31 de octubre de 2024
A lo largo de la historia, numerosos hombres y mujeres se cuestionaron el sentido de la vida, tratando de encontrar respuestas sobre la existencia, la naturaleza y el lugar que ocupamos en el cosmos. Científicos, filósofos y teólogos intentaron descifrar las dudas intrínsecas del ser humano, explorando diferentes caminos y perspectivas para comprender y profundizar nuestra comprensión sobre estos temas, convirtiéndose en un punto de partida para las propias exploraciones y debates internos.
El sacerdote jesuita, paleontólogo y filósofo francés Pierre Teilhard de Chardin fue uno de ellos. Construyó mediante la ciencia y el misticismo una visión de universo donde ciencia y religión no se contraponen sino que, por el contrario, se complementan. En sus escritos aseguró que el ser humano es capaz de presentir el esplendor de lo divino a través de su manifestación en los elementos de la tierra. Algunos lo acusaron de hereje y de destruir el dogma cristiano. Pero, para otros, su obra es su mejor defensa de la fe.
Una fuerte vocación religiosa
Teilhard de Chardin nació en 1881. Pasó su infancia en el campo, en Auvernia, Francia. Este lugar, según lo definió él mismo, fue su propio museo de historia natural y espacio de contacto con la vida silvestre. Desde niño experimentó asombro por la Naturaleza y ganas de aprender sobre ella. Fue el cuarto de once hermanos y creció en un entorno puramente tradicional y arraigado al catolicismo. Desde muy pequeño tuvo la necesidad de “sentir a Dios”. Y para poder hacerlo recolectaba piezas de hierro, piedras y fósiles, representación de la consistencia, lo incorruptible y lo eterno.
A los once años ingresó en el colegio de Notre Dame de Mongré, y a los dieciocho en el noviciado de Aix-en-Provence, decidido a convertirse en jesuita. Más tarde, continuó sus estudios en Inglaterra, donde fue ordenado sacerdote en 1911.
Su pasión por la paleontología y la ciencia fueron siempre de la mano con su vocación religiosa. Después de su ordenación como sacerdote y luego de una estancia de tres años en Egipto, estudió geología y paleontología. A su vuelta a Francia en 1912, se unió al laboratorio de paleontología del Museo de Historia Natural de París, en el cual comenzó su trayectoria como investigador de la paleontología humana, realizando distintos viajes de estudio.
“Tan lejos como puedo retroceder en mis recuerdos (de antes de los diez años), advierto en mí la existencia de una pasión netamente dominante: la pasión de lo Absoluto. Es evidente que yo no daba todavía entonces este nombre a la inquietud que me oprimía; pero hoy puedo reconocerla sin ninguna vacilación. La necesidad de poseer en todo “algo Absoluto” era, desde mi infancia, el eje de mi vida interior”, escribió sobre aquellos años en su libro El medio divino (1927).
Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue destinado a una unidad sanitaria como camillero. En esos años entre trincheras, vivió de cerca el dolor y el sufrimiento humano. Esta experiencia lo transformó de una manera tan profunda, que la llamó “mi bautismo en lo real”. De la correspondencia que mantuvo en esos tiempos con su prima Margarita, surgen varios textos: “Escritos en tiempos de guerra”, “La vida cósmica” y “El potencial espiritual de la materia”.
Aunque una guerra puede parecer incompatible con la vida intelectual y espiritual, Teilhard de Chardin logró escribir sobre la vivencia de la degradación humana del combate y también experimentó largos períodos místicos en ese contexto, sintiendo una honda presencia de Dios.
Su coraje durante la guerra le valió la medalla militar de la Legión de Honor.
Las tropas musulmanas de Argelia se referían a Teilhard como “Sidi”, un término de respeto religioso. Un soldado observó: «Los francotiradores norteafricanos de su regimiento creían que estaba protegido por su baraka (en árabe, “porte sobrenatural”). La cortina de fuego de ametralladora y la lluvia de bombardeos parecieron pasar de largo… Una vez le pregunté: ‘¿Qué haces para mantener esta sensación de calma durante la batalla? Parece que no ves el peligro y que el miedo no te toca’. Él respondió, con esa sonrisa seria pero amistosa que daba calidez humana a sus palabras: ‘Si me matan, simplemente cambiaré mi estado, eso es todo'», Michael Conté, Pierre Teilhard de Chardin (1968).
Al terminar la guerra volvió a París y, entre 1922 y 1926, obtuvo en La Sorbona tres licenciaturas en ciencias naturales: Geología, Botánica y Zoología. Se acercó a la ciencia como un “devoto religioso” y habló de un “deber sagrado de investigación”. Durante veinte años vivió y trabajó en China, participando en numerosas expediciones científicas, entre ellas la que descubrió el Sinanthropus (hombre de Pekín). Su participación en este descubrimiento le dio una gran reputación y le permitió continuar su carrera como geólogo y paleontólogo.
Al regresar a París comenzó su carrera como profesor en el Instituto Católico, pero es aquí donde sus conflictos con la Santa Sede ya no pararon: un polémico artículo sobre el pecado original le obligó a abandonar la enseñanza. Este artículo tenía que ver con una tendencia evolucionista, donde exponía algunas posibles orientaciones en vistas a comprender dicho dogma tratando de armonizar con las explicaciones científicas. Estas teorías sobre el pecado original iban en contra de lo que la doctrina católica venía enseñando. Es por eso que sus superiores le solicitaron que toda su actividad se centrara en la publicación de trabajos de carácter estrictamente científico. Sin salirse del marco de la obediencia que, como religioso, debía a la institución, expuso sus ideas a través de manuscritos en círculos reducidos.
“La originalidad de mi creencia, es que hunde sus raíces en dos terrenos de la vida habitualmente considerados como antagonistas. Por educación y formación intelectual yo pertenezco a los ‘hijos del cielo’. Pero, por temperamento y estudios profesionales, soy un ‘hijo de la tierra’.” (…) Al término de mi experiencia, después de treinta años consagrados a la búsqueda de la unidad interior, tengo la impresión de que se ha realizado de modo natural, una síntesis entre las dos corrientes que tiran de mí: la una no ha ahogado a la otra. Hoy creo, probablemente, más que nunca en Dios, y al propio tiempo, más que nunca, en el mundo”, puede leerse en su obra Como yo creo (1934).
Sintió pasión por su fe, por Dios, por Cristo y también por la ciencia, la naturaleza y el hombre. Sus pensamientos y textos se enfocan en mostrar la coherencia, la unidad de esas grandes pasiones. Este doble impulso, tanto hacia Dios como hacia los seres humanos, hacia lo material y lo espiritual, hacia lo trascendente y lo inmanente, hacia lo físico y lo metafísico, lo acompañó siempre.

En El Medio Divino (Le Milieu Divin. Essai de vie intérieure, escrito entre 1925 y 1927), realiza un intenso diálogo entre ciencia y fe, que alcanza niveles de contemplación mística. La dedicatoria de este libro: “Para aquellos que aman el mundo” (Sic deus dilexit mundum). Es una mirada amorosa del mundo y la humanidad en diálogo permanente con Dios y en camino, a través de Cristo, a él.
A través de su experiencia como hombre de ciencia y de sus trabajos de investigación, la nueva visión evolutiva de la vida y del universo afectaron su concepción cristiana de la relación de Dios con el mundo. A partir de estos conceptos reformula el pensamiento cristiano, en especial, la creación divina y el problema del mal, así como del misterio de Cristo y su relación con el mundo. Son especialmente estos escritos los que preocuparon a las autoridades eclesiásticas.
Introdujo una nueva forma de pensar: los cristianos podían amar al mundo porque en él encontraban a Cristo. El sufrimiento ya no era una pena por el pecado, sino el precio que cada uno debía pagar para llevar el universo a su plenitud en Cristo. Varias semanas después de su publicación, Teilhard añadió una posdata reconociendo que había introducido: «Una orientación completamente nueva en la enseñanza ascética cristiana».
«La maravilla esencial del Medio Divino es la facilidad con que reúne y armoniza en sí mismo las cualidades que nos parecen ser más contrarias. Inmenso como el Mundo y más temible que las inmensas energías del Universo, el Medio Divino posee, sin embargo, en grado superlativo, la concentración y la precisión que constituyen el encanto y la cordialidad de las personas humanas”, señaló en El medio divino (1927).
La relación entre el jesuita francés y el Vaticano nunca fue buena. Sus escritos de filosofía y teología circulaban en manuscritos, ya que los funcionarios de la iglesia habían impedido su publicación. Incluso, hasta le prohibieron dar conferencias. El Santo Oficio, en 1958 y 1962, había mandado retirar sus obras de las bibliotecas por contener ambigüedades y errores que, a su entender, ofendían a la doctrina católica y perjudicaban a la juventud.
En 1951, sus superiores lo invitaron a dejar Francia y partió hacia Estados Unidos, donde permaneció hasta el final de su vida.
A pesar de la censura y las dificultades que tuvo que atravesar, nunca abandonó su vocación de jesuita, ni la de científico. Fue una década más tarde de su muerte que sus amigos pudieron publicar trece volúmenes de sus escritos religiosos. Durante el Concilio Vaticano II, una iniciativa del Papa Juan XXIII destinada a aggiornar la Iglesia católica que comenzó en 1962, la figura de Teilhard de Chardin fue rescatada y reivindicada por varios de sus participantes (entre los que se encontraban obispos, peritos, teólogos y observadores invitados), que se inspiraron en el pensamiento y las obras del jesuita para redactar algunos de los 16 documentos finales, con el fin de adecuar la doctrina a la nueva era. Un claro ejemplo de que el tiempo de la historia humana es inexorablemente más lento que el del universo.
Luego de su reivindicación en el Concilio Vaticano II, varios Papas rescataron su figura. El Papa Pablo VI, lo definió como “un científico que pudo encontrar al espíritu y a Dios en el universo, en el principio inteligente y creador”. Juan Pablo II valoró sus ideas y reivindicó su audaz intento de alcanzar una síntesis entre fe y razón. Recientemente, en su visita a Mongolia, fue el Papa Francisco quien recordó al jesuita contando que el padre Teilhard un día deseó ardientemente celebrar la Santa Misa, pero no llevaba consigo ni pan ni vino, por lo que compuso su Misa sobre el mundo expresando así su ofrecimiento: “Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación, movida por tu atracción, te presenta en la nueva aurora”. Según el Pontífice, él ya había intuido que “la Eucaristía es el centro vital del universo, el centro rebosante de amor y de vida inagotable” (Enc. Laudato si’, 236).
Para aquellos que desean profundizar en el estudio de su pensamiento; el desarrollo de su espiritualidad se puede seguir a través de los sus ensayos que van desde los primeros escritos: Mi universo (Mon universe, 1918), La Misa sobre el Mundo (La Messe sur le Monde, 1923), El Medio Divino (Le Milieu Divin, 1927), Cómo yo creo (Comment je crois. 1934); hasta los últimos, unos años antes de su muerte: El Fenómeno Humano (Le Phénoméne Humain, 1947), El corazón de la materia (Le coeur de la matiere, 1950), Lo Crístico (Le Christique, 1955).
En un mundo de polarización y desencuentro, el historiador Diego Mauro reflexiona sobre el poder de la Virgen de Guadalupe para hacer frente a las grietas.
De una sacerdotisa sumeria a una escritora uruguaya, un recorrido a través de mujeres que dieron testimonio de lo sagrado desde su experiencia humana.
Una conversación con el gran referente del conocimiento astrológico para comprender los desafíos de esta época.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
0
COMENTARIOS
Necesitás registrarte para realizar comentarios
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN