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Poner las manos en acción, un camino posible para aprender a detenernos

Aunque suene contradictorio, pausar el trajín cotidiano y las obligaciones para entregarse a alguna actividad manual que nos convoque desde el corazón es tan saludable como necesario. ¿Vos tenés la tuya?

Por Loli Sansot

¿Qué sentimos cuando vemos a un grupo de mujeres tejiendo alrededor de una mesa? ¿Qué nos pasa cuando notamos a alguien leyendo un libro en la plaza? ¿Qué pensamos cuando nos encontramos a una persona cargando su caja de pesca? ¿Qué nos genera entrar al taller de un artista y verlo envuelto en su trabajo?

Lo primero que pensamos, tal vez, es que quisiéramos imitarlos y entregarnos por completo a alguna de esas actividades, pero que a nosotros no nos alcanzaría el tiempo. Cuando nos encontramos inmersos en una vorágine de mil tareas por cumplir y concluimos que es imposible lo que nos propusimos hacer, llega el momento de detenernos. La naturaleza es sabia, las horas de luz son, más o menos y según la estación, doce horas. Entonces, podríamos empezar por preguntarnos: ¿qué hacemos en esas horas?

El siguiente paso es organizarnos. Contar cuántas horas le dedicamos al trabajo, cuántas a los seres queridos, cuántas a nosotros mismos. Elegir el tiempo, por más breve que sea, en el que vamos a hacer eso que tanto nos llama por dentro. No necesitamos un cambio rotundo de profesión y pasar de tener una jornada completa frente a la computadora a estar inmersos en un taller de alfarería. Pero sí podemos elegir un rato y convertirlo en un momento especial. Detenernos. Detenernos en el sentido de prestar atención, no de quedarnos quietos. De entregarnos a lo que estamos haciendo para dejar de asumir que estamos vivos y, entonces, darnos cuenta. De darle un respiro a la mente.

“Debes tener un cuarto, o una hora del día, en que no sepas qué dicen los diarios, ni quienes son tus amigos, ni qué debes o te deben: es simplemente el lugar de la incubación creativa. Al principio puede parecerte que ahí no sucede nada; pero si tienes un lugar sagrado y lo usas, con el tiempo algo sucederá”. Joseph Campbell, mitólogo

Porque, como nos recuerda Thomas Moore en su libro El cuidado del alma (2005), “nos sentiremos vacíos si todo lo que hacemos pasa deslizándose junto a nosotros, sin adherirse jamás. Ya hemos visto que, al inmovilizar la atención, el arte presta un importante servicio al alma, que no puede prosperar en una vida de ritmo rápido, porque dejarse afectar, absorber las cosas y elaborarlas requiere tiempo. Por lo tanto, es probable que el arte de vivir solo exija algo tan simple como detenerse”.

Poner en acción las manos

Un camino posible es a través de alguna actividad con las manos. Disciplinas como la psicología y la neurología investigan hace tiempo la relación entre el cerebro y el trabajo manual. Tanto el tacto como los otros sentidos recogen información que llega al cerebro y genera conexiones que afectan las formas en que pensamos, aprendemos y nos comportamos.

Kelly Lambert, neurocientífica estadounidense, explica en su libro Lifting Depression: A Neuroscientist’s Hands-On Approach to Activating Your Brain’s Healing Power (Levantando la depresión: Un enfoque práctico de la neurociencia para activar el poder sanador de tu cerebro, 2010), que hay un circuito cerebral que comunica las áreas del movimiento, los pensamientos, la motivación y el placer. Al activarse este circuito, se puede prevenir o tratar, entre otras cosas, la depresión. Incluso sostiene que el remedio está también en sentir la recompensa del trabajo realizado. Cuenta Lambert: “Cuando tejés un sweater o plantás un jardín, cuando preparás una comida o arreglás una lámpara, estás bañando a tu cerebro con químicos de bienestar”. Está comprobado que, mientras trabajamos con las manos, liberamos endorfinas y serotonina y, por ello, nos sentimos muy bien.

El contacto con los materiales activa los sentidos y nos trae de vuelta al presente. Amasar el pan, enhebrar un hilo, anudar un anzuelo, pelar nueces, plantar, tejer, llenar una mesa de lápices para dibujar y la lista es infinita. Cada uno descubrirá qué tarea le permite desandar ese sendero que conduce a sí mismo. El arte en todas sus manifestaciones es un gran aliado. “El disfrute del arte nos libera de la presión de la existencia cotidiana”, escribe Hans-Georg Gadamer, filósofo alemán, en su libro La actualidad de lo bello (1997). Allí, agrega: “La esencia de la experiencia temporal del arte consiste en aprender a demorarse”. Y ese “demorarse”, podemos pensar, es otra acepción más de detenerse. Prestar atención, tomarnos el tiempo. Y, entonces, por caso, si elegimos probar pausar el ritmo en un taller de cerámica, de pronto quizás nos encontremos absortos y con las manos en el barro, demorándonos todo lo necesario en construir una pieza.

Si prestamos atención, el cuerpo nos habla en los movimientos, nos cuenta cosas. Imaginemos, por ejemplo, que entramos en la cocina con la cabeza llena de los pensamientos del día y nos ponemos el delantal. De pronto, en ese acto de pasar la cabeza por la cinta que rodea el cuello y hacer un nudo detrás de la espalda, la maraña mental en la que veníamos envueltos de repente se deshace, al tiempo que gana protagonismo la imagen de un abuelo que también usaba delantal y cocinaba para muchos. Podemos ignorar estos avisos o por el contrario, detenernos y reconocer allí la oportunidad de cocinar para alguien, de hacerlo con amor y de no seguir en piloto automático. Mientras mezclamos los ingredientes, olemos los aromas y nos colgamos el repasador en el hombro, todo lo que teníamos en la cabeza baja el volumen y se pone en lista de espera.

Podemos imaginar, también, que llegamos a casa a la tardecita y elegimos pausar un rato las tareas habituales para arrodillarnos junto al cantero a sacar yuyos. Las manos en la tierra nos sacan de nuestra mente y nos damos cuenta de que nos hace bien. Incluso puede ocurrir que nos encontremos con el recuerdo de una madre que se arrimaba a la tierra con un sombrero y una canasta llena de herramientas. Y ese rato en el que podríamos haber seguido con el ajetreo, nos lo regalamos para emocionarnos. ¿Qué es el tiempo si no un puñado de estos momentos?

Hay oficios y artes que persisten. No hay revolución industrial ni tecnológica que vaya a terminar con el trabajo manual. Seguiremos tejiendo, pintando y subrayando libros. Las excusas para no hacerlo serán muchas pero los motivos para sí hacerlo también. Solo dependerá de si somos personas de excusas o personas de motivos.

Cuando vemos a un grupo de mujeres tejiendo alrededor de una mesa, cuando notamos a alguien leyendo en la plaza, cuando nos encontramos a un hombre cargando su caja de pesca, cuando vemos a alguien cocinando para otro alguien, se nos despiertan las inquietudes del alma, nos dan ganas de hacer lo mismo al volver a casa. Por lo tanto, queda en nuestras manos aprender a detenernos.

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FRASE DEL DÍA

"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss