Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

25 marzo, 2020

Pandemia: a pesar de todo, elegir la calma

Una periodista de Sophia reflexiona sobre aquellas ventanas que se abren en tiempos de encierro y plantea una misión que todos podemos asumir sin movernos de casa: cuidar y cuidarnos no solo para sobrevivir a un virus, sino también para elegir cómo seguir viviendo.


Un rincón, una planta, un momento. ¿Cuándo perdimos de vista lo esencial de la vida?

Por María Eugenia Sidoti

Nadie sabe qué puede pasar mañana. Aun así hoy mi elección es no temer. Hace días que dejé de lado la sobreinformación del principio de la cuarentena y veo las noticias una vez al día, un rato antes de la cena. Mientras tanto, entre el teletrabajo y los ratos compartidos en familia, prefiero tomarme un rato para asomarme al balcón y abrazar el suave viento del otoño. Para sentirme viva y a la vez sentir que la vida sigue siendo un lugar tan incierto como maravilloso, donde me gustaría quedarme todo lo que pueda.

Un escenario donde el coronavirus es, ante todo, un llamado de atención; una nota al pie de mi biografía.

Es difícil no caer en la nostalgia del ayer, ese tiempo en el que supimos andar por las calles sin estar en falta, moviéndonos inconscientes de nuestra vulnerabilidad. En esas postales de mi otra vida puertas afuera me recuerdo a mí misma corriendo siempre de acá para allá, tan convencida de la seriedad de la mayoría de las cosas. Llegar a tiempo, cumplir horarios, concertar entrevistas, ser productiva, conquistar nuevos territorios, cumplir las metas.

Me pregunto qué sentido tiene ahora aquel viejo esquema.

Ahora que limpio y luego existo, y que cada instante es una invitación a cambiar: de ideas, de emociones, de estrategias, de pijamas; un llamado imperativo reacomodar las sillas, los cuadros y, sobre todo, los pensamientos más arraigados…

Y mientras ordeno el placar intentando recrear el estilo Marie Kondo, celebro encontrar entre cajones y estantes olvidados algunos pequeños tesoros: las agujas de tejer de mi abuela, las cartas manuscritas de mis amigas de la adolescencia, las fotos de las vacaciones en familia y una cajita de música que me regaló mi papá cuando tenía 5 años. “Construyamos entre todos un mundo mejor”, dice en inglés la canción que todavía suena tan clara como el primer día.

La cajita de música que papá me regaló años atrás. Su mensaje está más vigente que nunca.

Postales del encierro

Saludo a mi sobrina por videoconferencia en su cumpleaños número 14 y aunque la lejanía se siente (esta vez no habrá abrazos ni chocotorta), nos parece divertido vernos en cámara y hacer morisquetas como si fuéramos las protagonistas de una serie de ciencia ficción. Hay algo hermoso en ese momento cómplice que se vuelve bálsamo, vacuna contra todos los males que pronostican por tevé. Estamos, eso ya es un montón.

Obviamente, a nuestro alrededor el escenario mundial es complejo: por primera vez es nuestra historia reciente estamos en medio de una pandemia. Una palabra que parece de un tiempo prestado, cuya etimología procede de la expresión griega pandêmon nosêma que significa enfermedad y se compone de pan (totalidad) y dêm- (pueblo). Pandemia es, pues, “el pueblo entero”.

La pandemia somos todos.

Es que, aunque tratemos de seguir con nuestra vida “normal”, es evidente que la estructura se movió y que en este movimiento sísmico del factor humano algo se fracturó para siempre. Se quebraron las fronteras, los pronósticos y las especulaciones ya no son tan efectivas como antes. Se rompieron los encuentros cuerpo a cuerpo por miedo al contagio, pero florecieron los mensajes de aliento y los aplausos de balcón a balcón. Sí, algo se fue, pero también nació algo nuevo: la certeza de que, o estamos juntos en esto, o la humanidad ya no es un futuro posible para ninguno de nosotros.

Traspasar los límites

Atrás quedan los viejos mapas de los viajeros incansables, que ya ni siquiera pueden soñar con volar al extranjero. Somos un pueblo entero disperso a puro azar por las distintas geografías del mundo y, por momentos, eso nos hace sentirnos muy solos. Somos seres humanos atravesados por ese proceso político, social, económico y tecnológico llamado globalización, que vieron cómo se deshumanizaban la mayoría de sus prácticas. Pero que ahora tienen el mayor desafío por delante: volver a humanizarlas a distancia y de la mano de ese recurso tantas veces controvertido, la tecnología.  

Distancia, la recomendación es no estar a menos de un metro y medio de los otros. Otros, aquellos que señalan también lo que soy y sin los que, en definitiva, no tendría ninguna historia para recordar hoy.

Imposible no pensar en todos esos “otros” que más nos necesitan: los vulnerables, los mayores, los pobres. Hacer todo lo que esté a nuestro alcance para cuidarlos. Cuidarnos también por ellos y ser conscientes, hoy más que nunca, del impacto que tienen nuestros actos en los demás seres humanos, sí, pero también de la forma en que nuestras decisiones afectan el planeta y las diferentes especies que lo habitan junto a la nuestra.

Siento que la navegación es arriesgada y difícil, y que no se trata solo de desacelerar los motores, sino fundamentalmente de tener la fuerza necesaria para reconducir la nave.

Me pregunto qué será de nosotros mañana, pasado mañana, el mes o el año próximo. Pero no temo al virus, sino a la posibilidad de vislumbrar un horizonte colonizado por la enfermedad más letal que siempre nos acecha: la pérdida del sentido solidario de la existencia. Pienso en mi hijo, en todos los hijos. Me gustaría que ellos también pudieran oír el mensaje de la cajita de música que me regaló papá.

“Construyamos entre todos un mundo mejor”, vuelvo a poner la canción una y otra vez, como cuando era chica.

¿Qué hacer?

¿Y qué no hacer? Por ahora solo abundan las preguntas, que flotan en aguas alborotadas y carentes de certezas. Pero, con una mano en el corazón, ¿alguna vez tuvimos alguna otra certeza más que la de que estamos de paso por este maravilloso lugar que habitamos? ¿Por qué entonces no supimos despertar a tiempo cuando comenzamos a ver a nuestro alrededor los primeros signos de la decadencia?

En mi caso, a cada uno de los interrogantes que se presentan cada día (y son muchos), incluso hasta aquellos que van de la mano de las teorías más catastróficas, solo tengo una respuesta para darles: yo elijo creer en la fórmula del “nosotros”. En el inclusivo término que engloba a toda la humanidad, sin importar los detalles de nuestra fisonomía, nuestro género, nuestra clase social o nuestra creencia.

La pandemia, repito, somos todos.

Por eso elijo la calma de creer en algo mayor que yo misma. Sé que hoy, más que nunca, tengo la inmensa oportunidad de aprender, junto a otros que ni siquiera conozco, a sembrar las semillas de ese mundo mejor que antes soñábamos, pero que hoy puede convertirse en un ejercicio concreto. A prueba y error. Con lo bueno y con lo malo que implican los momentos trascendentes. Estoy expectante, por momentos maravillada y curiosa. Y muy orgullosa de poder sentirme parte de algo grande junto a todos ustedes.

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