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6 julio, 2009 | Por

Un nuevo comienzo

La verdad es la herramienta más poderosa para acortar las diferencias entre los hombres, lograr acuerdos de paz y construir una sociedad que no esté gobernada por la inequidad y la violencia, sino por la unidad, la cooperación y la transparencia. Nada se puede construir sobre la mentira, que solo lo ha servido para sembrar división, desconfianza y para mantener a los corruptos y mediocres en el poder.


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Hace pocos días, Barack Hussein Obama pronunció un histórico discurso, “Un nuevo comienzo”, ante estudiantes de la Universidad de El Cairo, dirigido en especial a los musulmanes de todo el mundo, pero también a todos aquellos habitantes del planeta que aspiramos a construir un mundo mejor. No solo lo que dijo, sino cómo y dónde lo dijo, me hicieron pensar que finalmente estaba escuchando algo nuevo en política. Sereno, firme, preciso, sin soberbia pero también sin titubeos, sin gesticular ni levantar la voz, sin agredir ni descalificar, el presidente del país más poderoso del mundo habló en un tono franco, sencillo y cálido. Sus palabras, llenas de verdad y de sentido común, me llegaron al alma. Selecciono los fragmentos del discurso que más me impactaron, pero les sugiero que lo lean entero.

Mientras nuestra relación sea definida por nuestras diferencias, les otorgaremos poder a quienes siembran el odio en vez de la paz, y a quienes promueven el conflicto en vez de la cooperación que puede ayudar a todos nuestros pueblos a lograr la justicia y la prosperidad. Este ciclo de suspicacia y discordia debe terminar.

He venido a El Cairo a buscar un nuevo comienzo entre los Estados Unidos y los musulmanes de todo el mundo, basado en el interés mutuo y el respeto mutuo; y basado en la verdad de que América y el Islam no son realidades excluyentes, y en la verdad de que no es necesario que compitamos. Al contrario: las nuestras son dos realidades que se superponen y debemos compartir los principios que nos son comunes, principios de justicia, progreso, tolerancia y el respeto por la dignidad de todos los seres humanos.

Lo hago sabiendo que el cambio no puede producirse de la noche a la mañana. Ningún discurso puede erradicar años de desconfianza, ni puedo en el tiempo que tengo dar respuesta a todos los complejos interrogantes que nos han traído hasta aquí. Pero estoy convencido de que, para poder avanzar, debemos decirnos abiertamente el uno al otro las cosas que guardamos en nuestros corazones y que con demasiada frecuencia solo se dicen a puertas cerradas. Debe haber un esfuerzo sostenido por escucharnos y aprender unos de otros, respetándonos mutuamente y buscando un terreno común. En el sagrado Corán se nos dice: “ser consciente de Dios y hablar siempre la verdad”. Eso es lo que voy a intentar hacer hoy: decir la verdad lo mejor que pueda, humilde frente a la tarea que tenemos ante nosotros, y firme en mi convicción de que los intereses que compartimos como seres humanos son mucho más potentes que las fuerzas que impulsaron nuestras diferencias. (…)

Cada nación le da vida a este principio [la democracia] a su propio modo, basado en las tradiciones de su pueblo (…) Pero tengo una firme convicción de que todos los pueblos aspiran a determinadas cosas: la capacidad de expresarse libremente y tener voz en cómo quiere ser gobernado; la confianza en el imperio de la ley y en la administración igualitaria de la justicia; un gobierno que sea transparente y que no le robe al pueblo la libertad de elegir cómo vivir. Estas no son solo ideas estadounidenses, son derechos humanos. Y por eso vamos a apoyarlos en todo el mundo.

Ahora, no hay un único camino para cumplir esta promesa. Pero hay algo que está claro: los gobiernos que protegen estos derechos, en última instancia, son más estables, tienen más éxito y son más seguros. (…) No importa donde esté, un gobierno del pueblo y por el pueblo impone una norma única que dice que el que ocupa el poder debe mantener su liderazgo a través del consentimiento del pueblo y no por la coacción, respetando los derechos de las minorías, y participando con un espíritu de tolerancia y compromiso, y que debe poner los intereses del pueblo y el funcionamiento legítimo del proceso político por encima de su condición de gobernante. Sin estos ingredientes, las elecciones por sí solas no hacen una auténtica democracia.

De el cairo a buenos aires

Fue raro. Terminé de leerlo (y de escucharlo en YouTube) y tuve una mezcla de sentimientos. Por un lado, el entusiasmo de encontrarme finalmente con un auténtico líder proponiendo un nuevo comienzo. Un presidente encarnando valores, hablando con naturalidad de su condición de afroamericano cristiano con orígenes musulmanes, citando la Palabra de Dios según los textos de las tres grandes religiones monoteístas. Pero hubo algo muy especial que me sorprendió como lo más novedoso de todo: Obama destacó la imperiosa necesidad de decir la verdad. Y de decirla públicamente, en todos los ámbitos políticos, como única forma de alcanzar acuerdos de paz duraderos.

Al mismo tiempo, sentí como un enojo mezclado con tristeza y hartazgo. Sentí el tremendo contraste de su fuerza espiritual, la autenticidad y grandeza de sus propuestas globales, frente a la mediocridad y la falta de honestidad y coherencia de la mayoría de nuestros políticos. Me dolió comprobar que comunidades tan diferentes por su lengua, raza, religión, cultura y tradición, como lo son el pueblo norteamericano y los pueblos musulmanes de todo el mundo, eran capaces de proponerse como meta el encuentro en sus valores humanos comunes y el crecimiento a partir de verdades compartidas, mientras que nosotros los argentinos, miembros de una única nación, seguimos tan enredados en mentiras, competencias y conflictos que aún no logramos formular un proyecto compartido de país, orientado al bien común, con políticas de Estado que perduren a través de los diferentes gobiernos.

Comenzar por la verdad

¿Qué podía hacer yo con esta desesperanza y desaliento sino rezar a Dios, por todos nosotros, por la Argentina? Me acordé de la “Oración por la Patria”, que desde la crisis del 2001 se reza cotidianamente en las iglesias y que comienza así: Jesucristo Señor de la Historia, te necesitamos. Nos sentimos heridos y agobiados, precisamos tu alivio y fortaleza. Queremos ser nación. Una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. (…)

Me saltó la ficha: “pasión por la verdad” y “compromiso por el bien común”. ¿Cuántos de nuestros políticos estarán enterados de esta aspiración nuestra? Me pregunté cuánto más tendríamos que rezar hasta lograr que nuestros gobernantes entendieran eso mismo que Obama proclama al mundo entero: que se acabó el tiempo de las mentiras de los políticos y que es la hora de decir la verdad. Que el mundo no tolera más inequidad y violencia, y reclama unidad, cooperación y transparencia. En una reciente entrevista, Obama contó que en la Casa Blanca tienen un chiste: “Vamos a seguir diciendo la verdad hasta que deje de funcionar”.

Eso hizo en El Cairo: decir la verdad. Porque nada se construye sobre la mentira. Las mentiras no han funcionado. En ninguna parte del mundo. Sólo han servido para sembrar división, desconfianza, y mantener a mediocres y corruptos en el poder.

Jesús lo anunció: Si ustedes se mantienen fieles a mi palabra, serán de veras mis discípulos, conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. (Juan 8, 31-32).

Cuando se publique esta columna, ya habrán pasado las elecciones y un nuevo Congreso habrá sido elegido. Le pido a Dios que también para nosotros éste sea un nuevo comienzo. Y a los gobernantes, que por una vez prueben con la verdad. Hasta que deje de funcionar.

ETIQUETAS conciliación justicia política respeto

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