22 de abril de 2026
“Soy una mujer plena”, dice Celina Nieman con una sonrisa estridente detrás de la pantalla. “Eso es ahora”, aclara.
A los 17 años, Celina vivía en Tucumán y se sentía atormentada. Formaba parte de un grupo de adolescentes que quería cambiar el mundo pero no sabía cómo ni qué carrera elegir. Hasta que un día pensó: “¿Qué puede ser mejor que estudiar la mente?”.
Estudió Psicología y, entre los apuntes de la facultad y los primeros amores, viajó por el país, Estados Unidos y Bélgica, trabajando de recepcionista, moza, repartidora, lo que hiciera falta para seguir la aventura. En esa época era, sobre todo, viajera.
Cuando volvió a su ciudad natal, ya recibida de psicóloga, empezó a hacer prácticas profesionales, pero algo no le cerraba; quería crear un impacto positivo en el mundo a gran escala. Siguió las recomendaciones de su psicoanalista y fue a Buenos Aires para rendir el examen de ingreso a una Maestría en Periodismo. No aprobó.
Lejos de desmotivarse, se fue a trabajar al área de Relaciones Internacionales del Ministerio de Desarrollo Social de Israel, pero tampoco estaba convencida: “Me pesaba que la vida cotidiana estuviera tan atravesada por la religión —reconoce Celina —. El viceministro quería conseguirme marido, imaginate”.
Continuó la búsqueda. Una ONG de Desarrollo Internacional pedía Líder de Operaciones en Myanmar. Cuando quedó seleccionada, lloraba abrazada a su perra, muerta de miedo; los documentos de ingreso incluían un seguro de secuestro “¿A dónde me estoy yendo?”, pensó.
A las semanas, lloraba pero esta vez de felicidad. Le parecía inmejorable: veía el sol desperezarse tras el vidrio de la camioneta, trabajaba junto a comunidades rurales reemplazando el cultivo de opio por apicultura, y le había tocado un equipo lindísimo.

Lo épico de esa experiencia terminó de golpe. Su padre tenía un tumor cerebral. Una operación de urgencia hizo que Celina dejara su computadora y dos valijas con ropa. Con un bolso que entraba en la cabina del avión, se instaló en Buenos Aires para estar cerca de él. Y se quedó.
En la ciudad de los jacarandás se propuso hacer un MBA para aprender sobre finanzas y liderazgo. Pero no podía pagarlo, así que pidió una entrevista con el director de la Universidad de San Andrés. No solo obtuvo la beca, sino una recomendación algo enigmática: “Tomar un café con un tal Matías Kelly”.
Matías resultó ser un referente de la Economía Social y le sugirió conocer a Candelaria Becco. Tiempo después, Celina estaría trabajando con ambos. Fue líder de proyectos en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y entre 2015 y 2019 se desempeñó como Jefa de Gabinete en la Secretaría de Economía Social del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, generando impactos positivos en las comunidades de barrios populares.
“Lo dimos todo. Recuerdo que fui a una médica que me dijo: hacete los estudios y mandámelos por mail. En el asunto poné que sos la estresada. Con eso ya te ubico”, comparte Celina. Fue diagnosticada con una menopausia precoz.
En diciembre de 2019 despedía a sus amigos de Buenos Aires, diciendo lo único que le sonaba honesto: “Me voy a poner las manos en la tierra”. Quería sanar.
Luego de un viaje por tierra de tres días, un sello en el pasaporte anunciaba que había llegado a Perú. Iba a conectarse con la sabiduría chamánica y la toma de plantas medicinales (guachuma): “Cuando estaba en mi peor momento, las plantas me mostraron que había algo más grande que yo. Mi tarea era dejar de resistir. Aprender a perderlo todo y entregarme a lo que la vida dispusiera”.
Cuando en 2020 llegó la pandemia estaba en Argentina, en el piso de arriba de la carpintería de su pareja, estrenando nueva identidad profesional: emprendedora fintech.
Su primo y un socio habían lanzado una billetera de criptomonedas y la invitaron a ser parte. La idea de democratizar las finanzas la seducía. Así que durante 4 años dirigió las operaciones de Defiant Crypto Wallet, con la que levantaron más de un millón de dólares y alcanzaron los 40.000 usuarios.
El proyecto crecía exponencialmente hasta que el socio perdió todo el dinero en una mala inversión. A la velocidad de un clic, treinta personas quedaron en la calle. Incluida ella, que en ese momento estaba en plena construcción de su casa. “Fue caótico”, recuerda.
En 2023 con su compañero compraron una finca en Taficillo, una zona rural de Tafí Viejo, pegada a la montaña. Se casaron y viajaron a Asia de luna de miel.
“En las playas paradisíacas los corales estaban amarillos. En las plazas, había basura. Por donde mirábamos, había huellas del pie humano. Nuestras propias huellas. No nos gustaba lo que veíamos”, cuenta Celina, y comparte que hubo días en que se despertaban temprano para ir a limpiar los espacios públicos.
Volvió con la decisión de trabajar para la regeneración de su entorno —remover la tierra, sembrar, regar— y de sí misma —comer, dormir, bailar, andar descalza, agradecer—. Su salud mejoró, y en un estado de plenitud, hizo un tratamiento para quedar embarazada. “Yo estaba fresca y fértil, como la tierra. Así fue que nació mi hijo, Julián”, cuenta.
Al día de hoy, Celina tiene 39 años. Trabaja como mamá. Trabaja como impulsora de Tiempos de Regeneración, una finca agroecológica donde cultiva plantas de duraznos y de paltas, cosecha rúculas y las vende en la feria de productores locales de su pueblo. Atiende como psicóloga. Es miembro de la comisión directiva de Sumatoria, una asociación civil de finanzas de impacto, y de RIL, organización que asesora a municipios en innovación local. Recientemente, asumió un rol directivo en Bayka, un proyecto de conservación y regeneración de ambientes naturales en provincias como Misiones, Córdoba, y Chaco, con el mantra claro: ser motor de crecimiento para los grandes ecosistemas del país.
Celina fue (en algunos casos es) viajera, psicóloga, gestora de proyectos, innovadora social, jefa de gabinete, emprendedora fintech, agricultora, mamá, voluntaria. En el sector público y en el privado. En el ámbito local, nacional e internacional. En la computadora y en el invernadero. Con la blockchain y con la carretilla y los guantes de jardinería.

La exposición a tantos mundos le ablandó (más aún) el corazón. Avivó una disposición radical a integrar las diferencias, como en Indonesia, el día que ella, hija de familia judía de musculosa y shorts, y una mujer musulmana con el cuerpo envuelto en una tela negra, se miraron y se besaron las manos.
El frío mercado laboral lo traduciría como un perfil con alta capacidad para trabajar en equipos diversos. Estaría en lo cierto.
Quizás el regalo de papel más brillante de la diversidad sea la resiliencia. “Yo leo a través de todo lo que viví”, menciona con orgullo.
Los generalistas como Celina tienen ojos de libélula. Cada experiencia es un omatidio: una unidad sensorial que capta una parcela de la realidad. Así como el cerebro de la libélula une esas miles de imágenes aisladas y las fusiona en una visión panorámica de casi 360°, la diversidad de experiencias profesionales se integran y sintetizan cada vez que Celina mira. Esto les da destreza para detectar cambios y responder a la incertidumbre con agilidad y gracia.
Si la diversidad es una cualidad de lo vivo —si existe hasta en la más mínima célula, si está presente en nuestra psique, en la biosfera y en la Vía Láctea—, ¿por qué nuestros caminos laborales serían la excepción?
Honrar la diversidad es, como reza la canción, honrar la vida.
La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.
Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
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