibilidad de que Héctor, el encargado, fuera, en realidad, un maníaco armado con lampazo y litros de amoníaco de segunda marca.

Pero uno no puede andar toda la vida preguntándose qué oculta la sintaxis de cierta gente. Las ideas deben fluir, tanto como las palabras, cuando uno ha tomado la decisión de que eso es lo que realmente quiere hacer en la vida.

 

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