Un padre más allá de los mitos - Sophia Online

OPINIÓN

Un padre más allá de los mitos

Sergio Sinay/ La dimensión humana

Una mirada sobre el sentido de la función paterna y la necesidad de construir caminos posibles lejos de los ideales, pero cerca de la presencia.

El complejo de Edipo, ese deseo inconsciente de matar simbólicamente al padre para ocupar su lugar junto a la madre, ya no existe. Fue reemplazado por el complejo de Telémaco. Tanto Edipo como Telémaco son figuras de la mitología griega que representan, como todo lo mítico, aspectos profundos de la psiquis y el alma humanas. Edipo se convierte en rey de Tebas tras matar a Layo, el monarca anterior, en una disputa en la que ambos pujaban, sin conocerse, por la prioridad de paso en un estrecho camino rural. Edipo ignora que el rey es su padre que lo había mandado a eliminar cuando bebé para evitar el cumplimiento de una profecía según la cual él, Layo, sería asesinado por su hijo. 

Cumplida la profecía que desconocía, Edipo se dirige a Tebas y resuelve el enigma planteado por la Esfinge, otro personaje mítico, que mantenía sitiada a la ciudad. En premio accede al trono y se casa con Yocasta, la reina, la reina ahora viuda, sin saber que ella es su madre. Se enterará de ello cuando una peste asola a Tebas y el Oráculo indica que esta terminará cuando sea atrapado el asesino de Layo, hasta entonces impune y desconocido. Cuando finalmente Edipo se entera de que el asesino fue él y de que se estuvo acostando y concibiendo hijos con su madre, esta se suicida, y él se quita los ojos antes de huir de Tebas para convertirse en mendigo.

Telémaco, a su vez, es hijo de Ulises y Penélope, reyes de la isla de Ítaca. Cuando Ulises parte para combatir en la guerra de Troya, que enfrenta a Atenas y Esparta, Telémaco es un bebé. La guerra, en la que los griegos al mando del rey Agamenón sitiaron Troya para repatriar a Helena, casada con Paris, dura diez años, según cuenta el poeta Homero en La Ilíada, tiempo durante el cual Penélope espera a Ulises negándose a los avances de los interesados en ella y en el reino, y Telémaco aguarda ansioso y vulnerable el regreso de su padre. Cuando crece toma coraje y decide aventurarse y partir a la búsqueda de Ulises. Necesitaba saber quién es su padre. Pero no sólo eso. El retorno de Ulises significaría también la reimplantación del orden en el reino, de la ley, de las normas para entonces continuamente transgredidas.

Hijos de la madre

Con estos dos mitos como referencia el psicoanalista italiano Massimo Recalcati, profundo analista y brillante escritor, plantea que para que exista el deseo de matar al padre este tiene que estar presente, en ejercicio de sus funciones, y debe ser registrado por el hijo como quien impone límites y leyes. Pero en la modernidad tardía, apunta Recalcati en su apasionante ensayo titulado El complejo de Telémaco, esa presencia se ha debilitado hasta, en algunos casos, desaparecer. Entonces ya no se trata de matar al padre, sino de esperar su regreso o de salir a buscarlo, de recuperarlo.

El planteo de Recalcati puede resultar contracultural en sociedades como las occidentales, entre ellas la nuestra, en las que se acepta tácitamente que los hijos, aunque concebidos por ambos, son más de la madre que del padre. Se da por sentado que, al haberlos gestado en su vientre, ella los conoce mejor (y los hijos a ella), que está dotada de un instinto, al que se llama “materno”, que le permite cuidarlos, alimentarlos, entenderlos y cobijarlos de un modo que al padre le es ajeno. Se trata, sin embargo, de una construcción cultural arraigada y transmitida como mantra y mandato de generación en generación hasta instalarla como verdad revelada. 

Acaso el origen de esta creencia se encuentre en la Revolución Industrial (siglos XVIII y XIX), cuando con la aparición de grandes talleres y fábricas fuera de los ámbitos urbanos (y alejados de la vida rural y familiar predominante hasta entonces) los hombres salieron de los hogares para ir a esos nuevos espacios laborales de los que, por la distancia y las horas de trabajo, no regresaban durante semanas, mientras la gestión doméstica y la crianza de los hijos quedaba a cargo exclusivo de la madre. No sólo el trabajo extra hogareño reclutaba a los hombres. También las guerras, y en ellas los varones morían por millares. Los Ulises no regresaban, los Telémacos se multiplicaban.

Durante generaciones el padre fue un outsider de la crianza. Reducido a proveedor económico y aplicador de normas y castigos, aunque conviviera con sus hijos estos le resultaban desconocidos, y él a ellos. De hecho, y aunque duela aceptarlo, el padre que muchos adultos de hoy recuerdan con nostalgia, sobre todo en el Día de junio que lo conmemora, es el padre deseado e idealizado y no el de la experiencia vivida. No es Layo, a pesar del psicoanálisis, sino Ulises.

¿Regresó Ulises?

¿Cambiaron las cosas al calor del empoderamiento femenino, la salida de las mujeres al mundo público, laboral y social? ¿Se amplió el espacio del padre en la crianza, la educación, la interacción cotidiana con los hijos? Una mirada optimista dice que sí, que los padres de hoy están en plano de igualdad con las madres, que están presentes en la vida de sus hijos; que son más cercanos, afectuosos y colaboradores. Una mirada realista señala, en cambio, que es así en el caso individual de muchos padres, pero que hay que ser paciente y cauteloso antes de generalizar. 

Todavía, por ejemplo, en las reuniones de padres en las escuelas, en las salas de espera de los pediatras, en los cumpleaños infantiles, las madres son visiblemente más numerosas que los padres. Existen los famosos “chats de mamis” (con todos sus intríngulis) pero no los hay tanto de “papis”. Padres varones muy afectuosos con sus pequeñas hijas pueden ser sospechosos para muchas miradas prejuiciosas, pero se ven como muy amorosas las mamás que acarician y tienen contacto corporal con sus nenes varones. El inconsciente colectivo, al igual que el individual, existe y se alimenta, entre otras cosas, de creencias, prejuicios, leyendas urbanas y mandatos.

Por otra parte, muchos papás “actualizados”, ya sea por edad o por deseo y necesidad de reparar la ausencia de figuras paternas sólidas en sus vidas, suelen caer en la creencia compensatoria de que ser un buen padre es convertirse en amigos de sus hijos, y en la práctica se conducen con ellos como pares, con lo cual vuelven a dejar vacante la función paterna. El padre debiera ser un faro, un guía, alguien que marcha delante de sus hijos mostrando un camino, transmitiendo valores, modelos de conducta y de vida; maneras de encontrar propósito y sentido en la vida. Adelante, pero no lejos. Adelante y cercano, atento. Hay mucho y muy bueno para compartir con ellos en la vida, pero sin convertirse en pares, manteniendo la brecha que permite tener autoridad (la que nace del respeto inspirado por el ejemplo), que es lo contrario del autoritarismo al que otros padres tuvieron que apelar como falso reemplazo de la ausencia.

Cortar el cordón invisible

No se trata de alumbrar “nuevos padres” (categoría de marketing que se repite hasta el cansancio en cada mes de junio), sino de honrar con actitudes las que son naturalmente funciones paternas: el límite amoroso y firme, la conducción de los hijos hasta la puerta del mundo para liberarlos allí impulsándolos a la autonomía y la libertad, la orientación en valores viviendo en el día a día esos valores. Y algo muy importante: ser quien corta, con amor, con cuidado y con presencia, el cordón umbilical invisible que une a la madre con sus hijos. Es un cordón emocional que, en nombre del amor y el cuidado, termina por no dejarlos crecer y emanciparse psíquicamente. Tal como con el que se corta en el momento del parto, con este cordón es necesario hacer lo mismo. Sólo que aquí no lo hará un o una obstetra, sino el padre al ocupar asertivamente su lugar en la vida de los hijos. Con esta función libera a ambos, permite a los hijos desarrollarse como seres autónomos y a la madre desplegarse como mujer en todos sus aspectos, y no quedar encapsulada en una maternidad eterna.

Un padre que cumple su función no será nunca ni Layo ni Ulises, sino el líder que sus hijos necesitan para crecer.

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