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25 julio, 2019

Por más jardines en la era de hormigón

Las ciudades crecen cada vez más y el cemento le gana terreno al verde. Volver a darles color y vitalidad, incorporando flores y árboles, mejora nuestra calidad de vida y contribuye con el medio ambiente.


Aeropuertos, como en este caso, comienzan a incorporar plantas a sus enormes espacios. Foto: Riccardo Bresciani (Pexels).

Por Mariana Etulain, arquitecta.

Colores y melodías de tiempos lejanos van desapareciendo rápidamente de las ciudades: la rosa del jardín de la abuela; el aljibe y el canto de los gorriones. También el plátano en la vereda, el abrigo de su sombra, el cobrizo de sus hojas a fines de abril, las espadas de sol filtrándose entre sus ramas en el comienzo del invierno. A medida que escribimos la historia, los urbanitas fuimos transformando los escenarios, reemplazando el pasto por el concreto, la naturaleza por el plástico, perdiendo cada vez más.

Expertos aseguran que, para 2030, el 60% de la población vivirá en ciudades, por lo que el crecimiento de las “selvas de concreto” se dará a pasos exponenciales, reduciendo y alterando cada vez más los ecosistemas. Hogares de miles de especies y animales desaparecerán, afectando decisivamente la vida como la conocemos. ¿Podemos revertir la situación? ¿Pueden las ciudades convivir con la naturaleza?

La historia nos demuestra que sí. Tomemos, por ejemplo, La Alhambra y el Generalife, el palacio, ciudadela y fortaleza de la antigua corte nazarí que se encuentra al sur de España, en la ciudad de Granada. Allí donde, en el siglo XIII, Al-Ahmar, fundador de la dinastía nazarí, decidió cimentar las bases de su reinado en la colina más alta. Levantó muros construyendo palacios y torres, cuyo color determinaron el nombre Alhambra (en lengua árabe, “Castillo rojo”).

Granada es un ejemplo de cómo la naturaleza puede convivir con la ciudad. Foto: Michal Osmenda (Creative Commons).

Espejos de agua reflejaban el cielo azul mientras los árboles se alzaban libres. La arquitectura se cerraba para mantener interiores oscuros y frescos que protegieran de las altas temperaturas. Se utilizaban los antiguos principios de la jardinería persa: agua – simetría- espacios cerrados.

Los problemas se resolvían apoyándose en la naturaleza, el hombre era uno con ella, entendía su valor, la cuidaba y, sobre todo, la enaltecía. Así, los sistemas hidráulicos no solo refrescaban y reducían la temperatura, sino que también transportaban el aroma de las flores del lugar, perfumando todo a su paso, y frondosos arrayanes se mantenían podados a la altura de la mano para poder ser acariciados mientras se paseaba, permitiendo llevar su perfume en la piel.

Generalife, la villa que habitaban los reyes musulmanes en Granada, se caracteriza por albergar jardines y huertas en un marco arquitectónico de alto valor. Foto: Yair Haklai, (Creative Commons).

Aún hoy, en cada rincón de esta ciudad, se atestigua el equilibrio con la naturaleza. Quien camina por ella puede encontrarse con laureles enfrentados que se abrazan en sus copas formando un arco que cubre a los peatones (diseño conocido como bóvedas de laureles); canales corriendo como ríos, en los barandales de escaleras, disipando el calor y rozando la mano de quien la recorre (conocidas como escaleras de agua); espacios abiertos de aire y luz en donde el agua remansa serena (como sucede en el Patio del Ciprés de la Sultana); o pérgolas arqueadas en donde las rosas se entrelazan formando un paso de flores (arquerías de rosaledas). Si bien aún existen en La Alhambra, muchos de estos ingeniosos recursos no fueron adoptados por las generaciones siguientes de urbanistas.

Esta riqueza urbanística se perdió durante la Edad Media y reapareció en el Renacimiento y Barroco, con la presencia de los grandes jardines y los Planes Urbanos, como el Plan Sixto V, que para muchos fue la piedra angular del urbanismo en términos de ordenación de trama, incorporación de ejes, avenidas, fuentes, jardines, plazas y edificios monumentales, entre otras cosas.

Con el paso del tiempo, las ciudades sumaron cemento, quitándole protagonismo a los árboles o las flores de las veredas. "Se tiñeron de gris", dice la arquitecta autora de esta nota. Sin embargo, sostiene, devolverle aromas y color a sus calles es posible, y el camino empieza por casa.
Macetas colgantes, enredaderas y flores dan color y vida a las ciudades. Fotos: Juany Jimenez Torres y Gotta Be Worth It (Pexels).

Con el correr del tiempo, fueron muchas las ciudades que se inspiraron en estos postulados para sus propios diseños, como el Plan Haussmann en París del siglo XIX. Estos planes incorporaron plazas junto con avenidas arboladas que oxigenaron y ordenaron la irregular trama medieval.
Parques, avenidas y bulevares destronaron a las masas edilicias, que fueron tiradas abajo.

Largas diagonales “abrieron” la asfixiante trama, posibilitando el ingreso del sol y el aire a las viviendas; y se permitió el acceso de agua corriente fresca. La icónica París y la joven Buenos Aires no existirían tal como las conocemos sin los aciertos del Plan Haussmann.

Pero con el crecimiento de la población, las ciudades se hicieron más complejas y se tiñeron de gris. Pero aún en los momentos más oscuros, hubo gente que buscó la luz. ¿Qué sería de nosotros sin el pulmón de manzana? Originalmente pensado como una pequeña plaza para el disfrute de los ciudadanos, debemos este aporte al ingeniero Ildefonso Cerdá. El Plan Cerdá de Barcelona, de 1860, protegió nuestro contacto con la naturaleza, restando cemento y sumando áreas verdes.

Incorporar plantas atrae polinizadores, los encargados de asegurar la reproducción vegetal. Foto: Mike Bird (Pexels).

En la Argentina, con la construcción de las viviendas llamadas “económicas” o colectivas, el arquitecto Fermín Bereterbide demostró en 1927 que se podía construir a gran escala sin perder el contacto con la naturaleza. Dotó a esas casas del barrio de Chacarita de generosos ambientes, árboles y jardines, y abrió la edificación al cielo, dándole paso al sol y las estrellas.

Desde grandes extensiones de terreno hasta pequeñas macetas, los espacios verdes son fundamentales para el equilibrio de una vida sustentable. Como advierte el ganador del Premio Príncipe de Asturias por su defensa a la vida y divulgador científico, Sir David Attenborough, “lo que la especie humana haga en los próximos 50 años determinará el destino de todos los seres vivos del planeta”.

La propia casa es un espacio posible si queremos convertirnos en aliados del medio ambiente. Incorporar en ella flores, plantas y arbustos no solo nos beneficia a nosotros, también a otras especies. Un jardín de lavandas atraerá abejas y mariposas y ahuyentará moscas y mosquitos. Podemos construir desde extensas huertas hasta pequeños jardines verticales. Si disponemos de poco espacio, podremos comenzar por un noble ficus en la esquina de una habitación, capaz de llenar de vida hasta el rincón más oscuro. En cambio, si lo que nos falta es tiempo, las especies de bajo mantenimiento –lirio de la paz, potus dorado, aloe vera, árbol de jade– serán las indicadas.

Así como Cerdá y Bereterbide llevaron la posta hacia adelante, está en nosotros tomarla y continuar su camino. Después de todo, aún hay tiempo y todavía existen cosas por las que vale la pena luchar.

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