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Inspiración

4 febrero, 2021

Pequeñas (grandes) alegrías cotidianas

Los detalles mínimos y el encuentro con otros –cara a cara o a distancia– hicieron de este tiempo una época muy especial que todos guardaremos en nuestros corazones por siempre. Pequeñas historias de grandes alegrías compartidas en medio de la pandemia.


La vida cambió y tuvimos que aprender a valorar, más que nunca, los pequeños detalles.

Por Virginia Bonard

¿Cuántas veces habremos atravesado ese umbral, puertita intangible que cruzamos con un salto a veces buscado, a veces inesperadamente? Línea imaginaria que nos separaba –siempre muy injustamente– de aquellas pequeñas cosas que nos causan alegría en plenitudes sin medida. Se trata de esas minidecisiones tan trascendentes desde lo anímico o lo emocional. ¿Hay memoria de alguna sensación así?

“‘Alguien’ puso pausa en el reproductor de la vida cotidiana, y a partir de un organismo minúsculo, los seres humanos ratificamos nuestro carácter de vulnerabilidad manifiesta y bien disimulada”.

Quique Figueroa, periodista.

La pandemia y la cuarentena de este 2020 nos pusieron, como humanos en incertidumbre, contra las cuerdas de nuestras propias fuerzas, creatividad, capacidad de relación y recreación. Muchos lograron cruzar ese umbral y recuperar aquellas (u otras) alegrías cotidianas, las que impulsan hacia adelante y dan ganas de seguir hasta el horizonte. Vamos a compartir experiencias en este sentido con algunos amigos que va regalando la vida…

“‘Alguien’ puso pausa en el reproductor de la vida cotidiana, y a partir de un organismo minúsculo, los seres humanos ratificamos nuestro carácter de vulnerabilidad manifiesta y bien disimulada”, cuenta Quique Figueroa, 57 años, argentino mitad chubutense-mitad porteño, periodista que vive con su esposa y uno de sus hijos. No bien iniciamos los intercambios surgieron los buenos registros: “La cuarentena fue una excelente excusa para que empezáramos a conocernos de otro modo con varios vecinos del edificio. Pudimos conectar con algunos de ellos de otra forma, ir en profundidad y no necesariamente con las palabras. En muchos casos, los saludos sonaban (o los escuchábamos) distintos, probablemente más cercanos. Valoramos (¡y cuánto!) a los queridos comercios de cercanía precisamente por permitirnos estar guarecidos en nuestras casas. Aprendimos a distinguir muchas tonadas venezolanas de la innumerable cantidad de personas que acercaron nuestros pedidos de Rappi. Estamos en deuda con toda esa bendita gente. Ellos nos permitieron hacer mucho más transitable y fácil nuestra existencia, y las de nuestras respectivas madres, que viven solas y estaban ‘encuarentenadas’ al mango”.

La cuestión de los adultos mayores siempre es vertebral a la hora de resolver presencias, traslados, compras de diario o alguna de carácter extraordinario. En pandemia el factor número uno, la posibilidad de contagio, colocó en fila a otras necesidades todas supeditadas a ese cuidado extremo. Unos cuantos de nosotros elegimos a conciencia cuidar hasta los más mínimos detalles y en ese trayecto amoroso de donación aprendimos mucho también: ¿hasta dónde somos capaces de comprender las necesidades de quienes nos aventajan en muchos años en el camino de la vida?

Uno de los ikebanas de Leticia Tanoue, maestra de este arte milenario.

El bien mayor

“La vida seguía llena de color. Algunos cerraron los ojos, otros elegimos mantenerlos abiertos”.

Leticia Tanoue, profesora de ikebana.

Leticia Tanoue, 62 años, argentina descendiente de japoneses, profesora de ikebana, al hacer memoria se remontó a enero de este 2020: “Empezamos el año con las rutinas de verano. Transcurría la temporada estival sin mayores preocupaciones. Tiempo propicio para pensar proyectos, dejar fluir las ideas, planificando para un año de actividades culturales, artísticas y siempre ese espacio personal, mi mundo interior enorme, infinito. Aunque había indicios en el mundo entero ya desde diciembre, nos vimos ‘sorprendidos’ a mediados de marzo. Y, como de repente: coronavirus, pandemia, cuarentena, aislamiento social preventivo y ¡obligatorio! Nos llenamos de miedos, perdimos la tan preciada libertad y el abrazo, símbolo inequívoco del vínculo y los afectos. Cada uno lo fue transitando de distinta manera. Elegí comunicar, compartir, llevar un mensaje de bienestar y solidaridad, de empatía y resiliencia”.

¿Qué hizo nuestra amiga Leticia? Un ikebana –tradición japonesa de arreglos florales– por día que hacía llegar con una imagen vía Whatsapp a sus amigos. Y luego, por la insistencia de sus sobrinos, comenzó a publicar en las redes sociales. Esos ikebanas iban acompañados por pensamientos, poemas, hashtags de ideas positivas. “Como todo mensaje, tiene emisor y receptor”, explica Leticia y agrega: “cada día, todos los días, compartiendo, sembrando, trajo la devolución. Preparar, hacer, enviar con alegría, retornó con otras muchas alegrías. Agradecimientos, poemas inspirados en los arreglos, dibujos y pinturas, pequeños y grandes mensajes. Retroalimentación, reciprocidad. Pequeñas ‘grandes’ alegrías cotidianas, creando lazos a través de un hilo invisible. Las alegrías del jardín, con su regalo de la naturaleza: la floración de los oncidium en abril, las azaleas, salvia azul y camelias en mayo, la belleza incomparable del momiji, del ume y de la Santa Rita en junio, la cydonia japónica y los lirios en julio, las fresias en agosto, ya en primavera, los jazmines, las hortensias y agapanthus, entre otros. No faltó la contribución de vecinos que se identificaron y sumaron colaborando con material de jardín. La vida seguía llena de color. Algunos cerraron los ojos, otros elegimos mantenerlos abiertos”.

Para Quique fueron decisiones en grupo y novedades muy humanas los que indicaban el caminito hacia las pequeñas alegrías: “Para arrancar bien la jornada sintonizamos radios chubutenses. Sí, estando en Buenos Aires, optamos por ‘radioviajar’ para amanecer con mejor onda, disfrutando de los mensajes destinados al poblador rural, y de noticias nacionales mucho más atemperadas, sin falsas urgencias. Siempre nos gustó hacerlo, pero en esta cuarentena fue un mandato sagrado que nos posibilitó sentirnos cerca de nuestra ‘otra casa’, y de muchos seres queridos y australes. Experimentamos el síndrome de ‘zoomitis aguda’ para conectar con varios familiares, principalmente con Tini, nuestra hija, quien formó su familia tiempo atrás. Por este medio nos enteramos que ella y Fran estaban embarazados. ¡Por una pantalla! Y no faltó la calidez. Eso fue allá por abril. Todo el embarazo de Tini transitó en este período de pausa, y el gran pequeño Juan (para sorpresa de todos) hubo de nacer en medio de la cuarentena. Fuimos más padres mientras seguimos siendo hijos y hasta inauguramos el abuelazgo”.

El atardecer, la naturaleza, los encuentro con nuestros seres queridos… todo cobró un nuevo y mágico sentido.

Un abrazo, mil abrazos

Hablemos de los mojones de Leticia y su arte milenario: “Llegó el cumpleaños de Brisa por el mes de mayo y el arreglo fue especialmente dedicado para ella y sus 7 añitos, como tantos otros, un festejo de cumpleaños en pandemia muy particular, casi en solitario. El 27 de mayo, un arreglo creativo: ‘Puente de Vida’, nada más simbólico. Y el 7 de junio: ‘Hanamai-Danza con flores’, combinando fuerza y belleza de las líneas. A medida que pasaban los días, cada envío era recibido por cientos de destinatarios, aunque fue creado pensando en una persona individual, alguien cuya devolución me despertó emociones, sentimientos. Esa persona quizás percibió y pudo ‘leer’ la respuesta a través del arreglo ikebana del día siguiente. El hilo conductor ha sido siempre el vínculo con una persona, con muchas personas, con el Ser y sus emociones, sus necesidades. Un abrazo solidario, mil abrazos”. Hemos escuchado mil veces que el arte salva, nos salva. ¿Acaso no es cierto?

Nuestros estados de ánimo han sido como dados que se batían en un cubilete. En la ‘coronagenerala’ hemos anotado desde cero al as, hasta la escalera servida. El punto es tratar de no perder los estribos, y –por qué no– disfrutar este momento intenso, donde las relaciones entre los mismos integrantes de clan ya no son las mismas: nos intuimos más. Nos queremos más y nos peleamos mas, pero con bastante buen amor. Escuchamos juntos muchas listas de canciones, descubrimos infinidad de artistas uruguayos que suelen armonizarnos y se agregan a infinidad de litoraleños y rosarinos que ya tenían su lugar bien ganado en nuestros repertorios. De algo estamos convencidos: tenemos que hacer nuestro mejor esfuerzo, para que cuando hayamos transitado y salido de esta situación, seamos mejores personas, ciudadanos algo más escuchadores y mucho menos jueces de sentencias binarias. Seres capaces de sumar fraternidad y sinceridad a nuestras labores cotidianas, y sepamos afinar para cantar a coro”. Palabras de Quique casi en representación de cada uno de nosotros que armamos rompecabezas, soñamos con viajes imaginarios, recuperamos lecturas relegadas, cocinamos cosas ricas, descubrimos que una linda charla después de una buena peli lograba espacios de encuentro increíbles. Recibimos delicadezas y las regalamos también.

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