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Solidaridad

14 mayo, 2013

Pensar el amor en grande


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Cristina Calvo

Es economista y, luego de dedicar su vida al voluntariado y a la justicia social, se animó a dar un salto e incursionó en política. Su apuesta es por una economía solidaria y por el diálogo en un momento de divisiones profundas. Qué la hace feliz y qué puede cambiar con Bergoglio como referente máximo de la Iglesia. Por Agustina Rabaini. Foto: Nicole Arcuschin.

–Cristina, ¿qué te hace feliz?

–Darme… dar una mano en lo que pueda, servir. Un día, hace muchos años, me comprometí a colaborar con los que más sufren y a construir la unidad donde se pueda, y aquí estoy, feliz de poder seguir abriendo caminos.

–Como docente y en el ámbito de lo social, trabajás con los más jóvenes. ¿Qué buscás transmitirles?

–Siempre es lo mismo: que sean fieles a sus ideales, que no dejen apagar la llama del entusiasmo y que no hagan concesiones cuando la sociedad tantas veces presenta éxitos fáciles, felicidades chiquititas y placeres momentáneos.

Con la mente y el alma puestos siempre en los demás, Cristina Calvo se define a sí misma en apenas dos respuestas. A los 56 años, habla con firmeza y seguridad, pero también con una sonrisa amplia y las mismas ganas que cuando inició su camino como militante dentro de la Acción Católica, para formarse más tarde como economista y experta en Comportamiento Humano.

En el ámbito de lo social, quienes la conocen la describen como una gran conciliadora. Basta repasar su currículum para recordar, por ejemplo, que Cristina trabajó como coordinadora nacional e internacional de Caritas durante el período 2000-2009 y se puso al frente de la Mesa del Diálogo Argentino (2002-2005) que reunió a referentes de diversos ámbitos para la recuperación democrática posterior a la crisis de 2001. En estos años, recibió incontables reconocimientos por su compromiso social y su defensa de los derechos humanos, algo que la hace sentir un orgullo especial y renueva su entusiasmo mientras cuenta que sueña con que diferentes referentes del país puedan volver a juntarse a dialogar y poner el bien común por encima de las mezquindades y diferencias personales.

Viéndola volver de un salto a los setenta, cuando empezó a recorrer los barrios, no  parece haber pasado mucho tiempo desde que ella misma fue una joven llena de ideales que la llevaron a perseguir el mismo objetivo de hoy: aportar lo suyo para mejorar la vida de los que tiene más cerca pero también, a una escala mayor, construir una Argentina más justa y achicar las brechas sociales.   

Ser puente

“Mi padre me enseñó temprano a dar una mano en lo que pudiera –explica Cristina en un bar de barrio–. Estaba en primer grado cuando me dijo: ‘Si ves una injusticia, aunque te cueste una mala nota, no la dejes pasar’. A mi manera, le hice caso y desde ese día ejercí mi vocación de justiciera”. Su papá, que trabajaba en la industria textil, también supo  transmitirle una profunda fe. Tenía 15 años cuando ese mismo ángel protector partió y entonces vio a su madre salir a trabajar para que ella y su hermano pudieran terminar los estudios. “Mis padres nos transmitieron valores firmes, como la importancia de ser solidarios, la honestidad, la búsqueda de la verdad… Yo mamé todo eso”, recuerda.

Mientras cursaba los últimos años del secundario, Cristina empezó a incursionar en lo social. Comenzaba la convulsionada década del setenta y por las tardes, con un grupo de amigos, daba clases de apoyo escolar a los compañeros que iban atrasados en la escuela. También empezó a hacer trabajo comunitario en las villas. “Con el mismo grupo de la adolescencia, al tiempo me integré a la Acción Católica de la Parroquia de Montserrat, donde la práctica del Evangelio estaba concebida muy unida al servicio al prójimo en lo social. Trabajábamos con las personas que vivían en los conventillos de la zona y necesitaban un acompañamiento social”.

La misma chica que, en aquellos tiempos, trabajó en villas como las del Bajo Flores y Retiro, hace unas semanas se emocionó hasta las lágrimas cuando supo que Bergoglio –a quien pudo conocer de cerca como coordinadora de Caritas– sería papa. Durante su formación académica siguió trabajando fuertemente en el ámbito de lo social.  Muchos años después, cuenta al pasar cómo un día, en 2008, sus compañeros de toda la vida la animaron y “empujaron” para que se involucrara más en política y así decidió sumarse a las filas del Frente Amplio Progresista en 2009.

–Inicialmente, ¿por qué te inclinaste por la carrera de Ciencias Económicas?

–De entrada mi idea no era solo lograr la ayuda inmediata, sino cambiar los paradigmas de la exclusión, pero como tenía esta necesidad de salir a trabajar, primero estudié para contadora, y después profundicé más en el aspecto político, hice una maestría en Gobernabilidad  y Desarrollo Humano y un doctorado en Sociología Económica. Al comienzo, como contadora, tuve un trabajo en la cual tenía mucha relación con la gente: más allá de lo contable, me pedían que buscara la mejor armonización dentro de la empresa; que viera  las necesidades y la mejor aplicación de la capacidad profesional desde lo humano.

–O sea que esto de coordinar y trabajar con grupos se te daba fácil.

–Sí, creo que es un don de Dios; donde me siento más realizada y feliz es en juntar. Soy “juntera”, “puentera” y trato de que cada uno ponga lo mejor de sí: su talento y su capacidad, en función de un objetivo superador. Puedo armar equipos y poner los talentos a disposición de lo que puede ser una necesidad social.

–Hiciste la facultad durante la dictadura…

–Sí, viví aquel momento en el que cerraron las facultades de Ciencias Sociales con mucho compromiso desde el Centro de Estudiantes.  Hasta que en 1981 conocí el Movimiento Eclesial de los Focolares, que me impactó fuertemente. ¿Qué fue lo que me atrajo del carisma de Chiara Lubich, su fundadora? Empecé a descubrir un carisma que hablaba de la unidad, del diálogo, de la construcción de relaciones, y apuntaba a sanarlas. Esto, de alguna manera, le daba resignificación a todo lo que venía haciendo y ampliaba mi vocación no solo de atender la necesidad social, sino de acompañar a personas que tenían apagada su espiritualidad. El carisma me permitió tener una visión integradora y decidí dedicar toda mi vida a esto.

–La italiana Chiara Lubich (1920-2008) fue una gran inspiración para vos con su concepto de economía de comunión.

–Sí, en los noventa, Chiara viajó a Brasil a visitar las comunidades del movimiento y se sintió impactada al ver el contraste de los rascacielos y la miseria de las favelas. Luego de ver a esa gente que vivía en condiciones subhumanas, nació la economía de comunión. Ella se propuso, además de atender la necesidad inmediata, llegar a una transformación del sistema económico y lograr que la fraternidad aportara a un nuevo paradigma, la economía al servicio del bien común.

–Al concepto de economía social, el de economía de comunión viene a agregarle la dimensión espiritual y la idea de fraternidad dentro de la política.

–La economía de comunión viene a integrar lo motivacional y la vocación. Chiara buscó un cambio de mentalidad para que se produjera una transformación desde dentro de la empresa. La economía de comunión busca promover un cambio de paradigma dirigido a transformar el sistema de acumulación excluyente en un sistema basado en una cultura del compartir y de la redistribución de la riqueza.

–Cuando disertás sobre economía de comunión, ¿cómo es recibido tu planteo por otros especialistas en el tema?

–A partir de la crisis mundial de 2008 y desde mi experiencia en congresos, puedo decir que los economistas tienen que ser muy soberbios para no poner en discusión las bases con las cuales ellos mismos fueron formados. La economía especulativa sigue siendo un gigante que hace daño, pero es un gigante con pies de barro, porque se derrumbó el castillo de naipes y se reveló una gran mentira. Con la crisis se ha revelado que hay un sistema de acumulación perverso que genera desigualdad. Mi especialización en el doctorado ha sido a partir de la Economía del Comportamiento, por la cual ganó el Nobel Daniel Kahneman, un psicólogo. Él comprobó que en el sistema de preferencias de la gente no juega solo la decisión por lo material, sino que juega lo psicosocial y lo relacional.

–Vos escribiste un texto sobre la felicidad donde decías que acumular más, llegado un momento, no otorga mayor bienestar, sino lo contrario.

–En los últimos años, los economistas realizaron estudios que evidencian que, después de un cierto límite, el aumento de la riqueza material es inversamente proporcional al aumento del bienestar o la felicidad. Al tener más, aumentan los gastos en seguridad privada, los traslados a los barrios cerrados, las adicciones para intentar colmar el aislamiento y la soledad… El afecto y la amistad no se compran: hoy el bien escaso son las relaciones genuinas. Por eso, están en auge la ética del desarrollo, la economía social y solidaria, la economía de comunión, el comercio justo y equitativo, y esta nueva visión del crédito que trajo el microcrédito.

–¿Qué aporte han hecho las mujeres?

–Si entramos en el tema de género, vale la pena recordar a la primera premio Nobel mujer en Economía, la politóloga Elinor Ostrom, que murió el año pasado. Ella vino a rebatir el pensamiento único de que el hombre es este ser ambicioso, dispuesto a eliminar al otro con tal de maximizar su beneficio personal. Como politóloga se metió en el estudio de los comportamientos relacionales, algo típico de una mujer. Y pudo probar que en la gestión de los bienes comunes, el interés común supera el interés particular. Y por bienes comunes se refiere a los bienes como el agua, una plaza, el espacio público, el software libre, el conocimiento, la democracia…  Algo parecido comprobó Yunus cuando puso en cabeza de las mujeres el beneficio del microcrédito.

–¿Qué lugar ocupan las mujeres ya en el llano, en el día a día?

–Desde mi experiencia en Caritas puedo decir que si la mujer tiene cien pesos, sabe cómo administrarlos en cuanto a cosas importantes como los componentes nutricionales que necesitan sus hijos. Ahora estoy trabajando con la organización Barrios de Pie, que tiene un trabajo de base fabuloso. Ellos fueron beneficiarios de los planes sociales, pero cuando se dieron cuenta de que eso traía aparejado una instrumentalización vía compra de voluntades, fueron las mujeres las que dijeron no y se organizaron en centros de control nutricional, medición de peso y talla.

–En 2009 decidiste incursionar en la política. ¿Por qué?

–Después de haberme involucrado tanto en la temática social, llegó un momento en el que entendí que tenía que meterme más. Luego del Diálogo Argentino, la idea siguió siendo poner en vinculación a todos los referentes –sociales, políticos, económicos, universitarios– para poder canalizar las demandas de la ciudadanía desde una mirada integral, de crear lazos. Tuve el estímulo tanto de amigos como de referentes que me decían: “Cristina, vos tendrías la capacidad de articulación y coordinación para poner a la gente a dialogar”. Sentí un apoyo muy grande para cruzar el charquito de la frontera de la sociedad civil. Con diferencias en los principios, pero con mucho respeto por la diversidad, lo que encontré más afín en cuanto al modo de construcción política fue el Frente Amplio Progresista.

–¿Este año vas a ser candidata  a diputada, como en el año 2011?

–Las candidaturas aún se están definiendo, pero no creo. Mi participación en la política tiene que ver con dar escala a lo que ya venía haciendo desde el sector social. No quisiera entrar en el show de egos y pavos reales que hay en todos los cuadros políticos. Entré en este ámbito por lo mismo que empecé a militar cuando era joven: por mi pasión por la gente.

–Te quedaste pensando en algo…

–Sí, me duele cuando los dramas sociales, como las recientes inundaciones, entran en chicanas políticas porque está en juego la vida y la muerte de las personas. Pero a la vez no me asusto ni me escandalizo porque forma parte de nuestra condición humana: somos limitados, miserables. Creo que hay que empezar a pensar en grande y por los demás.

–Mencionaste las inundaciones y, más allá de las riñas políticas, la gente salió a la calle  a ayudar. ¿Bergoglio está haciendo llegar su mensaje?

–Lo de Bergoglio es un fenómeno increíble. Tuve la gracia de estar en Roma en el momento de la elección. Había viajado como invitada a tres congresos y todos estábamos pendientes del cónclave. En un momento estábamos en el micro yendo de un lugar al otro y entró un tuit: “Fumata bianca”. Había invitados de muchos países y yo era la única argentina. Al llegar, nos pusimos a mirar la televisión, y cuando salió el cardenal al que no le entendíamos demasiado, la única palabra que entendí fue “Bergoglio”. Pegué un grito, y cuando apareció en el balcón, ya no solo sentí una emoción tremenda, sino que me alegré con los gestos que hizo… En el grupo había teólogos, antropólogos, filósofos y cada uno empezó a analizar el vuelco que estaba dando a nivel mundial, pidiendo la bendición del pueblo hacia él, no presentándose como el Gran Pontífice, sino como el Obispo de Roma… Cuando terminó el congreso, fui a Roma y me dediqué a hablar con la gente. Hablé con mendigos, canillitas, hermanas religiosas, taxistas y agnósticos, porque quería  percibir lo que su mensaje estaba provocando en la gente común.

–Ya desde el comienzo, fue contundente que eligiera el nombre de Francisco.

–Sí, ese nombre remite a lo más puro del Evangelio y esa elección estuvo apoyada en su vida, en su testimonio personal… Volví impactada luego de haber estado tres días percibiendo cómo la gente sintió que podía volver a creer en algo o en alguien. Todos sentían que los llamaba a sacar lo mejor de sí. Hay un efecto en la ciudadanía que espero también se traduzca en la política. Con el fenómeno Francisco ojalá que puedan debilitarse un poco las fuerzas del mal (se ríe).

–Al igual que vos y otros tantos, Bergoglio encarna un fuerte compromiso con los más humildes…

–Sí. Bergoglio trabajó muchísimo en los barrios. Lo conozco y uno puede tener el recuerdo de un Bergoglio más serio o adusto cuando empezó la lucha con el gobierno y empezaron a identificarlo como un enemigo, pero el que yo conozco es que el que vemos ahora, con su sonrisa permanente y esa cercanía y respeto por la identidad laical. Tiene una enorme valoración por los laicos. Hasta ahora muchas veces la Iglesia opinaba sin escuchar al empresario, al economista o al antropólogo. A todos ellos este Papa los va a saber escuchar…

–¿Qué otros cambios pueden venir con Francisco?

–Espero que pueda transformar las estructuras eclesiásticas. Vivimos en una sociedad plural, diversa, con distintas cosmovisiones y Bergoglio va a saber abrir el diálogo en el respeto y va a aggiornar otras cosas. Ojalá pueda también hacer cambios estructurales dentro de lo que es la administración del Vaticano. Hay una propuesta del brasileño Frei Betto que es muy interesante. Él propone, en relación con el Vaticano, que todo lo que es museo, las obras de arte, sean Patrimonio de la Unesco y que desaparezca el Estado Vaticano, quedando el Papa como el representante de Jesús, como el Vicario, el Obispo de Roma que representa un punto de unidad entre los católicos. No sé si Bergoglio será el que haga un cambio tan radical, pero ya veremos. Lo que es seguro es que él puede hacer volver masivamente a la gente a una Iglesia como comunidad de gente creyente.

–En un momento, te involucraste en política. ¿Qué nos pasa a las mujeres que todavía no salimos en un número grande a la cosa pública?

–Si bien realmente creo que las mujeres somos las más capacitadas para proponer una mirada en común sobre la realidad y hoy veo mujeres aportando mucho en todos lados, también hay una cuestión de poder por la cual, en algunos ámbitos, las mujeres estamos subrrepresentadas. Aún no tenemos suficientes oportunidades y la punta de la pirámide sigue estando dominada por los hombres. Todavía hay una batalla para dar en este sentido, y lo que sí puedo decir es que las mujeres nos estamos expresando más. Pero incluso así, con problemas como el aumento de la violencia de género se nota que el machismo sigue vivito y coleando.

–¿En tu camino espiritual, alguna vez tuviste alguna crisis profunda?

–Mi crisis más fuerte fue muchas veces contra la institucionalidad, que puede ser importante pero que, tantas veces, mata la espiritualidad. En el caso de los fundadores, como Francisco de Asís o Don Bosco, si ellos no hubieran armado una institución, el carisma habría muerto con el fundador. Pero en el diálogo interreligioso, ecuménico, y en el diálogo interno de las religiones, lo único realmente eficaz es el diálogo de la vida.

–¿Hay una lucha de egos también dentro de las religiones?

–Sí, los mismos shows de egos que, muchas veces, vemos en la dirigencia política se ven en la dirigencia de las religiones, donde se han olvidado de la base de su espiritualidad. Las señales que está mandando el Papa Francisco en este sentido son claras: Bergoglio está llamando  a recuperar el valor de la vida.

–En estos años, hiciste un camino académico y un gran aporte dentro de la acción social. En tu vida personal, ¿vivís sola?

–Vivo en la comunidad del Movimiento de los Focolares con cinco compañeras. Dentro de la fraternidad, cada una trabaja en su especialidad. Según la visión laica de Chiara Lubich, ella creía que todos teníamos que vivir de nuestro trabajo porque eso era lo que nos hacía creíbles en nuestro diálogo con la sociedad. En el grupo hay docentes, personas que trabajan en organizaciones de la sociedad civil, una traductora de inglés, una socióloga… En mí, la vocación tiene como esencia la “vocación al amor”, que en mi respuesta personal es la disponibilidad a servir a Dios en las personas que más sufren y en los ámbitos donde se pueda construir la unidad. Puedo decir que puedo vivir sin sexo, pero no sin amor; mi límite es la humanidad.

–¿Y cómo vas a hacer para trabajar en política y transformar cosas sin hacer concesiones, defendiendo tus ideales de siempre?

–En el Frente Amplio saben que pueden contar conmigo y me siento muy respetada incluso en las diferencias. No soy una profesional de la política; en el partido hago voluntariado puro, lo mismo que hice siempre, y sigo trabajando en la docencia, en proyectos de investigación… Si, llegado el momento, surgieran diferencias profundas, puedo quedarme sin partido, pero nunca podría ser una persona partida.

–Por último, ¿quién es Dios para vos?

–Hasta mi encuentro con el carisma de Chiara Lubich, Dios para mí era el salvador, el Señor, alguien distante. Ahora lo siento como un Dios cercano con quien puedo hablar todo el día y a quien puedo servir a través de los que más sufren, sean creyentes o no, por el simple hecho de que somos hermanos. Para mí Dios es todo, y si no lo es hasta ahora, que lo sea.

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