Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

16 diciembre, 2016

Burbujas

En esta tarde de sol, la escritora Marina Macome nos convida un cuento donde abre una ventana hacia la magia, cuando una súbita ráfaga de burbujas convierte lo lúgubre en luminoso y el tiempo perdido en sueños de un futuro mejor.

Por Marina Macome

El hall es oscuro y hay tantas plantas que tardo en descubrir al encargado detrás de un escritorio. Desde allí nos observa mientras un ventilador decrépito no le alborota ni los tres pelos que peina hacia un costado. Mantiene la cara impávida incluso cuando la mujer de la inmobiliaria se pone a dar golpecitos histéricos a la puerta del ascensor. “¡Ascensoooor!”, insiste con las manos transformadas en un megáfono y, apenas echo un vistazo a mi reloj, me da charla. “¡Qué importante que haya todo este verde! ¿no cree?”, pregunta señalando las plantas. Desconcertado, la veo cerrar los ojos e inflar las aletas de la nariz, como si aquellos nardos de plástico realmente perfumaran.

Al abrirse la puerta, un bóxer se me abalanza. Parece escarbarme el tórax con las patas. Retrocedo, asustado. “¡No hace nada!”, asegura su propietario aferrándolo del collar. No llego a increparlo porque de inmediato el hombre es arrastrado hacia la calle por el animal jadeante.

Durante el ascenso, llantos de bebé, ráfagas de ajo y hasta una baja de tensión acechan el habitáculo. “¿A esto le llama un edificio de categoría?”, quiero preguntarle a la mujer de la inmobiliaria, pero me limito a mirarla desde un espejo rajado y me desabrocho el primer botón de la camisa, enojado conmigo mismo por haber caído otra vez bajo el verso. Al detenernos un piso antes del nuestro, la mujer de la inmobiliaria se aferra a la puerta del ascensor : “¡Subimos!” advierte con expresión belicosa y se embarca en una pulseada para seguir viaje, hasta que del otro lado alguien se da por vencido.

Ya en el departamento, me es imposible disimular la furia. Ni siquiera después de ver el esfuerzo que hace para subir las persianas de la supuesta recepción señorial. Con luz, las grietas y los nubarrones de humedad se multiplican. Quedo unos instantes con la vista en alto, contemplando la posibilidad de que una familia entera caiga del cielo raso.

La vida, los libros y todo lo demás

Marina Macome nació el 21 de julio de 1975 en la ciudad Buenos Aires. Es licenciada en Ciencias Políticas. Colaboró para el diario La Nación y publicó en The Independent, El Mercurio, Revista Casquivana, El País (Uruguay), Revista Periplo y Página/12, entre otros. Es autora de la novela Los Enredos de la Señorita Pacman (2008, Plaza&Janés ), La Reina del hielo seco (2015, Plaza&Janés)  y su cuento “Cubo de Rubik” participó en la Antología Verso Reverso (2011). Madre de tres hijos, el cuidado y el amor la ocupan a tiempo completo.

La mujer de la inmobiliaria habla sin parar, pero el ruido de la calle es tal que tengo que leerle los labios. “Pasemos a la cocina”, insiste tomándome del brazo. Aun si nos adentramos en un rincón oscuro y grasiento, ella jura ver un luminoso comedor diario reciclado. Debería haberse dedicado a la actuación, de lo contrario no entiendo cómo no se le mueve un pelo cuando abre la alacena y disparan cucarachas en todas las direcciones imaginables, cuando pregunta imperturbable: “¿Vió cuánto espacio?”.

La sigo hasta el dormitorio principal. En efecto, debe ser el ambiente más silencioso: en vez de los constantes bocinazos y frenadas provenientes de la avenida, se escuchan las tablas del piso de “roble de eslavonia” crujir a nuestro paso. La observo correr en cámara lenta el harapo que hay de cortina, como si tuviera la certeza que en cualquier momento se le desintegrará entre las manos.

Una vez en el baño, la mujer habla de venecitas, pero yo sólo veo azulejos quebrados. Mientras comenta que la presión es óptima, abre la canilla del lavamanos. Pero nada, ni una molécula de agua. Tampoco asoma una gota de la bañadera, en cuyas profundidades mohosas yace un jabón finito. Al probar con el bidet, un chorro se dispara hasta el techo, desencadenando un chaparrón. Con los anteojos empapados, huyo como un gallito ciego.

“Se me hizo tarde” digo, pero ella asegura que todavía me falta ver lo mejor. “El caballito de batalla”, remata revoleando el llavero, como si se hubiera convertido en mi carcelaria. No tengo más remedio que ir tras sus pantorrillas repletas de tramas violáceas.

“Mire lo que es este balcón terraza, ¡venga a ver!”, insiste abriendo el ventanal. Al comprobar que no hay rastros de la maravillosa vista abierta, me apoyo resignado en la baranda para ver cables que cuelgan como lianas, esqueletos de triciclos, y un toldo deshilachado que en vez de resistir las inclemencias climáticas parece bailar el Charleston.

Estoy por reprocharle el tiempo perdido, cuando una súbita ráfaga de burbujas de todos los tamaños me deja mudo. En el balcón vecino, una mujer sopla a través de un aro, mientras un niño la aplaude, fascinado. Es tan bella la imagen que no puedo dejar de mirarla, ni siquiera cuando una enorme burbuja viene lentamente hacia mí, reflejando los últimos rayos de la tarde. Sonrío. Tengo la sensación de haber encontrado mi lugar en el mundo.

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