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Sociedad

10 febrero, 2020

¿Podemos convivir?

Peleas con conocidos o desconocidos, en el ámbito público o privado; discusiones por cosas nimias que muchas veces terminan en verdaderas tragedias. Es tiempo de aprender a convivir con el otro desde las diferencias para dejar de ver en él a un potencial enemigo.


Por Sergio Sinay

Peleas a las salidas de los boliches, peleas entre automovilistas en las calles y rutas, peleas entre vecinos, peleas dentro de las barras bravas, peleas en los consorcios, discusiones entre desconocidos por cuestiones banales. Muchos de estos enfrentamientos, que son repetidos y cotidianos, terminan de manera sangrienta, se cobran muertos y heridos, dejan resentimientos que anuncian nuevas tragedias.

Son tragedias en el sentido estricto del término, tal como lo planteaban los antiguos y sabios griegos.

La tragedia como género nació de la mano de Esquilo (autor de Las Euménides, Agamenón y Las coéforas), Sófocles (Edipo rey, Edipo en Colona, Electra) y Eurípides (Medea, Electra, Las troyanas). Estos tres grandes poetas y dramaturgos establecieron los mecanismos trágicos a través de sus obras en los siglos V y VI antes de Cristo. Así, vemos que la tragedia es un proceso que una vez iniciado no se puede detener, y cuyo final es indefectiblemente funesto y aciago.

Sin embargo, no se trata de un final sorprendente o inesperado. Se sabe desde el principio cómo ocurrirán las cosas y los únicos que parecen ignorarlo son sus protagonistas, que marchan hacia el desenlace fatal de la misma manera en que los insectos suelen precipitarse hacia la llama en donde arderán.

Tragedias anunciadas

Como extraordinarios y sensibles observadores de la realidad, los tres grandes trágicos griegos no hicieron más que reflejar a través del arte un fenómeno de la vida. El inmortal e incomparable William Shakespeare llevaría aquella percepción a un grado supremo en obras como Otelo, Macbeth, Rey Lear, Hamlet, Ricardo III y Romeo y Julieta. Imposible no reconocer en las creaciones de estos artistas aspectos ominosos, sombríos y siempre presentes del acontecer humano. Ellos, y otros notables creadores más cercanos en el tiempo, explican a través de sus argumentos trágicos de qué manera la oscuridad se cierne sobre nuestro paisaje existencial en ciertos momentos de la historia.

Aquí y ahora este parece ser uno de esos momentos.

La violencia, la intemperancia, la intolerancia que se han ido naturalizando en las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito privado como en el público, se manifiestan en episodios invariablemente trágicos, que terminan como se podía vislumbrar que terminarían, y cuyo final anunciado solo parecen ignorar los protagonistas. Ante esa sucesión de episodios, comienza a tomar forma una pregunta que necesita respuesta prioritaria: ¿podemos convivir?

“La violencia, la intemperancia, la intolerancia que se han ido naturalizando en las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito privado como en el público, se manifiestan en episodios invariablemente trágicos, que terminan como se podía vislumbrar que terminarían, y cuyo final anunciado solo parecen ignorar los protagonistas”.

Un requisito esencial de la convivencia es el reconocimiento del otro, ese que llamamos prójimo. Y prójimo significa próximo. Siempre hay un ser humano próximo, ya sea de manera permanente (como pareja, familiares, vecinos, amigos, incluso adversarios) o circunstancial (proveedores, clientes, paseantes, vecinos de asiento en un colectivo, un avión, el subte, el tren o una sala de espera). Vivimos en un mundo poblado de “otros”. Y entre los 7.200 millones de seres humanos que pueblan el planeta no hay dos iguales, ni los hubo, ni los habrá.

La singularidad de cada uno, su carácter de inédito e irremplazable, es definitoria. No hay manera de vivir con un calco de uno mismo, siempre tendremos diferencias (de necesidades, de prioridades, de gustos, de tiempos, de ideas, de proyectos, de sensaciones, de sentimientos, de perspectivas, de percepciones), aun con las personas más cercanas y queridas. Cuando esto no se acepta ni se reconoce, la intolerancia siembra su semilla. Queda latente una sensación que comienza en frustración y bien puede terminar en resentimiento.

Tiempo de crecer como humanos

Si los otros no cumplen al pie de la letra nuestras expectativas empezamos a alejarnos de ellos, a descalificar sus percepciones. Recorremos el camino inverso al de la empatía. Buscamos relacionarnos solo con aquellos que vemos como nuestros clones. Que quieren, sienten, piensan como nosotros. Construimos entonces grupos de “nosotros”, los iguales, los coincidentes. Entre “nosotros” nos entendemos, nos protegemos, nos alabamos. De entre “nosotros” van surgiendo líderes (mejor llamarlos caudillos), en cuya jefatura confiamos, a quienes nos entregamos, entregamos nuestra capacidad de decisión, la libertad de nuestro albedrío.

Lo hacemos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de la exclusión, de la no pertenencia. Y mientras esto ocurre, quienes no se pliegan, quienes piensan, sienten, sueñan o desean distinto se convierten en “ellos”. Y “ellos” no son confiables, no merecen ni estima ni atención. Llegado el caso, tampoco compasión. “Ellos” son sospechosos de provocar nuestras desdichas, nuestras frustraciones.

Más que sospechosos, llegan a ser directamente culpables.

“Y cuanto más nos encerramos en nuestra rígida y estrecha ciudadela de “nosotros”, más “ellos” vemos por todas partes. Diferentes grupos de “ellos”. La familia política, los hinchas del otro equipo, los del quinto piso, los de la vereda de enfrente, los de otra religión, los no creyentes, los extranjeros, los carnívoros, los veganos, los porteños, los del interior, los de la provincia vecina, los oficialistas, los opositores, las mujeres, los varones, etcétera, etcétera”.

Y cuanto más nos encerramos en nuestra rígida y estrecha ciudadela de “nosotros”, más “ellos” vemos por todas partes. Diferentes grupos de “ellos”. La familia política, los hinchas del otro equipo, los del quinto piso, los de la vereda de enfrente, los de otra religión, los no creyentes, los extranjeros, los carnívoros, los veganos, los porteños, los del interior, los de la provincia vecina, los oficialistas, los opositores, las mujeres, los varones, etcétera, etcétera. Según en donde nos paremos seremos siempre “nosotros” contra diferentes “ellos”. Y en “ellos”, quienes fueren, depositaremos todo aquello que no aceptamos de nosotros.

Serán los portadores de nuestra sombra.

Creando a un enemigo

En un texto extraordinario, titulado El creador de enemigos, el filósofo estadounidense Sam Keen (autor entre otras obras de Fuego en el cuerpo, Amar y ser amado, La vida apasionada e Himnos a un Dios desconocido), propone crear el retrato de un enemigo tomando una tela en blanco y dibujando en ellala envidia, el odio y la crueldad que no te atreves a admitir como propias”. Indica deformar la sonrisa de ese rostro hasta que sea una mueca de crueldad. “Exagera cada rasgo, continua Keen, hasta transformar a cada ser humano en una bestia, una alimaña, un insecto”. Más adelante dice: “Cuando hayas terminado el retrato de tu enemigo podrás matarlo o descuartizarlo sin sentir culpa o vergüenza alguna”.

Así, lo más rechazado y odiado del “otro”, de “ellos”, suele ser un espejo de nosotros.

Cuando en una sociedad se intensifica la dinámica de “nosotros” y “ellos” –proceso en el que, a nuestra vez, nos convertimos en los “ellos” de otros– ya nadie cree en propósitos, visiones e intereses comunes, los que siempre pueden existir a pesar de las diferencias, o con las diferencias. Tampoco se respetan o aceptan leyes, normas y reglas que articulen esas diferencias y permitan la convivencia. Cada grupo de “ellos” establece su ley, su justicia, y se cree con derecho a convertirlas en universales y válidas para todos. La sociedad se fragmenta, la convivencia se hace imposible. Se impone la ley del más fuerte o del más violento.

La tragedia despliega sus alas.

¿Podemos, entonces, convivir? Podremos hacerlo, posiblemente, cuando abramos los ojos y veamos que estamos rodeados de otros, que todos somos diferentes, y aprendamos a respetar esas diferencias (siempre que no sean de valores morales esenciales) y a enriquecernos con lo que ellas nos proveen. Porque siempre los otros tienen algo de lo que carezco y viceversa. En un mundo de diferentes podemos convivir. Si únicamente vivimos entre “nosotros” solo sabremos confrontar.

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