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Artes

23 enero, 2023

Páez Vilaró: los cien años del artista de la mitad del río

Un recorrido por la vida y la obra del gran Carlos Páez Vilaró, el artista uruguayo que dedicó sus días a crear de manera intuitiva y, en su paso por el mundo, siempre eligió seguir el sendero del sol.


Una vista aérea de Casapueblo, donde el artista uruguayo pasó la mayor parte de sus días. Foto: Pascual Paolucci

Por Lucía Vázquez Ger desde Punta del Este, Uruguay.

Es primero de enero de 2023 a las 19:47, faltan diez minutos para que se ponga el sol en Punta Ballena, Uruguay. Comienza puntual la ceremonia diaria del sol con el poema de Carlos Páez Vilaró, el destacado artista uruguayo que este año cumpliría un centenario. Se oyen, como todas las tardes al momento del atardecer, las palabras de su propia voz grabadas y amplificadas por parlantes desde las terrazas del Museo Taller Casapueblo, “la escultura habitable” de Vilaró: «¡Hola sol…! Otra vez sin anunciarte llegas a visitarnos. Otra vez en tu larga caminata desde el comienzo de la vida. Con tu panza cargada de oro hirviendo para repartirlo generoso por villas y caseríos, capillas campesinas, valles, bosques, ríos o pueblitos olvidados (…)». 

A las 19:57 el poema termina al son de los tambores del candombe uruguayo. El sol de Capricornio se pone pero no se ve: «Alguna vez la travesura de las nubes ocultan tu esplendor, pero cuando ello ocurre, sabemos que estás ahí jugando a las escondidas», se lo escucha decir en otro pasaje del poema. El agua está gris y arrugada por las rachas de viento. El cielo nublado anuncia algunas lluvias que pronto llegan y cubren de agua las cúpulas y los pasajes de este pueblo tallado en rocas, un cuasi laberinto de paredes, escaleras, rincones y pasillos blancos que emula algún lugar de las Islas Griegas. «¡Adiós Sol…! Mañana te espero otra vez. Casapueblo es tu casa, por eso todos la llaman ‘la casa del sol’, el sol de mi vida de artista. El sol de mi soledad. Es que me siento millonario en soles, que guardo en la alcancía del horizonte».

 

Este año será de homenaje al centenario de Páez Vilaró, a sus 90 años en este mundo y a los tantos de estos ofrendados al arte, a los pueblos y sus vívidos colores en muchísimos lugares. Hasta el 31 de enero estará abierta la exposición Forma & Color con mirada infinita, en el Museo San Fernando, Casa de la Cultura Maldonado. “La muestra busca recorrer una línea de tiempo desde sus comienzos hasta los últimos días, así como también mostrar las diferentes expresiones artísticas que experimentó en su vida”, dice la directora del Museo Taller Casapueblo, María Dezuliani, a Sophia. Se prevé que esta muestra o una similar se traslade al Museo de Artes Visuales de Montevideo durante el año. Pronto se confirmará también una muestra importante en Buenos Aires y además habrá otra, “El pintor del medio del Río”, que estará circulando por la región y por Argentina.  

Carlos Páez Vilaró nació el 1 de noviembre de 1923 y murió el 24 de febrero de 2014. Foto: Anabela Gilardone

Carlos Páez Vilaró, un artista millonario de soles 

Este artista “millonario en soles”, como se identificaba a sí mismo en su poema al sol, nació el 1 de noviembre de 1923 con el sol de Escorpio y falleció el 24 de febrero de 2014 con el sol de Piscis. El sol en sus distintos signos zodiacales fue muy importante en su trayectoria y los pintó a todos: el sol de Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis. 

“Puedo decirte de mi sol, Géminis, que no sé por qué motivo específico lo encuentro muy genuino y acorde a mi signo. No sé de dónde sacó la inspiración y el detalle para cada uno de ellos, pero recuerdo que los realizó en impactantes cuadros de gran formato, circulares, de más de dos metros de diámetro. Algunos aún se conservan en el museo y uno se exhibe en la sala principal del mismo”, cuenta su hijo, Florencio Páez, en conversación con Sophia

El sol de Acuario pintado por Carlos Páez Vilaró en 2006, en el marco de su serie de pinturas zodiacales.

“Mi padre era un obsesivo con el sol. Decidió pintar los soles del zodiaco para que todas las personas se pudieran conectar con su propio sol y él siempre me decía: «Agó, tu tenés que seguir el sol» — recuerda Agó, hija de Vilaró y también artista, en diálogo con Sophia—. Yo me preguntaba por qué mi padre me diría eso. Pero cuando empecé a conectarme con mi camino espiritual, me di cuenta de que eso que él me decía de seguir el sol, se trataba de descubrir mi sol interior y hacerlo brillar; de saber que todos tenemos una llama de luz divina en nuestro interior, y en la medida en que nos conectamos podemos crecer en luz. Entonces comprendí que seguir al sol era buscar en mi interior ese camino y esa luz que me acompañaría para siempre”, cuenta. 

Vilaró pintó un sol para cada signo para que todos pudieran tener el suyo propio. “Muchas de sus obras guardan un significado que sólo él conoce y ese es el caso de los signos del zodíaco. Inspirado en amigos y familiares, buscó plasmar las características de los signos en cada sol”, agrega Dezuliani. 

Cada tarde el sol hace que la gran obra arquitectónica de Páez Vilaró quede bañada por una luz dorada.

Vida y obra 

Páez Vilaró fue un artista multifacético y viajero. Pintó con óleos y acuarelas, hizo cerámicas, frescos, esculturas, murales en madera, bronce, cemento y mosaico; tanto en aeropuertos, palacios, hospitales, residencias, hoteles. Exploró el stand-art, realizó caligrafías; documentó en su obra culturas populares; captó la atmósfera de los pueblos, plasmando su pulso y sus latidos en sus lienzos. Abordó en sus pinturas temáticas como la pobreza, el trabajo en la fábrica, el candombe uruguayo y brasilero, los “jogos de capoeira”, el folklore negro, la vida nocturna porteña, el tango, la milonga, la mujer y, por supuesto, el sol. Los colores de sus obras vibran. Filmó películas que llegaron al Festival de Cannes, como Batouk y más adelante Pulsación, con música compuesta por Astor Piazzolla. 

Siempre siguió el sendero del sol «porque soy el sol. El sol de mis soledades», como dice en un video que puede verse en el Museo Taller Casapueblo. “Cuando llegaba el mes de marzo, él agarraba sus valijas y se iba para los lugares más cálidos de la Tierra, siguiendo al sol porque le encantaba, sentía su energía”, cuenta Agó. Tuvo talleres en Haití, en Camerún, en Nueva York, en el Indaiatuba, al interior de San Pablo, Brasil. Viajó a África, recorrió Liberia, Nigeria, El Congo, Chad, Gabón, Senegal. Se adentró en la selva gabonesa. Pintó murales en edificios, colegios, hoteles y aeropuertos. Expuso en Manhattan, El Cairo, Alexandria, Beijing. Pintó un mural de un túnel de 162 metros de la OEA en Washington DC. Homenajeó a Buenos Aires con un mural de Gardel en la avenida Figueroa Alcorta. Levantó una capilla blanca estilo mediterránea en un cementerio privado en San Isidro.

Tuvo seis hijos, tres uruguayos y tres argentinos, de dos matrimonios distintos. En 1972 buscó durante 72 días a su hijo, Carlos Miguel, quien sobrevivió tras la tragedia de los Andes. Construyó otra casa en Tigre. Sus últimos años los pasó entre Argentina y Uruguay y alguna vez dijo que se sentía “el pintor del medio del río”. 

“Mi padre vivió como sentía. Todo lo que sentía en su corazón lo hacía. Éste lo guiaba para crear, pintar, para buscar a mi hermano en la Cordillera. Se conectaba con su sentir y para mí fue un gran maestro de arte, y sobre todo de vida —dice Agó—. Él siguió su intuición y dijo ‘voy a ser artista’. Se dedicó toda la vida a viajar y a la aventura, sin dejar un minuto de conectarse con nosotros. Siguió su corazón, y logró dejar este legado de Casapueblo, su gran obra, que es para toda la humanidad”. 

El atardecer sobre el mar de Punta Ballena, Uruguay, donde el artista se dedicó a crear y a inspirar a otros.

Escultura habitable y homenaje al sol 

 «Es Casapueblo en Uruguay mi quimonera, mi barco blanco inmaculado, mi trampolín para partir y al que siempre regreso —decía el artista—. Mi vida palpita en Casapueblo, en diálogo permanente con los pájaros y el sol. El sol de Uruguay es algo inevitable tatuado en mí». 

Entre sus idas y vueltas por el mundo, Páez Vilaró fue construyendo su Casapueblo, su taller del mar sobre los acantilados de Punta Ballena. Aquí hoy está el Museo Taller, donde puede verse su obra y sus cuadros y desde donde, en cada puesta de sol, suena la Ceremonia del Sol. El complejo funciona también como club hotel, con 72 departamentos con vista al Atlántico que miran al oeste y reverencian al sol de la tarde. Al caminar por los pasajes y rincones se observan chapas con los nombres de artistas y escritores, como el Rincón Mario Vargas Llosa, la Sala Jorge Gómez Sicre, la Sala Pablo Picasso, el camino Ernesto Sábato, el rincón de Eduardo Galeano, el pasaje Horacio Quiroga, el John Lennon square, el callejón de Jorge Luis Borges, entre otros. 

El complejo funciona como club hotel y sus 72 departamentos reverencian al sol de la tarde.

Recuerda Agó que su padre se inspiró en África cuando, al ver los nidos hechos de barro por las termitas voladoras y construir esculturas sobre ellos, se dio cuenta de que se podía vivir dentro de una escultura. Entonces se le ocurrió crear una escultura para vivir. “Él siempre nos dijo que vivíamos en una escultura, y yo desde niña le contaba a mis amigos que yo no vivía en una casa, que vivía en una escultura, y a todos les parecía muy extraño. Me decían: ‘¿Pero cómo es vivir en una escultura?’. A lo cual les respondía: ‘Es respetar los árboles, los nidos de los pájaros y crear un lugar para vivir en la naturaleza’”, cuenta su hija. 

“A mí me resuena lo de escultura habitable, por el hecho de que es un lugar con vida, que recibe miles de visitantes anualmente. También porque es un espacio que se conforma por más de 30 personas que trabajan directamente —e incontables indirectamente—, que arman esta gran familia —dice Florencio—. Por otro lado, lo asocio al nido de hornero, que es muy común en esta zona. Esta ave, año a año hace su nido buscando el lugar más privilegiado, considerando el viento y el sol. Mi padre fue un hornero. Así se definía él: ‘Pido perdón a la arquitectura por mi libertad de hornero’. En Casapueblo él se inspiraba y se convertía en un hacedor constante. No sólo de sus obras,  sino que tomaba al edificio como un lienzo sin terminar. Hasta sus últimos años continuó construyendo Casapueblo. Desde ampliaciones, reformas, remodelaciones. Siento que era un lugar que siempre lo desafiaba a expresarse más”, comparte su hijo. 

Una vista nocturna de Casapueblo, la escultura habitable que se convirtió en un punto de arte y encuentro.

Una ofrenda a la mujer 

Decía Páez Vilaró que Casapueblo, además de ser su homenaje al sol, era su ofrenda a la mujer y a todo su universo. Lo dejó entrever entre las concavidades de su arquitectura, dejando a un lado la línea recta. “Mi padre siempre respetó a la mujer como creadora de vida. Casapueblo tiene que ver con formas orgánicas, con el cuerpo de la mujer”, sostiene Agó.  

“El artista buscó siempre, durante la construcción de Casapueblo, ir en contra de la línea recta. En ese proceso, admirando y homenajeando a la mujer, llenó de curvas y cúpulas los rincones”, señala Deluziani. 

“Entiendo que en Casapueblo, además de conectarse con el arte como lo hacía, encontraba en el Sol y en la mujer una gran inspiración. El sol de todos los días que lo acompañaba, aún cuando estaba nublado o el decía ‘jugando a las escondidas’, y la mujer como motor y compañera de su estilo de vida creativo y hacedor, su apoyo incondicional”, agrega Florencio. 

Algunas de sus obras donde el sol y la mujer son protagonistas. Fotos: Lucía Vázquez Ger (izquierda) | Alejandro Medone (derecha).

ETIQUETAS arte cultura muestra pintura sociedad

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