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Sustentabilidad

14 septiembre, 2020

Pandemia, naturaleza y después: ¿qué tenemos que aprender?

Con el confinamiento, la naturaleza y la vida salvaje dieron manifestaciones que fueron leídas de distinta manera. ¿Qué nos dice el reverso de esos mensajes de cara al futuro ambiental y la presencia humana en el planeta?


Foto: Anna Svets, Pexels.

Por Carolina Cattaneo

Una mamá carpincha y su larga fila de crías, cruzan, despreocupadas, una calle desierta, en medio de un vecindario sin gente. Hasta hace pocos meses, imágenes así de atípicas tomaron protagonismo en el torrente diario de las redes sociales, y fotos y videos de animales salvajes moviéndose a sus anchas por rutas desiertas, parques urbanos sin gente o playas turísticas vacías viajaron de celular a celular. Ciervos muy campantes por acá u osos relajados por allá. Escenas distópicas de un mundo exterior que teníamos vedado nos llegaba a través de las pantallas, mientras la pandemia de Covid-19 se expandía por el mundo y cercaba a la humanidad al interior de sus hogares, temerosa de algo invisible, nuevo y distinto.

El arrojo de libertad de esos animales se contraponía a la ansiedad y la incertidumbre de los humanos, encerrados con miedo y falta de certezas. Sin autopistas abarrotadas ni rutas aéreas colapsadas, ellos volvieron a los espacios que las personas habíamos dejado vacantes. Pisaron los suelos que habían abandonado siglos atrás, escapando de la amenaza antrópica. Volvieron a ser dueños y señores.

Pero con el paulatino regreso de los humanos a la vida cotidiana, en algunos países más pronto que en otros, cerca de 900.000 fallecimientos por coronavirus en septiembre -según datos de la OMS- y una crisis global sin precedentes cercanos en el tiempo, esas postales de naturaleza despreocupada dejaron de ser noticia. Hoy al mundo le urge recuperar las economías devastadas y diseñar estrategias para volver a una cotidianidad que se nos presenta distinta, sin abrazos, sin niños en las escuelas, sin reuniones familiares numerosas, sin cines ni conciertos. A riesgo de olvidar pronto las fotos de la fauna reconquistando espacios con las miradas limpias de temor, cabe preguntarse si esas imágenes tenían algo para decirnos, si deberíamos estar escuchando algún mensaje. Y acaso, cuál.

Pocos días atrás, el 22 de agosto, alcanzamos el Día del Sobregiro de la Tierra (Earth Overshoot Day), una fecha anual que señala que la demanda de recursos y servicios ecológicos de la humanidad excede lo que la Tierra es capaz de regenerar en ese año, déficit que generamos “mediante la liquidación de las existencias de recursos ecológicos y la acumulación de residuos, principalmente de dióxido de carbono en la atmósfera”, según explica Global Footprint Network, la organización internacional que calcula ese déficit.

Una vez que haya pasado esta pandemia, ¿seremos capaces los seres humanos de sacarnos los vendajes de la arrogancia y la soberbia de nuestra especie y ver con ojos generosos el complejo entramado que tejemos todos los seres vivos en la Tierra? ¿Saldremos menos voraces y más benévolos con los recursos planetarios? ¿Podremos dar un salto cualitativo a un punto de equilibrio socioambiental deseable y necesario para evitar el colapso que anticipa la mayor parte de la comunidad científica internacional?

Qué tiene para decirnos

De algo no hay muchas dudas. Esas postales de la fauna silvestre recorriendo las calles sin gente o las cifras de disminución de niveles de dióxido de carbono en el ambiente que se registraron en muchas ciudades del mundo son una escena de corto alcance y no tienen efectos a largo plazo en la maltrecha salud planetaria. Sin embargo, aunque efímeras, en su reverso hay una mensaje. Y científicos, biólogos y hasta teólogos hicieron una lectura sobre las manifestaciones que dio la vida no humana durante el confinamiento, incluso del Covid-19, así como de otras consecuencias que el aislamiento obligatorio tuvo sobre el ambiente.

Vimos que la vida silvestre tiene capacidad de respuesta. Hay esperanza”, dijo, consultada por Sophia, la bióloga argentina Sofía Heinonen, directora de la Fundación Rewilding Argentina. Como líder de esta ONG cuyas bases estableció en el país el ambientalista estadounidense Douglas Tompkins, dedicada a llevar adelante proyectos de recuperación de los ecosistemas naturales y modelos de desarrollo para las comunidades rurales argentinas en coexistencia con la naturaleza, Sofía Heinonen amplió: “El hecho de que los animales salieran y se mostrasen y no tuvieran miedo, tuvo que ver con que estábamos todos encerrados y no había agresión, eso es una respuesta que va a durar lo que dure nuestro encierro. No bien salgamos, todo eso se revertirá. Es nuestro comportamiento agresivo lo que hace que la fauna desaparezca, huya, algo que no ocurre en áreas protegidas donde la gente es respetuosa con la naturaleza, como en Iberá. Lo mismo ocurre con la contaminación por las emisiones de carbono: si dejamos de usar el auto y dejamos de usar aviones, la respuesta de la naturaleza es positiva y nos da esperanza de que si cambiamos nuestro comportamiento, nuestra forma de vida, puede haber sobre ella un impacto directo e inmediato”.

Pero Sofía Heinonen observa la situación con cautela: “Es una llamada, pero en sí misma no tiene ninguna consecuencia a largo plazo, de hecho durante el confinamiento se paró el turismo, generó pobreza y eso es malo. Todo puede volver para atrás no bien terminen las cuarentenas, y puede volver con más agresión por la necesidad de reactivar la economía”. 

“La respuesta de la naturaleza es positiva y nos da esperanza de que si cambiamos nuestro comportamiento, nuestra forma de vida, puede haber sobre ella un impacto directo e inmediato”.

Sofía Heinonen, bióloga, directora de la Fundación Rewilding Argentina.

Los autos particulares quedaron estacionados en los garages, los transportes públicos disminuyeron las frecuencias, las aerolíneas cancelaron vuelos. Eso redundó en menos emisiones de CO2 al ambiente. Un dato que, a los efectos de un cambio real, no constituye para el economista belga Gunter Pauli más que “un puntito chiquito en la historia, pero no un cambio fundamental, lamentablemente”. En diálogo telefónico con Sophia desde Europa, donde al momento de la entrevista se encontraba trabajando con autoridades locales de Italia y de 60 ciudades de Francia para encontrar formas de reactivar la economía de manera inmediata ante la caída del sector turístico, observó: “Durante los confinamientos nadie cerró centrales de quema de carbón. Siguieron funcionando todo el tiempo. ¿Por qué? Porque el consumo de Internet con sus Netflix, con sus routers, con sus wi-fi, que tenían que suministrar los millones y millones de videos en directo, causó un aumento que compensó de largo la disminución del consumo de energía por parte de los aviones. El problema es que dimos un impulso al consumo energético por Internet que fue histórico”. Según explicó el autor del libro La Economía Azul, durante las sucesivas y diversas cuarentenas a lo largo y ancho del planeta, se necesitaron “todas las centrales de carbón funcionando” porque la demanda explotó a nivel mundial. En nuestro país, según la empresa InterNexa, desde el 20 de marzo hay un crecimiento acumulado de Internet del 35% por factores como el trabajo remoto y las clases virtuales, el streaming de películas, series, juegos y otros contenidos de entretenimiento.

La forma en que se esparció el virus es la manera que tiene la naturaleza de aprovechar la oportunidad que se le presentó con la globalización y urbanización de nuestro planeta”, manifestó el botánico y especialista en ecología urbana de la Universidad de Harvard, Peter Del Tredici, en un artículo de la revista de arquitectura www.domusweb publicado en el primer trimestre del año. Según el especialista, el coronavirus salió de Wuhan, China, hacia el resto del mundo, con las personas viajando en jets. Que los humanos hayamos convertido a la mayor parte del planeta en una fábrica para diseñar alimento, vivienda, indumentaria y transporte ha convertido un gran porcentaje de la red de producción primaria en bienes diseñados para el bienestar humano”, continúa. Esta transformación de la naturaleza en productos para nuestro consumo, opina el especialista estadounidense, sentó las bases para la pandemia: “El hecho de que el Covid-19 (y otros virus) saltaran de un animal salvaje a la población humana es una poderosa metáfora de la naturaleza reafirmándose frente a la explotación humana sobre ella”.

“El hecho de que el Covid-19 (y otros virus) saltaran de un animal salvaje a la población humana es una poderosa metáfora de la naturaleza reafirmándose frente a la explotación humana sobre ella”.

Peter Del Tredici, botánico, Universidad de Harvard.

En marzo de 2020, cuando las noticias sobre contagios y fallecidos en aumento llegaban de Asia y Europa hacia el hemisferio sur y nuestro continente comenzaba a cerrar fronteras, escuelas, restaurantes, cines y bares, el teólogo brasileño y ambientalista Leonardo Boff escribió en su columna semanal: “Como Gran Madre que es (La Tierra), no se venga, sino que nos da graves señales de que está enferma (…) Suplica una actitud diferente hacia ella: de respeto a sus ritmos y límites, de cuidado a su sostenibilidad y de sentirnos, más que hijos e hijas de la Madre Tierra, la Tierra misma que siente, piensa, ama, venera y cuida. Así como nos cuidamos, debemos cuidar de ella. La Tierra no nos necesita. Nosotros la necesitamos”. Pocos días después, volvió a publicar en su habitual espacio en la web un texto que decía: “Nosotros, hombres y mujeres, somos Tierra, que se deriva de humus (tierra fértil), o del Adam bíblico (tierra arable). Sucede que, olvidando que somos esa porción de la Tierra misma, comenzamos a saquear sus riquezas en el suelo, en el subsuelo, en el aire, en el mar, y en todos los niveles. (…) Actualmente ya no consigue reponer lo que le quitamos. Entonces, da señales de que está enferma, de que ha perdido su equilibrio dinámico, recalentándose, formando huracanes y terremotos, nevadas antes nunca vistas, sequías prolongadas e inundaciones devastadoras. Y más aún: ha liberado microorganismos como el sars, el ébola, el dengue, la chikungunya y ahora el coronavirus. Son formas de vida de las más primitivas, casi al nivel de nanopartículas, sólo detectables bajo potentes microscopios electrónicos. Y pueden diezmar al ser más complejo que la Tierra ha producido y que es parte de ella misma, el ser humano, hombre y mujer, poco importa su nivel social”.

“Actualmente la Tierra ya no consigue reponer lo que le quitamos. Entonces, da señales de que está enferma”.

Leonardo Boff, teólogo y ambientalista brasileño.

La huella ecológica se contrajo en casi el 10% en lo que va de 2020, según la Global Footprint Network como consecuencia del confinamiento por el coronavirus. Aún así, hace días nada más, el 22 de agosto, la humanidad marcó en su calendario un nuevo “default ambiental”, como llamó la Fundación Vida Silvestre al Día del Sobregiro de la Tierra, también conocido como Día del Exceso de la Tierra. Una vez más, en pocos meses le exigimos a la naturaleza los recursos equivalentes a la capacidad de regeneración de la Tierra de todo el año.

Todavía usamos tantos recursos ecológicos como si viviéramos en 1.6 Tierras. Dado que la salud pública y la recuperación económica se han convertido en las preocupaciones predominantes a nivel mundial, los tomadores de decisiones están llamados a actuar sobre una disrupción actual sin precedentes, para construir un futuro en el que todos prosperen en el marco de la capacidad de regeneración de nuestro planeta”, señaló la organización ambientalista Global Footprint Network en uno de sus comunicados. En esa misma pieza de difusión, su CEO Global Laurel Hanscom, declaro: “La sostenibilidad se logra tanto con el equilibrio ecológico como el bienestar de las personas a largo plazo, por lo que la repentina contracción de la Huella Ecológica de este año no puede confundirse con el progreso. Este año más que nunca, en el Día del Sobregiro Ecológico de la Tierra, destaca la necesidad de implementar estrategias que aumenten la resiliencia para todos”.

Foto: Anna Shvets, Pexels.

Las lecciones aprendidas

La expansión del coronavirus por el planeta nos deja enseñanzas. Dice Sofía Heinonen: “Las lecciones aprendidas frente a las pandemias, que seguramente van a volver a ocurrir, son al menos dos: por un lado, si la naturaleza está restaurada y los ecosistemas son funcionales en un 30 o 40 por ciento, es más difícil que estas crisis globales ocurran y se se expandan. El hecho de tener espacios naturales funcionales grandes no solo previene la posibilidad de las pandemias, funcionan como barreras. Y por otro lado, en el hecho de habernos puesto en cuarentena y tenido que quedarnos en casa, con ciudades sin reservas cercanas, con el turismo cortado y sin poder movernos de una provincia a la otra, aparece más claramente la necesidad de contar con más áreas protegidas cercanas a los lugares donde vivimos, en los que sea posible tener mayor bienestar. En cada lugar hace falta un espacio protegido de buenas características”.

“El hecho de tener espacios naturales funcionales grandes no solo previene la posibilidad de las pandemias, funcionan como barreras”.

Sofía Heinonen, directora de Rewilding Argentina.

La mirada de la Fundación Vida Silvestre Argentina coincide con la de Heinonen. A través de un comunicado, su director general, Manuel Jaramillo, declaró: “La alteración de los sistemas naturales por destrucción del hábitat, la pérdida de biodiversidad, el tráfico de especies, la intensificación agrícola y ganadera, sumado a los efectos amplificadores del cambio climático, multiplican el riesgo de aparición de enfermedades de origen animal transmisibles al ser humano. La destrucción de los bosques, la minería, la construcción de carreteras y el aumento de población, no solo provoca la desaparición de especies, sino también que las personas tengan un contacto más directo con especies de animales salvajes y, de esta forma, también con sus enfermedades. Cuando los ecosistemas se modifican o destruyen y se alteran los equilibrios ecológicos, se facilita la propagación de patógenos, aumentando el riesgo de contacto y transmisión al ser humano. Hay que recordar que el 70% de las enfermedades humanas tienen origen zoonótico, pero la realidad es que virus y bacterias han convivido con nosotros desde siempre y se distribuyen entre las distintas especies sin afectar al ser humano en hábitats bien conservados. Una naturaleza sana, con biodiversidad conservada es el mejor amortiguador de pandemias”.

“Cuando los ecosistemas se modifican o destruyen y se alteran los equilibrios ecológicos, se facilita la propagación de patógenos, aumentando el riesgo de contacto y transmisión al ser humano”.

Manuel Jaramillo, director general de Fundación Vida Silvestre Argentina.

De cara al futuro

La pandemia del coronavirus nos revela que el modo como habitamos la Casa Común es pernicioso para su naturaleza. La lección que nos transmite reza así: es imperativo reformatear nuestro estilo de vida en ella, como un planeta vivo que es. Ella nos viene avisando de que, así como nos estamos comportando, no podemos continuar. En caso contrario, la propia Tierra se tendrá que librar de nosotros, seres excesivamente agresivos”, dice Boff. Y Jaramillo, desde Fundación Vida Silvestre, advierte: “Cuando todo esto pase, o al menos empiecen a reactivarse las actividades, muchos países (incluido el nuestro) van a necesitar un fuerte estímulo a la producción. Y resulta lógico que así sea. Pero en este punto es clave que, para evitar seguir cometiendo los mismos errores, nos preguntemos cómo hacerlo y revisemos los actuales esquemas productivos. La reactivación económica no puede ser a cualquier costo, existen otras formas de producir y es momento de redefinirlas”.

El belga Gunter Pauli se entusiasma al teléfono cuando habla de un futuro en el que los habitantes de las ciudades seamos capaces de producir alimento en el espacio del que disponemos, y seamos capaces de proveernos de lo mínimo indispensable para el consumo familiar. “Lo más importante que aprendimos es que necesitamos salud, y salud quiere decir buena resistencia inmunológica, quiere decir buena comida. Estamos comiendo muy mal: la capacidad de producir la propia comida incluye mi terraza en Buenos Aires con mis hierbas, mi té saludable, mi menta. Lo peor de todo lo que pasó con el confinamiento, es que perdimos la resiliencia, la capacidad de aguantar una situación prolongada de complicaciones, sin lo mínimo para poder vivir y consumir algo saludable. Esta situación, es obvio, va a despertar un interés en la permacultura, en la agricultura urbana, porque esto es lo que tenemos que hacer ahora: despertarnos, y no depender del cornflakes que viene de los Estados Unidos o de las sardinas enlatadas que vienen de Perú. La transformación viene de la mano de que mucha gente necesita tener acceso a comida fresca y buena. En Italia, trabajando con el gobierno italiano, inmediatamente identificamos 600 mil hectáreas de terrenos locales no utilizados donde podríamos cultivar, como dicen los italinos, civo, comida. Inmediatamente. Y tener una cosecha en tres meses. Son cosas sencillas. ¡600 mil hectáreas puestas a disposición de la población local! Estas son las iniciativas transformadoras y las que buscamos. La estrategia detrás no es una estrategia solamente de comida: es una estrategia de empleo. 600 mil hectáreas generan miles de empleo”, dice desde el otro lado del mundo, mientras invita, con lunfardo incluido: “Seamos pragmáticos, la gente no tiene mucha guita en el bolsillo. Tenemos reconstruir la economía con lo que tenemos alrededor, tenemos que reconstruir la comunidad, conocer a tu vecino, conocer a la gente alrededor tuyo con quienes puedes montar vida. ¡Con el confinamiento no pudimos hablar ni con el vecino! La importancia de la comunidad, de gente que se reúne, donde lo más importante es el cuento positivo. Yo estoy trabajando en estas ciudades en Francia e Italia para que la gente cuente algo positivo cada día, porque al escuchar la noticias todos los días, te frustras. Por eso, ser positivo, compartirlo, y hacer algo concreto que sirva a la comunidad. Reencontrarse, en este mundo de miedo, en este mundo donde nadie quiere asumir riesgos, con lo sencillo que me sirve hoy, lo sencillo que me sirve hoy -repite-. Esto es lo que tenemos que redescubrir y hacer”.

Para Manuel Jaramillo, entre las múltiples tragedias que acarrea la pandemia hay una que la sociedad debe evitar: “’Volver al mundo’ como si nada hubiera pasado y cometer los mismos errores. Eso sería irresponsable e incluso evidenciaría una falta de inteligencia de nuestra parte. (…) Cuando todo esto pase, o al menos empiecen a reactivarse las actividades, muchos países (incluido el nuestro) van a necesitar un fuerte estímulo a la producción. Y resulta lógico que así sea. Pero en este punto es clave que, para evitar seguir cometiendo los mismos errores, nos preguntemos cómo hacerlo y revisemos los actuales esquemas productivos. La reactivación económica no puede ser a cualquier costo, existen otras formas de producir y es momento de redefinirlas”.

Cómo reducir el impacto ambiental

Por Fundación Vida Silvestre

>Ser responsables con nuestros residuos. Darle una adecuada disposición separando aquellos que son reciclables de los que no. Las colillas también son basura, apagarlas cuidadosamente y descartarlas en la basura, no en la calle.
>Utilizar con moderación los recursos naturales, como el agua y la energía, porque son bienes escasos.
>Buscar alternativas sustentables que nos permitan compatibilizar con nuestros consumos pero sobre todo con la conservación de nuestros ambientes naturales.
>Recorrer a pie o en bici todo lo que puedas, así ayudás a reducir el consumo de combustibles fósiles.
>Reducir el desperdicio de alimentos a la mitad. El desperdicio de comida representa el 30% de los alimentos producidos a nivel mundial. Esto significa que, entre otras cosas, nos estamos sirviendo comida que no vamos a comer. Cambiar esto empieza en actos tan sencillos como servirte sólo la porción que vas a comer.
>Hacer respetar las legislaciones vigentes o promover nuevas para la protección de nuestro territorio. Desde la sanción de la Ley de Bosques Nativos en 2007, se perdieron 3.500.000 hectáreas de bosques nativos y con ellos todos los beneficios asociados. El ritmo promedio ha sido de aproximadamente 300.000 hectáreas deforestadas por año, el equivalente a la superficie de CABA por mes. En el agua se estima que de un 20% a un 30% de los recursos pesqueros en Argentina se descarta sin vida al mar. Contando con una Ley de Humedales, será posible que tanto la autoridad nacional ambiental como las autoridades ambientales de cada jurisdicción lleven adelante acciones de manejo y uso sustentable, protección y restauración de los humedales en el marco de sus competencias, para lograr así mantener y disfrutar de estos vitales ecosistemas.

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