Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

2 septiembre, 2015

¿Alguna vez te sentiste así de feliz?

Vivir la vida, meterse bien dentro de ella, desmenuzar cada momento hasta encontrar ese pequeño átomo del que está compuesta la felicidad diaria... Una selfie de alma para compartir.

No, no estás tan flaca como antes, ni te comprás prendas de última moda.

Tampoco lograste hacer “todo” con la celeridad de otras mujeres, ni con el ritmo que asumía tu vida adulta durante tus sueños de niña: la carrera, el trabajo, los hijos. Una lista completísima antes de cumplir los 30.

Las cosas se dieron distinto, sí, tu casa no siempre está impecable. Y todo se rompe, o casi todo. Ni siquiera tu abuela vivió para comprobar que el Magiclick durara exactamente los 104 años que prometía en los anuncios blanco y negro de la tevé.

Promesas, tantas promesas. Como esa que te hizo una vez una vez una vidente en una esquina del microcentro. “¡Usted tiene un futuro brillante!”, exclamó, exigiéndote dinero a cambio de no echarte atrás los buenos augurios con una maldición “del más allá”, según te explicó por lo bajo.

Ahora, con el pelo suelto y toda la fuerza del frizz del que sos capaz sobre la frente, intentás recordar cómo fue que se te dio por cortarte un flequillo a esta altura de la vida, pero qué más da: sí, es mejor que esté ahí; que sea la prueba fehaciente de que no hay que ir a la peluquería cuando hay humedad, y mucho menos aún cuando todo parece haberse dado vuelta.

Es que nada puede quitarte la alegría de sentir que la vida resulta, a la larga, como el vaivén de ese péndulo del reloj de una tía muy querida, que hipnotizaba tus ojos cuando ya casi era la hora del té. ¡Ella sí que sabía preparar cosas ricas! Entonces daban las cinco y era hermoso sentir cómo, por el cuerpo sutil de los ocho años, viajaban escones y panqueques cargados de dulce de leche, desde la boca y rumbo al infinito.

La vida fue pasando, en ese videoclip de momentos a editar para el que a veces te cuesta decidirte por una sola música. ¿Pondrías algo clásico y melancólico, tipo Claro de Luna de Debussy, o un más bien un poco de buen rock & roll, bien arriba? Difícil decisión; nunca fue fácil decidirte por una sola manera de ver el mundo, ni por una melodía capaz de reflejar todo el candombe existencial en un solo ritmo. Aunque recordás con picardía los lentos de la adolescecia, eso sí.

Fuiste libre, lloraste sin parar, corriste al menos cien colectivos que no te pararon. Te caíste, te dolió. Quedaron marcas sobre tu piel tantas veces.

Te empapaste el cuerpo por la lluvia y el pecho por las lágrimas cuando perdiste a ese ser que tanto amabas. Y te preguntaste por qué, cuál era el sentido de todo, sin encontrar una respuesta más allá de una certeza: el sol vuelve a salir siempre. Aunque su intensidad, al principio, te haya resultado extraña, cegadora, impertinente.

Perdiste muchas cosas, es verdad. Pero también encontraste un sinfín de tesoros perdidos, como la muñeca de trapo que creías haber dejado en tu antigua casa. La vida fue pasando, pasaron los lugares también. Diste abrazos de los fuertes y tibios apretones de manos. Celebraste la vida con amigos. Y cuando te equivocaste no tuviste miedo de dibujar la palabra “perdón” adebtro de tu boca.

Te fuiste de vacaciones con la familia que construiste con tanto esfuerzo (¿en qué parte de los cuentos infantiles aparecía la letra chica con el asunto de la inexistencia del príncipe y demás cuestiones poco literarias?). Miraste el mar, respiraste hondo, y te juraste volver más seguido a ese momento solo tuyo. Pero, más bien atenta por no ahogarte en el océano de las cuestiones del día a día, no siempre cumpliste con tu propia promesa.

Viste películas que te cambiaron para siempre y otras que te entretuvieron un rato. A veces ni eso: pura resaca de pochoclo. Hiciste regalos con la ansiedad de ver la cara de alguien al recibirlos. Recibiste cartas de papel y escribiste otras tantas que durmieron largas siestas en cajones. Te sacaste fotos que nunca necesitaste imprimur porque las guardás en algún recoveco de tu corazón y, más que nada, en una carpeta de nombre “Imágenes” ubicada en el escritorio de tu computadora.

Hiciste zapping con los programas, con los temas de conversación y con los canapés, perdida una tarde en un cóctel insípido. Quizás porque, en el fondo, siempre se trata de eso: de ir eligiendo sobre la marcha para encontrar el lado bueno de la velada (además, el vino de los cócteles en general está bien).

Pasó de todo. Aunque a simple vista quede tanto camino por recorrer. Hacia delante el horizonte se vislumbra difuso y a lo lejos el sol recorta un sendero luminoso.

Y de repente, una noche, cerraste los ojos. Las sábanas olían a un viejo recuerdo de sol y pasto recién cortado y se adivinaba también un fondo de caramelo haciendo burbujas en una flanera de aluminio. Y te quedaste dormida con una sonrisa, sin saber por qué. Pura, ingenua, sin imaginar… que estabas inmersa en la profundidad de tus mejores años.

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