13 de mayo de 2025
Una de las dificultades que se presentan en el acompañamiento de nuestros chicos y adolescentes es la cantidad de personajes interesantes, atractivos, llamativos, que ellos encuentran en las redes sociales, en los videoclips, en Youtube. Personajes que se convierten en auténticos referentes, a los que buscan y encuentran, pero que otras veces encuentran sin buscar, y que nos dejan a los adultos fuera de esos múltiples modelos de rol que encarnan, porque nos pasan desapercibidos.
Si recordamos nuestra propia adolescencia, los cantantes y otros ídolos de la época estaban a la vista de todos, no solo de los chicos. Eso les daba a los adultos la oportunidad de darse cuenta de dónde venían ciertas modas de peinados, de ropa, de formas de moverse o de hablar, para poder preguntar y ayudar a pensar y a adquirir cierto discernimiento sobre esos y otros temas.
Hoy pasean por las pantallas de nuestros chicos y adolescentes cantantes que hablan de sexo explícito, que cantan canciones infantiles vestidos de formas no adecuadas para ese público, o que cantan canciones con un contenido dudoso. Influencers que muestran vida de millonarios, futbolistas, artistas y modelos que se hacen cirugías a los 20 años y que viven pendientes de su peso, de su apariencia, de los likes de sus seguidores.
Referentes que hacen publicidades de todo tipo, a veces cobrando, otras veces por canje y que los introducen en problemáticas como las de las apuestas online, el uso de cosméticos a edades cada vez más tempranas, o que dicen, a quien quiera escucharlos, que la marihuana no solo es buena, sino que es incluso mejor que los cigarrillos de nicotina.
No les enseñamos eso en casa, y sin embargo, nuestros chicos «compran” esas ideas, ese contenido. Y cuando queremos darles una opinión al respecto nos dicen “eso es antiguo, ahora es distinto», sin escuchar nuestro punto de vista.
Se trata de una competencia desleal en la que empresas poderosas les pagan a estas figuras públicas para hacer videos que parecen espontáneos, y de esa forma condicionan los gustos, deseos, costumbres de los chicos que, a esa edad, son altamente influenciables porque están haciendo intentos por descubrir su identidad. En esos personajes, ellos encuentran modelos exitosos y se imaginan que si se visten, hablan o actúan como ellos también van a llegar a ser ricos, famosos, triunfadores…
En muchos casos, nuestros chicos llegan a la adolescencia con poca fortaleza interna y les cuesta esperar. Por eso, el atajo de hacerse ricos apostando les resulta muy tentador y no tienen el criterio necesario para entender que los únicos que ganan, a la larga, son los casinos que tienen mil y un recursos para embaucarlos.
¿Qué se necesita para comprender y acompañar a transitar esta realidad? Padres que estén atentos, que no se distraigan creyendo que todo está bien porque no ven señales graves que los alarmen. Padres que se mantengan presentes en la vida de sus hijos, que se interesen por sus intereses, que los acompañen a algún recital o al Lollapalooza.
Es más fácil dejarlos ir solos porque “ya son grandes” y no nos tienta demasiado el programa. Pero nos perdemos la oportunidad de compartir, de ver y de conversar durante los viajes de ida y vuelta, esos momentos donde se entrecruzan impresiones y sensaciones de lo vivido. Algo similar a lo que hacíamos cuando eran chiquitos y veíamos dibujitos animados con ellos y entonces podíamos conversar juntos sobre lo correcto o inadecuado de alguna conducta de Peppa Pig o de Bart Simpson.
Es el momento de convertirnos en padres que no se ofusquen, que no se ofendan, que no se enojen, que no prohiban, que no muestren miedo ni amenacen, sino que mantengan la comunicación abierta y hablen de lo que ven, escuchan y leen, y que emitan sus opiniones de modo que los chicos puedan escuchar otra campana. Pero no una campana que demonice, que agrande la grieta generacional, sino que abrace la diferencia como un espacio enriquecedor.
Escucharnos, interesarnos, tratar de entender y de hacerles entender nuestro punto de vista es, quizás, la tarea más desafiante que nos pide este tiempo. Y es también la más importante.
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Creo que los abuelos también podemos colaborar en esa compañía que NO JUZGA pero está presente y atenta y compartir lo que vemos y escuchamos con esos padres que a veces no pueden dividirse con varios hijos❣️
Tenemos un gran desafío. La pulseada con las redes y la tecnología está perdida. Ni los padres ni los profesores estamos a la altura. Me compré el libro adolescencia de Maritchu, veamos cómo reforzamos por todos lados. La ternura pasó de moda.