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Blog: El Taller

10 abril, 2015

El tamaño de mi escritura

Una mujer decide ponerse a escribir por consejo terapéutico y nota que su letra no es tan grande como quisiera. ¿Habrá llegado el momento de reescribirse? Por María Isabel Giménez

Hace unos meses que todas las mañanas escribo, de lo que sea, de lo primero que se me viene a la mente. Cómo me siento, qué soñé, cómo está el día. Lo vuelco en el papel y ya. Empecé por consejo terapéutico para calmar mi ansiedad. Lo hago de manera manuscrita, de puño y letra, a la vieja usanza y lo que descubrí (o re-descubrí) es mi letra. ¡¡¡Qué letra!!! Un desastre, casi ilegible.

Hay dos cosas que me gustaría lograr: escribir más lentamente y con un tamaño más grande. Con la disminución de mi visión me vendría muy bien escribir así, pero parece que no hay cooperación entre ojo y mano. Tenía la esperanza de que lo que no me había salido naturalmente por años (escribir más grande) se daría ahora por la necesidad (ya no puedo ver bien) y entonces mi mano, en un gesto de solidaridad, haría trazos más amplios y legibles. Pero no. Es raro decirlo, pero mi mano parece independiente, con vida propia y egoísta; sólo se mueve como ella quiere.

¿Puede ser que yo, mente a cargo, no pueda imponerme y ordenar a la mano que escriba más despacio, con letra grande y clara? ¿O es tal vez que no me tomo el trabajo de enseñarle, de darle tiempo de aprender luego tantos años de escribir así? Y fue entonces, antes de encontrar una respuesta, que empecé a hacer una retrospectiva.

¿Cómo había empezado todo? Creo recordar que cuando empecé a escribir fue tal vez el único momento en que lo hice en tamaño grande. Sin embargo, enseguida se empezó a perfilar como una letra pequeña y prolija. Tuve épocas en que me obligaba a escribir de tal o cual manera, haciendo énfasis en la inclinación, por ejemplo. Y así tuve épocas de derecha y otras de izquierda. Pero me dí cuenta de que era un esfuerzo enorme, nada natural, y desistí.

A partir de allí dejé que mi letra saliera como quisiera y empecé a escuchar que me decían: “¡Qué chiquita!”. Me molestaba el comentario. ¿Qué me querían decir? Yo no dejaba de sentir en el tono de voz de algunas personas una cierta malicia. ¿Acaso me  estaban diciendo insignificante, invisible, poca cosa? Me empecé a acomplejar y la empecé a ocultar. Y con los procesadores de texto, el tema pasó a otro plano, me olvidé, no pensé más en ello.

Pero hoy, que estoy aquí frente a mi trazo manuscrito de todas las mañanas, me doy cuenta de que no conozco a mi letra, que ella sale como quiere o puede y que, por mucho tiempo, dejé de observarla. Y me pregunto: ¿acaso el tamaño importa? ¿Qué pasaría si dejo que mi mano vaya a su ritmo sin importarle los comentarios, sin querer cambiarla y yo la observo? Tal vez, entonces, lea todas las cosas que no están escritas…

escribiendo

(*) Nota de la Editora: Los textos elegidos podrían ser corregidos para mejorar su ortografía, acentuación, puntuación o sintaxis.

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