Sophia - Despliega el Alma

14 septiembre, 2014

Por el camino de las ideas


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“Más que hacer balances, prefiero explorar, ser contemporánea del presente”, dijo alguna vez Beatriz Sarlo, la intelectual más crítica del gobierno y una pensadora faro para jóvenes que la admiran o la cuestionan en las aulas, las redes sociales o en plena calle. En esta nota, además de embarcarse en su viaje más personal hacia los primeros años, repasa el camino que la llevó a revisar ideas propias y ajenas. Por Agustina Rabaini. 

Son muy pocas las mujeres capaces de socavar con su palabra y pensamiento filoso el centro del poder político, y allí está, con peso específico desde hace muchos años, la argentina Beatriz Sarlo: la intelectual, la crítica, la docente, la escritora. Sentada en su estudio de la calle Talcahuano, rodeada de libros y con un mate en la mano que ofrecerá a lo largo de la charla, la pensadora (sí, como recién salida de una escultura de Rodin, pero mucho más vital, moderna, aguerrida) se muestra dispuesta a desandar el camino de una manera que no había hecho nunca antes. Esta vez hablará de sus viajes, o de lo que aprendió en esas aventuras, pero también de la infancia y la primera juventud, aquellos años en los que deambulaba ya aferrada a una ideología, pero sin saber bien todavía quién era, adónde, cómo, para qué.

Ya de vuelta de muchas cosas, y con algunas certezas más, Sarlo cruzó la orilla de los 70 años y, en forma de capítulos que devinieron en un libro (Viajes. De la Amazonia a Malvinas, Seix Barral, 2014), quiso detenerse a mirar mejor. Ya no para hacer balances, sino para seguir explorando, para revisar el camino, la experiencia de algunos viajes que la llevaron al norte argentino, a Bolivia, a Perú y a Brasil (desde los años sesenta hasta los primeros años de los setenta), y desde allí hasta el presente en un salto en el tiempo que la condujo a otro viaje que también tuvo un peso crucial: su visita a Malvinas en 2012, a propósito del referéndum.

A lo largo de doscientas páginas, en el libro revisita la selva amazónica peruana, el norte argentino, las minas bolivianas, Ecuador y Brasil. Así recuerda desde el día en que leyó un poema del Canto General, de Neruda, arriba del Machu Picchu, hasta la tarde en la que coincidió con su admirada Susan Sontag en una sala de cine en Nueva York, entre otras evocaciones que describe como saltos de programa durante días que hicieron que se convirtiera en viajera, abierta a lo impredecible, pero nunca, jamás, en turista.

–Beatriz, ¿por qué este libro ahora?

–Hace quince años, Alberto Sato, un gran amigo a quien le agradezco en el libro, comenzó a mandarme fotos de aquellos viajes juntos. A medida que esas imágenes aparecían en mi computadora, yo decía: “¿Para qué aparece esto?”. Hasta determinado momento no se me ocurrió que eso que yo había convertido en anécdotas de sobremesa durante años pudiera tomar la forma de una narración de viajes. Hará dos años, una revista brasileña, Piauí, me encargó un artículo importante, y así decidí escribir sobre Brasilia.

–Uno de los lugares que visitaste a principios de los setenta y que rescatás en el libro…

–Sí, el artículo sobre Brasilia fue el comienzo. Pensé: “Acá hay algo”, y supe que había llegado el momento de hacer esta narración. Luego empecé a darle vueltas a la idea de que todo viaje interesante tiene un salto fuera de programa; que el viaje interesante no es un viaje donde todo está bajo control sino donde algo se descontrola.

–Además de los viajes de juventud, y el de Malvinas, hay pasajes donde mencionás a Italia, España, Berlín o Nueva York…

–Lo hago para dar ejemplos sobre cómo un viaje puede salir de programa. Cuento, por ejemplo, cómo en una iglesia de Viena que está en el medio de un manicomio, un día me retraso, me empieza a seguir un loco –aunque quizás haya sido una loca porque tenía una especie de delantal hasta el piso– y me persigue hasta que me agarra. La imagen de esa iglesia quedó unida a ese recuerdo; al ruido de los zapatos que hacía esa persona al seguirme. Creo que el viajero o la viajera tiene que tener cierta disponibilidad para que esos saltos destruyan el plan y lleven a otro lado.

–¿Qué distingue a un viajero de un turista?

–Los viajes del libro no son de turista, en primer lugar porque América Latina no era un territorio turístico en aquellos tiempos. Pero siempre he viajado así. Sacando mi primer viaje a Europa, a comienzos de los ochenta, mis viajes estuvieron ligados al trabajo y siempre me fue difícil la posición de turista. Viajo a universidades o instituciones a dar conferencias, y algunas veces me he quedado durante meses en Berlín, Nueva York o Cambridge.

–¿Cuáles fueron los viajes de tu vida?

–Estos mismos que cuento en el libro, porque son los que me formaron la cabeza cuando era joven, como si en ellos hubiera adquirido destrezas para ver y moverme dentro de lo diferente. Más allá de eso, puedo rescatar experiencias como haber subido al Famatina o haber vivido meses en Berlín, la ciudad más musical del mundo. Berlín es mi ciudad preferida; tiene la diversidad cultural de Nueva York cuando fui por primera vez en los ochenta. Ahora esta ciudad se parece más a un gran parque temático, mientras que Berlín tiene mucha vibración.

–¿Hiciste viajes para rastrear tus orígenes?      

–No soy buscadora de orígenes ni tampoco nostálgica, pero tardíamente, hace cuatro años, fui a Galicia, el lugar de origen de mi familia paterna. Como no tenía idea de dónde venían exactamente, más bien dije: “Esto es extraordinario, los gallegos son extraordinarios, acá se come extraordinariamente bien y listo”. Estando en Santiago de Compostela, la dueña del hostal me dijo que en el lugar había una parada llamada Sabajanes, el apellido de mi padre, así que fui a verla y punto.

– En el libro volvés a los veranos en la infancia. ¿De qué manera te marcó esa etapa?

–En ese tiempo, Dean Funes, en Córdoba, era una zona de experimentación para mí. Estábamos en el medio del campo, con ese monte espinoso, seco, y ahí conocí a personas como Lajos, un inmigrante húngaro del que aprendí mucho. Por otra parte, tenía tiempo para leer, y así recuerdo las lecturas de Jack London, además de las historietas. Recuerdo una edición inglesa encuadernada de Mujercitas que incluía toda la saga, con Hombrecitos y Los muchachos de Jo. Leía a la hora de siesta y después nos íbamos a andar a caballo.

–En varias ocasiones hablaste de la influencia de tu padre. ¿Tu madre también fue una figura presente?

–No, fue más bien desvaída. Eran sus hermanas, mis tías maestras, las que consideraban que había que enseñarme todo y que los paseos tenían que ser pedagógicos. Íbamos al Cabildo y me hablaban de la Revolución de Mayo; íbamos a La Boca y me decían quién era Quinquela Martín. Crecí rodeada por una especie de pasión pedagógica de parte de ellas, todas maestras entrenadas en la pedagogía moderna que creían en las lecciones prácticas. Eso quería decir que a los niñitos se los llevaba y se les enseñaban las cosas, no podían distraerse. Para la familia de mi madre, cuyos padres eran inmigrantes, el saber fue el camino de ascenso. Así pudieron acceder a la escuela pública y a la universidad.

– Para vos, además, eligieron una escuela inglesa, bilingüe. Ya no la escuela pública…

–Sí, no sé cómo sucedió eso, porque era una escuela cara para los ingresos de mi familia, pero seguramente querían que aprendiera muy bien una lengua. Fui al Belgrano Girl’s School y eso fue un shock social porque no pertenecía al sector económico de las otras chicas. Después, mis amigos de la vida fueron más bien de la época de la facultad y de la política, pero los años del colegio fueron buenos. Para empezar, la escuela me dio acceso a una literatura infantil; tengo recuerdos de autores como Dickens, que sacábamos de la biblioteca.

–¿Los libros te atraparon de entrada? ¿Siendo hija única pasabas mucho tiempo sola?

–Era más bien gregaria: tenía tres primas con las cuales estaba en relación permanente y luego estaban mis amigas del colegio. En lo que respecta a los libros, en esa época no había muchas opciones. Una chica inteligente, hoy, puede tener una serie de alternativas. En la década del cincuenta, una persona despierta y con interés hacia el mundo, o más bien cualquiera que tuviera cierto interés en diversificar y conocer algo que ignoraba, recurría a los libros y las revistas.

En un momento, en el libro decís que en los sesenta sostenías “un latinoamericanismo entendido como deber ideológico”. ¿Cuánto cambiaron tus ideas desde ese momento de entusiasmo fundante?

–Más que entusiasmo, teníamos una fe absoluta. Creíamos en ese porvenir cercano de América Latina. Buscábamos un territorio utópico para la revolución. Y no éramos los únicos sino millones en todo el continente. ¿Qué quedó? Poco, supongo. Mis transformaciones fueron varias. Pasé por diferentes paisajes ideológicos entre 1970 y 1985. Después de los viajes fui marxista; luego hice una revisión de esa ideología, lo que no quería decir tirar todo a la basura sino reconocer en Marx a un gran pensador y ver qué elementos podían servir para seguir pensando. Más tarde tuve que aprender lo que era la teoría de una república liberal democrática y los valores de la diversidad del pluralismo. Mis configuraciones ideológicas cambiaron a lo largo del tiempo.

–Tu adhesión al maoísmo también fue fuerte…

–Sí, ahora digo en broma que en un momento sabía más de historia de China que de historia argentina. El maoísmo fue un elemento, sin duda, y antes tuve un pasaje por el peronismo, por el nacionalismo, el marxismo, la crítica del marxismo, más tarde la crítica del maoísmo y luego la opción de una perspectiva republicano-democrática, de izquierda. Fueron como oleadas, todas costosas en términos intelectuales, porque implicaron leer muchos libros y discutir con gente, sentarse a pensar, revisar, intercambiar ideas.

–¿Cómo te definís hoy políticamente?

–Quizá sea una definición vieja decir que soy una socialdemócrata sin partido, pero yo también soy vieja, así que eso es lo que soy: una socialdemócrata de izquierda, sin partido.

–¿Y cómo ha sido vivir de las ideas? ¿Cómo fue ganarte la vida siendo una intelectual?

–Tuve suerte, porque hacia 1963 era estudiante en Letras y pude entrar a trabajar en la editorial Eudeba como cadete-secretaria de Aníbal Ford. En la editorial había gente que sabía mucho sobre el oficio de editar –Horacio Achával, Susana Zanetti– y fui aprendiendo. Cuando vino el golpe militar, fuimos a trabajar al Centro Editor de América Latina. Y en los setenta tener esa herramienta me permitió sobrevivir durante años porque así pude sacar, durante la dictadura, la revista Punto de vista (N. de la R.: Publicación que dirigió entre los años 1978 y 2008).

–¿Cómo siguió la vida después?

–Como buena parte de mi generación de críticos, empecé a escribir en Capítulo, la primera historia en fascículos de la literatura argentina, de Centro Editor de América Latina. Con esos volúmenes se enseñó literatura argentina hasta mediados de los ochenta. Poco a poco empezaba a conectarse mi forma de ganarme la vida con todo lo que estaba aprendiendo, pensando. Con lo que quería escribir.

–¿Cómo llegás a la docencia?

–Hubo que esperar a que terminara la dictadura, pero era lo que yo más quería. Como otro podía querer una Ferrari, yo estaba desesperada por ser profesora de Literatura Argentina Contemporánea. Pude hacerlo a partir de 1984, cuando me llamó Enrique Pezzoni, el gran crítico. Di clases durante veinte años y, entonces, supe que había llegado la hora de dejarles lugar a los que venían atrás. Si seguía, pensé, con mis alumnos iban a separarme dos generaciones y era mucho. A partir de ahí, decidí intentar ganarme la vida escribiendo.

–Usaste la palabra “contemporánea”, y vos fuiste muy constante a la hora de ser contemporánea. Como lectora y crítica, escribiste mucho sobre los autores argentinos más recientes. ¿Por qué?

–Siempre he creído que el mayor desafío de la crítica es lo contemporáneo porque ahí se prueba tu mirada. Ya sé que Saer o Borges son grandes escritores y he escrito muchas veces sobre ellos. Puedo volver a sus libros porque encuentro cosas nuevas, pero con los autores de los que no sabés nada, está la posibilidad de decir: “He aquí un escritor”.

–¿Qué textos interesantes encontraste entre los últimos? ¿Qué autores, qué títulos?

–Todos los años hay cosas que me interesan. La reja, de Matías Alinovi, por ejemplo. La última novela de Leonardo Sabbatella, que me sorprendió. Y es público que me interesa la literatura de Iosi Havilio, y que me interesó la novela El viento que arrasa, de Selva Almada. También me gustaría mencionar la última novela de Mariana Dimópulos, Pendiente, una obra rarísima sobre la relación de una madre con un hijo recién nacido.

–¿Y qué más hacés cuando no trabajás?

–Soy socia de Ferro desde hace muchos años y me gusta ir al club. Juego al tenis, y nunca dejé de hacer actividad física. Incluso en la época de la dictadura, descubrí que El Hogar Obrero tenía un gimnasio donde podía hacer ejercicio por poca plata. Ahí también empecé a jugar vóley, un deporte absurdo para mi tamaño.

–¿Los jóvenes se te acercan, te piden consejos? ¿Y los jóvenes K? ¿Qué te dicen por la calle?

–Tengo una relación cercana con algunos jóvenes, y si me piden consejos, no se los doy porque yo no los recibía cuando era joven. Siempre he creído que dar consejos a la juventud no sirve para nada. A todos, cuando me dicen algo con buena onda, les contesto de la misma manera, y si me agreden, también contesto. Si me dicen: “Gorila”, yo les digo: “Y vos sos un piola de boliche”.

–¿Quiénes fueron las personas más importantes de tu vida?

–Mi padre, que, si hablamos de viajes, no viajó nunca en su vida; creo que no salió jamás de la provincia de Buenos Aires ni de Córdoba. También Boris Spivacow, el fundador de Eudeba, que nos dio la posibilidad, a mí y a otros, de trabajar en esas grandes máquinas editoriales. Después, podría mencionar a críticos y ensayistas de la generación anterior, como David Viñas, con el que viví hasta el final en una relación de pelea, aceptación y enorme respeto. Y de la época de la facultad recuerdo a Jaime Rest, un profesor adjunto de Borges, con el que cursé Literatura Inglesa. No quise cursar con Borges porque era vaga y marginal. Rest me parecía más próximo y terminamos siendo muy amigos. 

–¿Alguna mujer para mencionar? (Sarlo mira la biblioteca y le pido que me deje entrar en ese universo, su mar de libros).

–Acá tenés literatura argentina, y acá hay otras cosas. Ya que me preguntás por mujeres, mirá: las tengo en una biblioteca aparte porque, si no, quedan invisibles en medio de todo lo demás.

– ¿Tus autoras favoritas?

–Te contesto con dos tríos argentinos: Juana Bignozzi, Sylvia Molloy y Matilde Sánchez, por un lado, y tres jóvenes que me gustaron mucho últimamente: Mariana Dimópulos, Selva Almada y Sonia Cristoff. Pero, además, quiero mencionar a una escritora francesa que admiro: Nathalie Sarraute. Como decía, a las mujeres necesité juntarlas en estos estantes por separado: acá están las más jóvenes o actuales, y también las grandes, como Victoria o Silvina Ocampo. Las poetas, en cambio, son muy predominantes y las tengo junto con los hombres.

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