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Vivir bien

22 diciembre, 2022

Pinamar, la transformación de una ciudad en verano

Una localidad marítima en invierno, con sus bosques silenciosos, playas inmensas y fríos crudos, resultó el lugar donde una joven periodista hizo las paces con su interior. El verano y la llegada del turismo lo cambian todo y ella se aventura a esta nueva cara del sitio que la cobijó.


Por Clementina Escalona Ronderos. Fotos: Lola Marmo.

Se va acercando el verano. El sol pega distinto sobre la piel, dulce, abrasante. La gente desfila en remera, pollera, sandalias, vestidos y shorts; las vidrieras anuncian la proximidad de la Navidad. Yo salgo a correr por el bosque, ese lugar usualmente silencioso y tranquilo, y pasa muy cerca mío, a toda velocidad, un cuatriciclo. Un chico joven se da vuelta para mirarme y ríe mientras yo me restriego los ojos por la arena que levantó. «Pronto empieza la temporada», me digo. 

En la zona costera donde resido desde marzo de este año (zona comprendida por Pinamar, Valeria del Mar, Ostende y Cariló), la gente local vive esta etapa del año con alegría y terror por igual. Poco a poco la fisonomía y dinámica del lugar se van transformando. En la playa aparecen las primeras carpas y los primeros turistas. Esa amplitud de arena y mar que tan nuestra fue durante todo el año, se metamorfosea en una suerte de shopping ambulante: hay choclo, hay choclo, ¡chiiiiipa, chipa, chipa!, ¡helado, helado!, haaaaay churroooos, ¿señorita quisiera ver una pulsera? Los carritos con ropa, bandanas, pareos, bikinis, trenzas para el pelo y más. Por un instante olvido que estoy en uno de los destinos de veraneo más populares del país, y tengo la sensación de que están invadiendo el patio de mi casa.

En la calle se oyen las primeras bocinas, los primeros insultos, y cada vez resulta más difícil cruzar la rotonda en bicicleta. Los guardavidas vuelven a sus puestos luego de una larga hibernación y en los supermercados cambian los cartelitos de los productos, ajustándose a los “precios de temporada”. Cada día más filas, cada día más autos, cada día más personas. Los pequeños puestos de comida al paso se llenan de visitas con hambre y ganas de tomar cerveza. La calle principal parece un árbol navideño decorado por luces brillantes. Los negocios abren desde temprano y cierran tarde, las franjas de estacionamiento se ocupan y muchos habitantes comienzan la jornada laboral que se extenderá hasta Semana Santa del año próximo. Las casas se pintan, las calles se arreglan; incluso el teatro, que durante el año canceló funciones por falta de público, arregla el mosaico que adorna su vereda. Todos, turistas y locales, nos preparamos para ese monstruo fagocitante y gatito de la fortuna: la temporada.

Pinamar y la pregunta de dónde vivir en temporada

En el jardín de la casa compartida donde vivo, floreció el jazmín: cientos de florcitas blancas visten ahora el verde de una pared que solo días atrás veíamos preocupantemente seca, gris-amarronada. El perfume es esplendoroso y se cuela por toda la casa. Lo triste es que no podremos disfrutar demasiado tiempo de esta belleza: pronto debemos dejar la casa que hemos alquilado todo el año para dar paso a los turistas. Así le sucede a tantas personas que viven en la costa argentina desde marzo hasta noviembre, y luego deben migrar a sus ciudades natales, a un colchón en casa de un amigo, al quincho remodelado de los suegros, a un departamento maltrecho por el que se cobra fortuna. 

“En este lugar, no te podés separar”, decía hace poco una amiga que reside hace diez años en Pinamar y buscaba tomarse un tiempo de su pareja. Al no conseguir un alquiler anual, se vieron obligados a continuar extendiendo la convivencia. Otra amiga, residente en Mar del Plata, cuenta solo con la efímera seguridad quincenal: “Ahora me dijeron que puedo quedarme hasta el 14 de diciembre”. En cuanto se alquile la pequeña casita del fondo donde vivió todo el año, tendrá que guardar sus cosas e irse. Así estamos varios: sabiendo que cuando comienza el calor nos tenemos que mudar, pendientes de la especulación de dueños e inmobiliarias, sujetos a factores externos que dificultan la posibilidad de elegir la costa como un lugar para vivir durante todo el año.

Renacer con la primavera, una invitación del lugar

Llegué a Pinamar a principios de otoño, arrastrando el dolor y el cansancio de quien se sabe profundamente herida. Vine con la intención de cambiar de aire, en busca de un estilo de vida que me permitiera más tiempo para leer, para escribir, lejos de una ciudad colapsada. Lo que no sabía en ese entonces, es que también venía a sanarme. En un lugar nuevo, sin casi distracciones ni entretenimientos, los meses que estuve acá no encontré otra opción que cobijarme en mi propio interior. Un lugar peligroso, por cierto: una cueva de aguas turbias repletas de culebras y vaya uno a saber qué bichos más. Durante esos largos meses de frío (que puedo jurarlo, son más largos que en Capital), me dediqué a develar el origen de esa angustia acumulada hacía años en el pecho. Pinamar, a mí, me resultó un lugar más viable para escucharse, prestarse atención, desentrañar aquello que queda siempre en último lugar cuando uno se encuentra en la vorágine de la vida citadina. 

El mar, el viento y el bosque; el frío, la lluvia y los días nublados: la naturaleza acá te atrapa de una manera a veces agobiante, otras apacible. Si me sentía ofuscada por el motivo que fuera, me abrigaba con todo lo que tenía e iba a mirar el mar. Solo mirarlo. Volvía renovada; con frío, aunque vital, como si me hubiesen hecho un reset mental. Luego supe de los beneficios comprobados del aire de mar, su facultad de generar un aumento en la serotonina, la hormona vinculada a la reducción del estrés y la ansiedad. En todo este tiempo, las emociones calaron hondo, el insomnio disminuyó; la soledad se hizo presente y el bloque de tristeza que traía conmigo se fue desintegrando, todo en medio de un frío afilado que, no obstante, me amparó.

Comienza el verano

Ahora que el sol sale con fuerza, parece injusto que no podamos disfrutar en paz del verano. De alguna manera, somos los locos, o los valientes, o los marginados que nos animamos a vivir en un lugar que durante el año resulta demasiado frío y que te obliga a mirarte de frente. Quisiera, como el jazmín, soltar el perfume de mi alma que ahora se siente un poco más en paz. Quisiera que el mar se lleve lo último de la tristeza que aún tengo pegada y expandirme con el calor del sol. Quisiera disfrutar del verano en Pinamar. 

Pero dejo lugar al turismo. Al fin y al cabo, es la fuente de ingresos de tantas de las maravillosas personas que conocí este año. Pronto armaré una vez más mi valija, para dejar la casa y seguir rumbo, no sé todavía dónde. 

Eso sí, esta vez iré más liviana.

ETIQUETAS cultura mar playa sociedad vacaciones

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