Pescando en el río del tiempo - Sophia Online

OPINIÓN

Pescando en el río del tiempo

Sergio Sinay/ La dimensión humana

El tiempo, esa corriente inasible que ordena la vida, permite echar un ancla en la contemplación, la reflexión y los vínculos, para dejar de correr.

La única manera de detener el tiempo sería eliminar todos los acontecimientos. Que nada ocurriera. Nada. Algo que escapa a la comprensión o la imaginación. Nuestra vida, las circunstancias que la constituyen, los dolores, las alegrías, las esperanzas, las pérdidas, los logros, los vínculos transcurren en el tiempo. Es imposible pensar la inexistencia del tiempo. Y, sin embargo, es inasible. No se gana ni se pierde. Tampoco se ahorra. Simplemente es. Como afirmó San Agustín: “Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé; pero si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé».

“Donde no hay tiempo no hay esperanza ni motivación”, sostiene el físico y filósofo alemán Stefan Klein, quien estudió este fenómeno en dos libros tan originales como didácticos y de exquisita escritura: La belleza del universo y El tiempo, los secretos de nuestro bien más escaso. “El tiempo es una relación que utilizamos para ordenar eventos en una secuencia de posibles causas y efectos”, explica Klein. Nuestra mente cronológica hace de la vida un relato y colocamos todos los acontecimientos en tres momentos. Pasado (recuerdos, memoria), presente (sensaciones, sentimientos y experiencias actuales) y futuro (proyectos, sueños, esperanzas). Necesitamos ese ordenamiento para que la vida no devenga en un absoluto sinsentido, en un caos que nos devore.

Esto no necesita ser aprendido, es inherente a la condición humana. Pero una cosa es existir en el tiempo y otra cosa es correr en él, sin saber hacia dónde, pero intentando no perderlo, en un apresuramiento que solo produce ansiedad, desazón y angustia. “Si no podemos olvidarnos del tiempo de vez en cuando, no podremos mantener amistades o relaciones satisfactorias. No tendremos nuevos pensamientos, ni ideas”, advierte Klein. Correr en el tiempo significa pasar por la superficie de la vida sin explorarla. 

Tiempo de la vida y del mundo

Para conectar con las tres dimensiones fundamentales del tiempo (pasado, presente y futuro) es necesario detenerse y dar paso a la contemplación. Contemplar es observar sin juzgar, mirar sin intención, asistir al flujo de la existencia desde una distancia que permita comprenderla. Desde esta perspectiva el tiempo aparece como lo que es: una necesidad humana. Sin nuestra especie lo que experimentamos como tiempo no existiría. La naturaleza no lo tiene, porque no tiene propósito. 

Al respecto, otro alemán, el filósofo Rüdiger Safranski, dice que existe un tiempo de la vida y un tiempo del mundo. El de la vida, en el cual transcurre nuestra experiencia personal, es limitado, mientras el del mundo no lo es, señala Safranski en su apasionante ensayo titulado Tiempo, la dimensión temporal y el arte de vivir. El ilimitado tiempo del universo comparado al de una vida humana puede hacer que esta parezca un mal chiste, apunta el pensador. Pero esa comparación, en el fondo, puede convertirse en la motivación para descubrir un sentido en nuestra breve existencia, y evitar que ésta quede reducida a esa broma absurda y de pésimo gusto. Este es el tema de El mito de Sísifo, una obra esencial del escritor francés Albert Camus (1913-1960), autor de El extranjero, La peste, Los justos, La caída y otros ensayos, novelas y obras teatrales atravesadas por el existencialismo.

También se pregunta Safranski cuándo comenzó el tiempo. Y su respuesta es inquietante. Todo suceso produce otro suceso, dice. No hay, pues, nada que no tenga una consecuencia. Si regresáramos hacia atrás, de suceso en suceso, en busca del inicio del tiempo, nunca llegaríamos a encontrarlo. No hay un suceso inicial no producido, que iniciase todo. Por lo tanto, de acuerdo con el pensador alemán, cualquier explicación sobre el inicio del tiempo es simplemente una cuestión de fe. Y en esto, apunta, la religión y la ciencia se igualan. Este planteo abre un interrogante: ¿dado que no empezó nunca, o que no se puede demostrar que haya comenzado alguna vez, existe el tiempo? Si lo quitáramos, una operación muy difícil si no imposible para la mente humana, nos encontraríamos ante una uniformidad y una ausencia de acontecimientos que resulta una experiencia desconocida para los humanos. ¿Sería esto la eternidad?

Una mala eternidad

Tanto Safranski como Klein coinciden en una respuesta afirmativa. “Donde no hay eventos, no hay tiempo. La eternidad sería entonces la continuación de esta relación al infinito”, dice Klein. “Con esta uniformidad y falta de acontecimientos lo que queda es una mala eternidad”, escribe a su vez Safranski. La considera así porque al no haber progresión, sucesión ni continuidad, es decir al estar todo suspendido en un estacionamiento sin fin, la existencia no tendría sentido. Es justamente el avance del tiempo, o de nosotros en el tiempo, lo que instala en el inconsciente la noción de finitud, de que, individualmente, no somos eternos. Y aunque esto produzca angustia, es también lo que impulsa a encontrar un propósito y un sentido en la existencia. Algo que es responsabilidad de cada uno. Volvemos a Camus y al existencialismo.

Mientras tanto, Albert Einstein, una mente prodigiosa que escudriñó estos misterios como pocas o ninguna, advertía que el tiempo lineal es una ilusión y que lo que de veras existe es un tiempo único y simultáneo. Tanto su teoría de la Relatividad Especial, de 1905, como la Teoría de la Relatividad General, de 1915, apuntaron a develar los aspectos ilusorios en la percepción del tiempo. Todo existe simultáneamente, señalaba Einstein, y el presente es solo la puesta en foco y en primer plano de uno de esos infinitos acontecimientos sincrónicos. Se podría pensar, entonces, que el futuro ya aconteció y que el pasado nos espera adelante. Si pudiéramos entender esto, apunta Safranski, podríamos unir el final con el principio en una continuidad y sentirnos inmersos en el proceso regenerativo de la vida. Ya no entenderíamos la muerte como aniquilación, sino como una entrada en la vida que nos envuelve.

Parecen cuestiones de la física o de la filosofía, y lo son. Pero, ante todo, los misterios del tiempo son los más profundos de la vida y, aunque no los tengamos en la conciencia, habitan nuestro inconsciente y se manifiestan en nuestro sueños, temores, interrogantes y esperanzas. Bien decía el escritor, poeta y filósofo estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862), autor de Walden, la vida en los bosques y Desobediencia civil: “El tiempo es el río en el que estoy pescando”.

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