Padres de hijos adultos: un vínculo que se transforma - Sophia Online

OPINIÓN

Padres de hijos adultos: un vínculo que se transforma

Miguel Espeche/ Hablemos de...

Cuando nuestros chicos crecen nos toca acompañarlos desde un escenario totalmente nuevo. ¿Cómo estar disponibles para ellos sin perdernos en el camino?

Parece que ya está todo listo: los hijos crecieron, se recibieron, ya son grandes. Parece que ahora solo resta visitarse algunos domingos y verlos desplegar su adultez hacia el horizonte. Parece, pero no es tan así. 

Es verdad que lo anterior es una idea un poco estereotipada. Sabemos que en nuestro país son innumerables los hijos que construyen su casa en el fondo de la casa de sus padres, y ni hablar de las tristes estadísticas que hablan de adultos de hasta treinta y pico que no salen de la misma casa en la que crecieron, a causa de una economía cruel que dificulta y hasta imposibilita el despliegue de los sueños de independencia. 

Sin embargo, tarde o temprano, y en diversas formas y modelos de vida, los antes “chicos” terminan siendo grandes y tienen vida de grandes, si bien no por ello dejan de ser hijos, ni sus padres dejan de ser padres.

Posiblemente, el de las relaciones entre adultos ligados entre sí por el vínculo paterno-filial no sea un escenario demasiado tratado. Se habla de niñez, de paternidad de niños y adolescentes, de tercera edad, pero no tanto de lo que pasa entre los padres y sus hijos ya mayores.

En lo que a mí respecta, y más allá de mi rol profesional, mi punto flojo es el estado de alerta “por si les pasa algo” que suelo sentir con respecto a mis hijos, olvidando que, si de hecho “algo pasa”, ellos, mis ex niños, tienen muchos recursos para afrontar la que venga. 

Obviamente, no me refiero a la realidad irrefutable de que los problemas, los accidentes y las enfermedades existen, y ante ellas siempre estaré listo para acudir si hiciera falta. Aludo, en cambio, a ese estado de “bombero en grado de alerta” permanente y posiblemente exagerado, que mis hijos no ven porque se las han ingeniado para vivir lejos en términos de geografía. No me pasa siempre, no es un tormento espantoso, pero es notable cómo se activa esa sensación de alerta y preocupación ante la idea de una eventualidad desagradable. 

Cuento esto para no ponerme en maestro ciruela con el tema. En verdad, una de las cosas más lindas de la paternidad de hijos grandes es el poderlos ayudar, pero no necesariamente desde la economía (hay una mala costumbre de llamar automáticamente “ayudar” al hecho de dar dinero o bienes a los hijos). Es todo un arte ayudarlos bien. Ese arte requiere discernir cuándo ayudar es sostener, cuándo lo es dejar que hagan la suya, cuándo ir a cuidar a los nietos y cuándo decir que no, porque uno tiene otras cosas que hacer ese día y no puede.

Los hijos e hijas que ya son adultos muchas veces tienen sus parejas, con las que en ocasiones siguen para siempre, y otras veces no. Ver desde el lugar de padres las vicisitudes amorosas de los hijos, y hacerlo como testigos no protagonistas del asunto, suele ser duro, sobre todo, cuando se testimonian dolores y situaciones que pudieran ser graves, como por ejemplo los casos en los que existen conflictos severos en la relación. No son pocas las veces que los padres son refugio en situaciones extremas, en casos en los que se recrea, por un rato, el rol protector. Pero claro… a la vez, no es cuestión de exagerar con eso de proteger a los hijos. Como siempre, todo depende de las circunstancias. 

Dentro del espectro de situaciones intensas que veo que se suscitan entre los padres y sus hijos adultos, tiene preponderancia la cuestión de la crianza de los nietos. Las quejas de los abuelos respecto de los métodos (o ausencia de todo método) de crianza de los chicos son muchas. El pecado habitual de los padres de hijos grandes, ya padres a su vez, es ser demasiado metidos. Aunque también encuentro otro problema recurrente: el de no meterse nada, al punto de desaparecer en la ecuación y transformar el rol de padres y abuelos en una mera gestoría. 

Por supuesto que la variedad de experiencias que se pueden vivir en el universo de relaciones entre padres e hijos grandes es gigantesca. Hay hijos que quieren inaugurar una nueva humanidad, prescindiendo de todo lo que tenga que ver con el linaje (se les suele complicar esa pretensión), y otros hijos que quieren la chancha y los veinte, es decir: quieren jugar el rol adulto, pero con los beneficios del rol filial, creyendo, por ejemplo, que los asiste el derecho a disponer de los padres, y de los bienes de los mismos, como si ese derecho fuera resguardado por la Constitución Nacional.

 

No quiero adentrarme demasiado en las cuestiones extremas que a veces surgen en lo que a este tipo de relaciones respecta como, por ejemplo, cuando los hijos se adueñan del domicilio de los padres, o cuando los padres “sobornan” a sus hijos con bienes o aparente sumisión para que estos se queden cerca, evitando el temido “nido vacío”. En este sentido, sabemos muy bien —aunque no lo reconozcamos— que, una vez cumplida la etapa de paternidad “a full”, hay que conseguirse una vida. “Get a life”, si queremos decirlo en canchero. Sin vida propia, la sobreactuación de parentalidad o de abuelidad se suele tornar insufrible y los conflictos se acrecientan de manera visible o solapada. 

Más allá de estas posibles cuestiones de conflicto, prefiero señalar lo lindo que es ver grandes a los “chicos” y sentir que hemos hecho algo lo suficientemente bueno como para que la vida prospere. Muchos seguiremos alertas, por si “pasa algo”, pero también disfrutando la posibilidad de contemplar cómo se ponen en acción y germinan algunas de las semillas que hemos sembrado, las que, a la vez, habíamos recibido de parte de quienes nos antecedieron. 

La humanidad es una red, y nosotros, los padres de quienes ya crecieron, estamos en red con ellos, forjando una trama que ofrece referencia y sentido. No definimos las cosas como antes, pero les damos contexto y, si todo fue más o menos bien, acompañamos tutelando desde nuestro lugar, mientras ellos hacen la suya. 

A la vez, hay un elemento que sigue vigente desde los inicios de nuestro rol de padres y no caduca por el hecho de que los chicos hayan crecido. Tiene que ver con la frase que sostiene que “lo que les hace bien a los padres, les hace bien a los hijos”. Con esto quiero decir que, una vez cumplida la etapa de una paternidad de “menores de edad”, vale soltar la cuestión y poner a rodar una vida lo más plena posible, porque no hay nada más angustiante para un hijo, tenga la edad que tenga, que sentir que él es la única fuente de vida de su padre o de su madre. Nada peor para un hijo que sentir que sus padres lo “necesitan”, porque allí duda de si es amor o necesidad lo que guía las conductas. 

En tal sentido, repito lo que dije antes: hay que conseguirse una vida para que los hijos vean que el horizonte está bueno, que hay vitalidad y ganas en cada etapa, y que las personas no se marchitan cuando dejan de ser padres a horario completo. Porque cuando ser padres o madres deja de estar regido por el hecho de que tenemos que cruzar a nuestros hijos hasta la otra orilla, todavía siguen pasando cosas, algunas de ellas sorprendentes e inesperadas, y eso nos obliga a seguir ejercitántonos en el arte de ser padres. 

 

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