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Positividad tóxica: cuando ser feliz se convierte en mandato

Estar bien, sentirnos plenos y tener un propósito, a veces se convierten en obligaciones que llevan a la frustración. Hablamos con la psicóloga Viviana Kelmanowicz sobre construir el bienestar como un camino posible y realizable.

Por Clementina Escalona Ronderos

Hay veces en que un libro nos cambia la vida. Para Viviana Kelmanowicz (61), licenciada en Psicopedagogía y Psicología, ese libro fue La auténtica felicidad, de Martin Seligman. Aunque estaba contenta como coordinadora del equipo de psicopedagogía estratégica en el Hospital de Ramos Mejía, dentro suyo, Viviana sentía la necesidad de dar un giro.

Al encontrarse con las ideas de la Psicología Positiva, supo que ese era el camino a transitar, y luego de dieciocho años en el mismo trabajo, cambió su rumbo. En 2011 fundó Grupo AWE junto a dos compañeras psicólogas (el significado viene de la palabra “awe” que en inglés quiere decir “asombro”), un organismo que se centra en el diseño de Programas de Intervenciones Positivas para niños y adolescentes, con el objetivo de estimular el optimismo, la gratitud, la empatía y la compasión.

Convencida de que el bienestar se construye con dedicación y esfuerzo, y que no es “soplar y hacer botellas”, este año publicó su primer libro, El mapa del bienestar. Un método para diseñar vidas más plenas y felices (Urano). De formato sencillo y didáctico, combinando información sobre diferentes disciplinas como la psicología positiva y las neurociencias, Kelmanowicz invita en cada página a tomar consciencia sobre la posibilidad de transformar nuestra vida poco a poco, sin caer en la noción del positivismo tóxico.

“Nadie está obligado a sentir felicidad y tampoco a cambiar su vida. El bienestar es más bien una oferta o una propuesta —escribe al comienzo del libro—. El gran problema de esto es convertir la felicidad en un mandato. Al hacerlo, restamos centralidad a la búsqueda que cada uno pueda hacer para darle un sentido propio a sus días.”

El mapa del bienestar, publicado por editorial Urano

—Antes que nada, ¿por qué escribir un libro sobre bienestar?

—Cuando descubrí la psicología positiva, que se ocupa de entender cómo la gente puede optimizar sus fortalezas y estar mejor, quedé fascinada; tenía ganas de difundir las ideas y hacer la distinción entre felicidad y bienestar. En el imaginario popular, la felicidad es que hay que estar todo el tiempo bien, lo cual va de la mano del positivismo tóxico, y nada más alejado de eso. La manera en que concibo el bienestar, es que se construye. Las emociones intensas y positivas son geniales, pero es más que eso: tiene que ver con una sensación de fondo estable, la percepción de que la vida tiene sentido, de que me puede estar yendo mal en este momento, puedo estar triste o atravesando duelos o situaciones difíciles, pero aún así pensar que en mi vida tengo bienestar.

—¿Podrías ampliar a qué te referís con “positivismo tóxico”?

—Todos queremos estar mejor en la vida, pero discuto la obligación de ser feliz y tener un propósito. Creo que si hay algo que necesitás, o querés optimizar, ahí tiene sentido evaluar “¿qué es lo que puedo hacer?”, e ir de a poco. Entender la información acerca del bienestar te permite conocer algunos caminos posibles, sencillos, que van a mejorar, aunque sea un poquitito, lo que vos quieras que mejore si te dedicás con esfuerzo y sostenidamente [a eso]. Es difícil; ¿cuántas veces nos proponemos hacer algo y no dura? Cuanto más tengamos un plan de conocimiento y lo acotemos a algo específico, más fácil va a ser mantenerlo.

—Hay veces en que una eventualidad, como una muerte o un desamor, nos desestabiliza por completo. ¿Cómo entra en juego tener un plan de conocimiento en estos casos?

—Se trata de ver qué hacemos cuando nos estamos muriendo vivos, porque todos nos morimos vivos un montón de veces. Tener un mapa del bienestar no significa que no vas a sufrir; significa que después de pasarla pésimo y de aceptar eso que te pasa, probablemente salgas un poco más rápido que si no lo tuvieras. En el momento de la crisis aguda y shock, no hay mucho que podamos hacer salvo llorar y sufrir. Pero si tenés herramientas, va a ser un poco más sencillo salir. Puedo aprovechar cualquier situación para convertirla en algo que me permita crecer y tener una vida valiosa; pero si no tomo la decisión de salir airoso, probablemente me deje empujar por el oleaje del dolor.

—En el libro tomás el caso de una mujer que, al recibir un diagnóstico de salud grave, empieza a hacer las cosas que siempre quiso hacer. ¿Por qué tenemos que encontrarnos ante situaciones límites para animarnos a vivir más plenamente?

—Creo que negamos mucho la vejez, la enfermedad y la muerte; no estamos acostumbrados a pensar que estamos acá transitoriamente. La vida es mucho más corta de lo que creemos y en algunos momentos te dice: sabés que no sos eterna, sos una hormiguita dentro de este universo gigante. Hay una frase de Confucio que me gusta mucho: “Todo hombre tiene dos vidas, y la segunda empieza cuando se da cuenta de que solo tiene una.” Así como las plantas nacen, crecen, se mueren, nosotros también. Entonces, a vivir lo mejor que puedas, lo más plenamente.

La psicóloga y autora del libro, Viviana Kelmanowicz

—En los casos donde una pareja, un padre o un hijo está pasando por una situación compleja, como una depresión profunda o una enfermedad, ¿qué consejo darle a quienes acompañan al que sufre?

—Es todo un tema, el cómo los cuidadores se sostienen a sí mismos. Cuando estás cuidando a alguien que no está bien, tenés que hacer todo lo posible para equilibrar el drenaje de energía; porque aunque lo hacés con amor, tiene un costo físico, mental y psicológico. En el libro hablo de “los básicos”: tiene que ver con expandir eso que te hace bien. Puede ser cualquier cosa: los silencios sagrados, escuchar música, cocinar, caminar, hacer ejercicio. Las experiencias flow son esas experiencias en que te olvidás del mundo. Buscate tus QTS, tus “qué te salva”.

—Como terapeuta, ¿cuáles notás que son las cosas que más nos están afectando?

—Lo que veo es mucha ansiedad y obsesiones, ideas que te comen la cabeza, anticipar escenarios catastróficos. A veces muta en depresión: empezás a evitar situaciones, te quedás más solo o sola, sufrís por lo que pensás y empezás a hundirte.

—¿Con qué se relaciona?

—Vivir en un país con tanta corrupción, donde no podés prever o planificar, te merma la confianza. También, aunque no nos demos cuenta, tiene mucho que ver con la cantidad de información que tenemos todo el tiempo. Hay una lluvia de información —películas, redes, tik toks—. Si sos muy sensible o permeable, se te mete en el cuerpo. Los avances tecnológicos son geniales y nos van a llevar a lugares interesantes, pero al mismo tiempo tienen muchos riesgos, porque no sabemos poner un límite. El algoritmo te lleva a que consumas más, a que te vuelvas adicto. Eso genera ansiedad. La atención es como una aspiradora: donde la enfoco, aspiro lo que hay y me convierto un poco en eso. Dominar o controlar la atención es absolutamente central. Tenemos que aprender a guiarla.

—Dentro de este contexto, ¿hay algún mensaje esperanzador?

—El bienestar se cultiva y se construye. Eso es esperanzador, porque cuando quieras construirlo, cuando quieras entrenar el músculo, sabés que hay maneras. Ningún mal dura cien años. Es posible transformar las situaciones dolorosas una vez que pasa la agudeza del dolor. Hay un montón de cosas chiquititas que podemos hacer para tener una mejor vida, más plena, más amorosa, más conectada. Lo que pasa es que lo tenés que decidir.

—Cuando hablamos de bienestar, ¿hay algún lugar que ocupe la espiritualidad?

—Definitivamente. Uno de los caminos de acceso al bienestar tiene que ver con encontrarle un sentido a la vida, que está muy relacionado con la espiritualidad. Puede ser religiosa o no, pero es un camino central, estudiado y validado científica y empíricamente. En los básicos de la felicidad, uno es los silencios sagrados: una conexión con algo que me trasciende. La espiritualidad es encontrarle un propósito a lo que hago. No quiero que suene a mandato, puede ser algo simple. Por ejemplo, hacer sentir bien a mi familia o a mi pareja. En el libro empiezo con el ejemplo de uno de mis pacientes que saluda a la gente, le sonríe a los desconocidos. Eso puede ser un propósito: ir pensando en mini cosas para generarle a los demás y a vos.

—¿Alguna última idea que quisieras compartir?

—Tener mayor bienestar y vivir con algunos hábitos que te acercan a ella, tiene muchos efectos positivos no solo en vos, sino en tu contexto inmediato. Cuanto más bienestar pueda tener yo, más voy a influir en vos, y juntos vamos a influir en nuestra comunidad cercana. Se contagia: así como se contagia la mala onda, también se contagia el bienestar.

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