Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

20 octubre, 2020

Pequeños grandes cambios que nos dejó la pandemia

El confinamiento nos llevó al interior de nuestras casas, mostrándonos versiones más íntimas de nosotros mismos. Frente a la adversidad, algunas personas realizaron cambios que terminarían siendo fundamentales. En esta nota compartimos cuatro testimonios.


Rúculas florecidas, kales y cebollines: así luce la ventana de Carolina con su cajón de huerta.

Por Camila Bretón

Carolina, 39 años, periodista, decidió tener una huerta en su patio, uno de esos días de marzo cuando el verano daba paso muy lento al otoño. Hacía poco que había vuelto de unas vacaciones con final precipitado en la Patagonia chilena junto a su pareja y por eso ambos debían cumplir el aislamiento social sin siquiera cruzar la puerta de su casa. Pero a medida que fueron pasando los días, la alacena comenzó a desabastecerse, igual que el freezer. “Una noche, sin haber previsto hacer una compra online o pedirle a alguien de la familia que nos trajera más víveres, debimos ingeniárnosla con lo que teníamos. Y lo que teníamos eran fideos. Ni verdura, ni carne, ni enlatados. Entonces salí al patio y encontré unas hojas maltrechas de una planta de albahaca que había soportado el verano y mi abandono. Las corté, piqué ajo y nuestra cena terminó siendo un sabroso plato de fideos con pesto. No podría asegurarlo, pero tal vez ese pequeño instante de estirar la mano, oler el perfume de las hojas y usarlas para hacer de eso tan sencillo algo exquisito, terminó de madurar silenciosamente una decisión postergada”, dice frente a una ventana, desde donde ahora se ve un cajón de madera con rúculas, lechugas, cebollines y puerros.

Uno de esos días en que a las nueve de la noche se aplaudía desde los balcones al personal de salud, los científicos no se decidían si barbijo sí o barbijo no, y yo estaba muy temerosa por la integridad de mis padres y angustiada por la situación laboral de gente que ni siquiera conocía, necesité conectarme con una actividad positiva. Fue un acto intuitivo que derivó en algo concreto: decidí encargarle al papá de un amigo un huertero de madera. Así me lancé a la aventura de cultivar algo más que aromáticas”, cuenta Carolina. Hoy, tras haber cosechado sus primeros apios, rabanitos, y ver los plantines de tomate, pimientos y flores comestibles listos para ser trasplantados, asegura que ya no hay vuelta atrás a la producción “a escala patio” de sus propios alimentos.

Cultivar las plantas que luego va a cocinar, dice, no solo la alivia de la rutina obligada del home office, sino que la lleva a experimentar gratitud y respeto por ellas. “Durante la cuarentena y a medida que pasábamos de una estación a otra fui siguiendo muy de cerca el ciclo de la vida de las plantas: desde que están latentes en las semillas, pasando por los brotes, las hojas que crecen, luego la aparición de las flores y otra vez las semillas. Ser testigo de eso, en medio de la desazón de estos meses, me causa asombro, expectativa, curiosidad, pero también me conecta con un sentido misterioso de trascendencia. Creo que esta práctica se queda conmigo, más allá de que mi rutina laboral y social, en algún momento, vuelva a ser como era antes de la pandemia”, confiesa.

La pandemia, con su consecuente cuarentena obligatoria, nos llevó a estar más tiempo al interior de nuestras casas y en una versión más íntima con y de nosotros mismos. Algunas personas encontraron formas de transitar la adversidad con nuevas prácticas o hábitos que ahora encuentran saludables y significativos.
Rúcula y lechuga, la vida en verde que crece en la huerta de Carolina desde que comenzó la cuarentena obligatoria.

Sembrar lo nuevo

Vivimos una crisis global única. Algunas personas podrán, de esta experiencia, capitalizar algún aspecto o varios y salir fortalecidas, dijo recientemente en una entrevista con Sophia la psicóloga tanspersonal Inés Olivero. Según ella, conectarse con el poder de la intuición puede ser una herramienta que ayude a transitarla. “Algunos quedan envenenados y otros aprovechan esta instancia para ver qué pueden hacer y encontrar el equilibrio físico y emocional. Es un acto de fe. Pero la historia de la humanidad demostró que avanzó a través de cataclismos que te sacan de la zona de confort”, señaló la autora de Reinventarse, su último libro publicado por editorial El Ateneo.

A Patricia Müller, por ejemplo, la cuarentena le dio el puntapié inicial para dejar que las canas empezaran a ganarle a la tintura. Con las peluquerías cerradas, y quizás ante una versión más íntima de sí misma, decidió darle curso al color natural de su pelo. “Era algo que venía pensando hacía tiempo pero no me animaba. Tenía miedo de parecer más vieja o que me quedara mal. Hoy opino lo contrario”, dice riendo mientras se prepara un mate en la cocina de su casa en San Isidro. A los 63 años, Patricia siente que se sacó una mochila de encima y contenta con su nuevo look está segura de que su decisión ya no tiene vuelta atrás. “Siempre creí que tapar las raíces blancas era una obligación, algo que no se tenía que ver, por eso, durante más de 20 años todos los meses, antes de ir a algún evento social o hasta para salir a hacer las compras, me ocupaba de teñirme el pelo y que no se notaran. Ahora me doy cuenta de que en realidad estaba cumpliendo con un mandato social del pasado que me consumía un montón de mi tiempo y energía”.

En su última entrevista con Revista Sophia, Thomas Moore, psicoterapeuta y teólogo estadounidense, afirma que las emociones son un combustible que nos pone en marcha e impulsa hacia nuevas acciones. Eso fue lo que le sucedió a Sandra Ciccioli, arquitecta, artista visual y docente cuando la noche del 19 de marzo supo que no iba a poder continuar dando sus clases de arte, la única fuente de ingresos que tenía hacía más de 25 años. “Fue un sacudón, me angustié mucho pero después de un rato me dije: ‘Yo tengo que poder hacerlo de otra manera’”, recuerda. Por eso, al día siguiente prendió la computadora y se puso a investigar: navegó por Internet, entró a Google Meet, a Zoom y una vez que decidió cuál era la mejor plataforma digital para dar sus clases, empezó a practicar. “No fue fácil, además tuve que idear una propuesta distinta a la que venía trabajando en los talleres presenciales”, comparte.

Sandra Ciccioli, arquitecta, artista visual y docente. Con la cuarentena, reformuló su forma de dar clases.

Sin otra posibilidad más que adaptarse a un mundo nuevo, Sandra, que tiene 57 años y dos hijos, una vez que se sintió segura invitó a sus más de 20 alumnos a un encuentro virtual y les preguntó si estaban interesados en probar una nueva metodología de trabajo a partir de una consigna semanal. “Para la primera clase elegí una frase del pintor francés Henri Matisse que empieza así: Un artista nunca debe ser un prisionero. ¿Prisionero? Un artista nunca debe ser un prisionero de sí mismo, prisionero de estilo, prisionero de la reputación, prisionero de éxito, etcétera”. Para su sorpresa, todos aceptaron.

Sin alumnos en su espacio, Sandra Ciccioli encontró nuevas formas de vincularse con ellos.

Gracias a esta nueva dinámica y sin planearlo, Sandra también pudo contactarse con alumnos de zonas más alejadas y aprovechó para anotarse en distintos seminarios de formación y charlas virtuales. “Lo que no pude hacer es producir obra. Sentía que mi espacio de trabajo ya no tenía la misma alegría. Creo que me dio tanto dolor la situación que no podía encontrarle el sentido”, cuenta. Atenta a sus emociones y sin exigirse demasiado, esperó hasta septiembre para volver a dar algunas clases presenciales con grupos reducidos pero para respetar el distanciamiento social antes tuvo que reorganizar su taller. Acomodó estanterías y modificó la ubicación de las mesas. Ese cambio de energía me inspiró a ponerme a trabajar nuevamente. Ahora me encanta cómo entra la luz, la nueva disposición de las mesas de trabajo y me pregunto por qué no lo hice antes”, dice entusiasmada con todo lo que provocó ese pequeño movimiento. Dueña de una certeza que no tenía en marzo cuando empezó la pandemia y luego de descubrir con una mirada despojada de prejuicios las ventajas de las nuevas herramientas y posibilidades, afirma que todo lo que aprendió en estos últimos meses llegó para quedarse.

Hay años que son bisagra. Que marcan un antes y un después en nuestras vidas. Para Ana Fourquet, y para muchos, sin dudas este 2020 será uno de esos. Profesora de pilates, reflexóloga y madre de dos hijos, hace 15 años le diagnosticaron soriasis, una enfermedad crónica de la piel que en su caso se manifestaba, sobre todo, en las uñas de las manos. Probó apaciguar los síntomas con distintos tratamientos, medicación y cremas pero ninguno le dio resultados. Su dermatólogo, por último, le recomendó intentar con un cambio en su alimentación pero con la vorágine de los días, Ana nunca encontraba el momento para hacerlo.

Hasta que decretaron la cuarentena obligatoria y sin poder salir de su casa, dar clases de pilates, sesiones de reflexología, llevar y buscar a sus hijos de la escuela, se dedicó a informarse y a leer sobre la importancia de tener una alimentación más sana, rica en frutas, verduras y semillas. Y decidió probar. “La primera semana hice una limpieza profunda de mi organismo que viví con mucha satisfacción pero fue un proceso duro, donde me encontré con todos mis miedos y hasta tuve ataques de pánico. Por suerte, la especialista que me guió me recomendó que escribiera todo lo que iba sintiendo”, cuenta del otro lado del teléfono.

Sin la vorágine diaria, Ana Fourcade se abocó a investigar y practicar una alimentación distinta y consiguió mejorar la salud de su piel.

Así, de poco, Ana empezó a confiar de nuevo en su cuerpo y a notar los primeros cambios.Mi piel estaba más brillante, había bajado los cuatro kilos que tenía de más y me sentía radiante”, describe. Ilusionada por los cambios que veía, decidió continuar con las indicaciones de la especialista y dejó de comer carne, harinas y lácteos. Tres meses más tarde las manchas y el sarpullido de sus manos habían desaparecido por completo. “Aunque parezca mentira, después de 15 años, volví a tener las manos lindas”, dice. Pero no fue solo eso. Ana cree que la cuarentena, sobre todo, le dio la posibilidad de ser tenaz con las ganas de verse y sentirse mejor.

Según Carl G. Jung (1875-1951), médico y psicólogo suizo, si no estamos dispuestos a sacrificar algo de nuestro sistema de creencias del pasado, no podremos incorporar nada nuevo. Claro que entregarse a esa metamorfosis no es un camino fácil pero si estamos atentos a nuestro instinto de trascendencia, los tiempos más difíciles pueden ser la mejor oportunidad para que ese cambio sea posible.

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