Reflexiones sobre el mundo therian - Sophia Online

OPINIÓN

Reflexiones sobre el mundo therian

Maritchu Seitún/ Hijos

Algunos a favor y otros en contra, todos hablan de ellos: los therian. ¿Por qué estos jóvenes que se sienten animales nos interpelan como humanos?

Todo el tiempo surgen y se ponen de moda temas que se prestan a debate. Cuando hoy los adolescentes o adultos therian dicen que “son” zorros, perros, gatos, ¿tienen consciencia del enorme duelo que tienen que hacer al dejar de ser humanos? Porque, esa identificación masiva que los lleva a perderse en un animal, no es gratuita. 

Hasta los seis o siete años los chicos viven en un realismo que llamamos mágico, en el que todo resulta posible. A esa edad existen Papá Noel, el Ratón Pérez, el conejo de Pascua y, por momentos, «son» un tigre, un gato, un perro, el Hombre Araña o Elsa, la protagonista de Frozen. A esa edad pueden sentirse tan fuertes, aguerridos y potentes como un león, libres como el viento, heroicos como un superhéroe, o tan mimados y cuidados como un gato o un perro.  

Mientras crecen, arman su realidad y juegan a ser lo que desean, o a lo que necesitan en cada momento vital. Esos juegos les van dando tiempo y herramientas para fortalecerse e ir descubriendo y aceptando que, en el mundo real, hay reglas que imponen infinidad de limitaciones. Es cierto que, por momentos, les cuesta salir del personaje y quieren comer del plato en el piso, o no nos responden salvo que los llamemos Elsa u Hombre Araña. Pero, finalmente, aceptan volver a ser ellos mismos y se sientan a la mesa junto a nosotros para charlar como seres humanos.

Durante esos años, los adultos entramos en el juego y nos dejamos tirar al suelo por ese tigre tan fuerte, escribimos junto a ellos la carta para Papá Noel, o escondemos los huevos que dejó el conejo el domingo de Pascua para que los busquen entre las plantas. 

En esa primera etapa —salvo en situaciones de riesgo— el mundo real y nuestras reglas no cuentan: el tiro de ellos es siempre gol y el nuestro no vale porque fue posición adelantada; ellos son más fuertes que nosotros y nos asustan con sus gruñidos. Este pensamiento mágico les permite construir un mundo a su medida, los ayuda a superar la indefensión y la fragilidad que sienten por ser chiquitos, por no saber todavía muchas cosas y por no tener aún la fuerza suficiente de valerse por sí mismos.

Pero lentamente, y a veces con enorme dolor, descubren que hay un mundo real con condiciones que tienen que conocer y aceptar, y van viendo que no todos sus tiros son gol, que los regalos de Navidad los hacen los padres, que pueden “jugar a ser” el Hombre Araña, pero que no son un superhéroe, ni un gato, ni un tigre, y que no son todo lo fuertes y poderosos que creían ser tiempo antes.  

Entonces juegan y representan personajes “como si fueran”, pero sin “ser” esos personajes. Eso implica un descubrimiento pero también un duelo, o en realidad varios duelos, pero sobre todo aceptar —a veces con alegría y otras con enojo y con dolor— lo que les tocó en suerte… ¡o en falta! Es decir, hacerse cargo tanto de sus posibilidades como de los límites a esas posibilidades. Y así se va configurando su identidad: con la energía puesta en aceptar y en celebrar los sí de la vida, extendiendo con esfuerzo y tesón un poco los bordes para agrandarlos, y despidiéndose de aquello que no les tocó o que no pueden cambiar.

Mientras crecen, los chicos van identificándose con aquellos personajes —e incluso con animales— que les habría gustado ser, o cuyos rasgos admiran porque quieren parecerse a ellos, y por eso toman algunos aspectos sin dejar de saber que no “son” ellos mismos. Muchos patean la pelota como Messi, y hasta por un instante se sienten Messi, pero aunque saben que no lo son, identificarse con él les ayuda a ganar confianza y a patear mejor. O quizás se sienten más cerca de la potencia de un lobo y defienden su espacio con esa fuerza y esa garra, pero sin dejar de saberse humanos. 

Es un duelo difícil tomar dimensión de los límites personales. Sin embargo, por el camino del juego y de la identificación podemos procesar e integrar simbólicamente aquello que no podemos ser. Lo salvaje nos habita, es una parte de nosotros, pero no nos posee: no se apodera de nosotros para que “seamos” zorro o perro. En cambio, podemos encontrar y amigarnos con la fuerza del zorro salvaje que llevamos adentro, o con las ganas de jugar del perro alegre y amigable, para que esos rasgos pasen a formar parte de nuestra identidad.

En su libro Mujeres que corren con los lobos, Clarisa Pinkola Estés nos invita a recuperar esos huesos de nuestra loba interior que perdimos por la educación y la cultura imperante. ¿Por qué? Porque, al hacerlo, nos enriquecemos como personas, nos fortalecemos e integramos lo negado y reprimido a nuestra vida, sin convertirnos en un lobo y sin dejarnos poseer por él. Si lo hiciéramos, volveríamos a perdernos a nosotras mismas de una manera nueva, en lugar de integrar ese lado salvaje. 

Ser quienes somos

Volvamos al duelo que significa para estos jóvenes dejar de ser humanos. Me recuerda el chupón del rosal: esa rama que se lleva toda la fuerza de la planta para dar una sola rosa, y que por eso terminamos podando para fortalecer la planta entera y permitirle dar múltiples flores. 

En este caso, no se trata de podar el aspecto salvaje que propone el mundo therian hasta hacerlo desaparecer, sino de integrarlo y darle el lugar que le corresponde, para poder desplegarlo junto a muchos otros aspectos que forman parte de la vida y de la identidad de una persona. 

Pero, para eso, estos jóvenes tienen que descubrir qué los lleva a esa identificación masiva, que seguramente se relaciona con rasgos admirados y también con la necesidad de pertenecer a un grupo, a ser distintos y originales, o a desafiar los bordes de lo que pueden ser, en un intento de no hacer esos duelos de los que hablo. 

El costo es altísimo, porque crecen y se desarrollan mucho en un solo aspecto y dejan de hacerlo en otros. Puede parecer un acto de libertad, pero quizás —silenciosamente— se estén negando o inhibiendo dimensiones propias o incluso talentos que también necesitan crecer, pero que quedan sin desplegarse ni ser integrados.

La identidad se construye a lo largo de la vida. En ese proceso nos quedamos con algunos rasgos y nos despedimos de otros. Aceptamos límites, desplegamos posibilidades y aprendemos a habitar nuestra condición humana con mayor consciencia. De alguna manera, de eso se trata ser persona.

1 COMENTARIOS

  1. Excelente la nota! La verdad que cuanto más recorría el desarrollo de la identidad infantil mas me convenzo que los Therians para quienes lo viven con una desidentificacion a la especie humana y una identificación masiva hacia la especie animal, tienen severos trastornos psiquiátricos q deberian recibir tratamiento correspondiente, como fuera en cuadros de delirio, esquizofrenia entre otros.
    No podemos naturalizar todo como posible…quienes hemos tenido la suerte de trabajar en hospitales psiquiátricos nos hemos encontrados con muchos pacientes q dentro de sus patologias de base se autoperciben de miles de formas no humanas… realmente me preocupa como agente de salud construir una sociedad donde todo es relativo y posible. Cual es el criterio de realidad pos moderno? Si mañana me autopercibo mueble, pido derechos y los recibo… y se pierde la causa de fondo q es la salud mental q escasea ampliamente… el exceso de confort nos ha llevado a lugares de locura inauditos…

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