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Blog: El Taller

23 febrero, 2016

All inclusive

Una día cualquiera, el mar caribe, todo incluido. Y el acontecer pausado de las horas frente al mar, sin otra preocupación más que la de avistar historias. Un texto donde todo puede pasar. Por Silvina Laurin

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Era el cuarto día de mi estadía en una de esas playas caribeñas en que las palmeras y el sol hacen que el nombre del lugar no importe.

Mi cuerpo ya se había adaptado con éxito a la modalidad all inclusive. Por eso, respetar a rajatabla los horarios de desayuno, almuerzo, merienda, aperitivo, cena y post cena; ya estaban aceitados. La idea era comer y tomar hasta que el asco diga basta.

A esa altura de la semana y, sin tener nada más que hacer, mis compañeros de gula se fueron convirtiendo en actores de una obra predecible: parejas de nuevos amantes acaramelados, familias clásicas con niños berrincheros y maleducados, y suegras que pagaban su estadía siendo baby sitters de esos niños diabólicos. Se podía adivinar en algunas mesas el tedio de los años compartidos y la cara de esto ya lo escuché.

Durante el resto del día, la escena se mudaba a la pileta o a la playa, donde la música gritaba que nuestra excitación siempre debía sobrepasar el nivel medio. Mucha alegría. Mucha carne al sol detrás de anteojos flúo, mucho color en bikinis dos talles más chicas, mucha sensualidad desparramada en reposeras impúdicas rodeadas de copas vacías.

Pero un matrimonio se me volvió protagonista. Ella nunca repitió sombrero ni pareo en toda la semana. Él, la acompañaba con vanidad. A ella casi no se le notaban las cejas pigmentadas ni el retoque en los ojos. Espalda recta, hombros hacia atrás y abdomen escondido. Desfilaban con naturalidad a un un paso perfecto para no pasar desapercibidos.

Durante la noche de tópico japonés, en la que la gula se ponía el kimono, la dama jet set se encontró en el sector sashimi y niguris con una amiga que, por el tenor de los abrazos y gritos, supuse de la infancia.

Ella, una señora común. Su marido trataba de acompañar el encuentro con una sonrisa. Al rato estaban cenando juntos, poniéndose al día con fotos de hijos y nietos rosas y regordetes.

Los cuatro tenían reservada la mesa de la terraza para las cenas que siguieron. Era una mesa apartada del gran salón, casi en penumbras. Las palmeras se movían por el viento del norte que siempre está cerca del ecuador. Las copas de champagne se reponían mientras comían langostinos con los dedos , que inevitablemente luego iban a la boca. Brindaban, reían, se tocaban la piel afiebrada por el sol de la tarde, se miraban tan maravillados que de golpe se vieron más jóvenes. Se sintieron jóvenes.

Al séptimo día la disposición de la mesa cambió. Las parejas intercambiaron lugares. El viento se volvió sensual y barrió formalidades, mientras el mantel se movía con pies y manos furtivas que se rozaban. Ellos reían, se tocaban. Un nuevo juego all inclusive había comenzado.

atardecer-caribe-all-inclusive-adentro (*) Nota de la Editora: Los textos elegidos podrían ser corregidos para mejorar su ortografía, acentuación, puntuación o sintaxis.

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