Sophia - Despliega el Alma

Género

9 noviembre, 2020

Parte de la revolución

Salir a la vida, descubrir la desigualdad de oportunidades entre varones y mujeres, tener que responder si se quiere ser madre en una primera entrevista laboral... Flor the Flower nos comparte sus reflexiones de cara al cambio de paradigma que hoy atravesamos.


Junto a La Niña Valiente, la escultura de la artista Kristen Bisbal ubicada en Wall Street.

Por Florencia Sanguinetti

Recién a los 12 me di cuenta de que las nenas teníamos que hacer cosas que los varones, en su mayoría, no hacían. Hasta ese entonces, con cierta inocencia, pensaba que todos vivíamos en un mundo de iguales.

Me hice señorita a los 13, cuando todavía jugaba a las muñecas. “Ser señorita” aún resuena en mí. ¿Qué significa? ¿Sentarse con las piernas cruzadas? ¿No decir groserías? La importancia de llamar a las cosas por su nombre cobra, cada día que pasa, más sentido en mí. Las palabras construyen realidades y el mensaje detrás de las mismas moldea y hasta, a veces, estigmatiza.

No fue hasta los 18 que dimensioné que el escote era un tema en la vida de una mujer y que las apariencias físicas jugaban un papel exigente y agotador con el que lidiaríamos hasta la vejez. Me niego a aceptar que es lo único que tenemos para ofrecer al mundo. Creo fervientemente que el amor propio no tiene que ver con amigarse con la celulitis ni las arrugas, sino con alimentarnos de compasión, respeto, buenos pensamientos, hábitos saludables, equilibrio, curiosidad, alegría y desde esa abundancia personal entregar amor al prójimo.

Conseguí un buen trabajo cuando respondí con inteligencia a unas preguntas difíciles, pero lo dejé el día que no pude responderme a mí misma si de verdad me hacía feliz. En señal de gratitud a mis privilegios de poder elegir, armé mi cajita y me fui.

Pocos meses antes de renunciar había sido ascendida a gerente, no sé si porque me lo gané o porque necesitaban balancear géneros. Quiero creer que, por lo primero, pero si fue por lo segundo, bienvenido también. Ya llegará el día en que no haya que forzar la balanza.

Una carrera se juega saliendo todos de la misma meta y con los mismos obstáculos, de otro modo no es equitativa.

Recuerdo que antes de firmar el cambio, me preguntaron cuándo pensaba ser madre, primero asumiendo que lo sería y segundo, porque claramente era un estorbo para la agenda. Qué pregunta más íntima e intimidante. A veces pienso qué desafíos grandes atravesamos las mujeres en esa etapa donde la maternidad y la vida profesional se pisan; donde pareciera que optar por una cosa, la otra o ambas es un juego de sumas y restas en el que alguien siempre sale perdiendo.

Me convertí en mamá y el mundo de las certezas se desvaneció. Mi nuevo rol puso patas para arriba todo lo que yo creía que era importante. Jamás imaginé tanta vulnerabilidad. Es un amor tan distinto a otros, transformador, incondicional. Un amor que a veces duele de lo intenso que es.

¿Dolor? ¿Acaso con eso nacemos? Té de manzanilla, una pastillita antinflamatoria y a seguir. Porque la vida sigue y porque así nos criamos, aguantando, disimulando, adaptándonos, sacando fuerza de nuestra propia debilidad. Las mujeres somos por naturaleza resilientes.

Ayer y hoy, al volante de su vida, con la firme misión de escuchar siempre su propia voz.

Hoy con unos años más encima comprendo la importancia de escuchar mi propia voz, de seguir mis propias reglas, de no dudar de mis capacidades ni disfrazar mis inseguridades para parecer algo que no soy. El ejemplo que quiero darle a mis hijos es, ni más ni menos, que sean ellos mismos, que recorran su propio camino, a su ritmo, sin necesidad de buscar la aprobación de nadie, incluida la mía.

El mundo moderno nos desafía a evolucionar, a abrazar el cambio para construir un universo más equilibrado donde hombres y mujeres no tengan que cargar en sus espaldas el peso de los mandatos y estereotipos. Al menos yo hacia allí voy, aprendiendo y desaprendiendo. O mejor dicho vuelvo, vuelvo a esa niña que, despojada de prejuicios y exigencias, mira al futuro sin barreras ni límites.

Está en mis manos abrir la cabeza y empezar a dudar un poco de lo establecido para que una mujer al poder no sea la excepción, para que un hombre angustiado no sea un cobarde, para que un cuerpo no nos defina y el color de piel no nos condicione. No me quiero quedar afuera de esta poderosa revolución. Deseo, aunque me cueste o incomode, con pequeños actos diarios de empatía, justicia y sentido colectivo, ser parte de este mundo que se deconstruye y humaniza.

Florencia Sanguinetti es argentina y hace 10 años vive en el exterior. Madre de dos, escribe por amor al arte. Licenciada en Administración de la UBA, dijo que se iba a tomar un año sabático y ya van como siete. Bajo el seudónimo Flor the Flower comparte sus vivencias sobre su condición de expatriada, la maternidad, el amor, la amistad, la nostalgia y la simpleza de la vida. Desde el 2018 vive en Londres, donde estudió escritura creativa y se animó a escribir ficción. Seña particular: nunca le faltan flores en la mesada de su cocina.
IG: Flortheflower | Web: www.flortheflower.com

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