7 de agosto de 2026
La palabra pasión proviene del latín passio, cuyo significado es sufrimiento y padecimiento. Esa fue su aplicación original, y se la relacionó estrechamente con el martirio de Jesús. Con el tiempo alcanzó otras connotaciones y tomó el contenido del griego pathos, equivalente a sentimiento y emoción. Hoy conserva ambos significados, el bíblico y el mundano.
Hasta la llegada del romanticismo, corriente artística y filosófica surgida en los siglos dieciocho y diecinueve y que tuvo entre sus grandes cultores nombres como el de Mary Shelley (la autora de Frankenstein), lord Byron, Goethe, Víctor Hugo, Gustavo Adolfo Becquer, Charlote Brontë, Jane Austen y William Blake, la pasión sólo era vista como una fuerza oscura que nacía del cuerpo y atentaba contra la pureza del alma.
Los románticos reaccionaron contra la Ilustración, movimiento intelectual surgido en el siglo dieciocho que influyó en el arte, la ciencia, la filosofía y la política, poniendo a la razón como guía de la conducta humana. La reacción romántica se basó en el rescate de la pasión, en la preeminencia del sentimiento por sobre el razonamiento, en la entrega y el compromiso sin límite con los propósitos y los ideales de cada persona. Desde entonces la pasión se comprende como esa fuerza arrebatadora que conecta con un designio al que no se renuncia.
Una mirada sesgada suele dividir a los humanos en dos grandes grupos. Los racionales y los emocionales. Los mentales y los pasionales. Como si ambos atributos con los que estamos dotados —la razón y la emoción— no pudieran integrarse y convivir en nosotros. Pareciera que la razón ordena y explica y que la pasión desordena y oscurece. Pero acaso la razón pueda permitirnos entender por qué la pasión argentina parece haber desencadenado la incomodidad y la intolerancia de tanta gente en tantos países a partir del reciente campeonato mundial de fútbol. Como si cierta racionalidad europea se sintiese ofendida con una cierta indomable pasión sudamericana.
El tema va más allá del fútbol. Este fue apenas el desencadenante de algo que está allí y salió detrás de la pelota. Los antiguos griegos decían que la vida es una secuencia de Cosmos y Caos. Cosmos es el orden, lo previsible, las leyes de la naturaleza funcionando como se espera. El Caos es lo imprevisible, el desorden, aquello que no se sabe cómo administrar. En el Cosmos prevalece la razón, lo explicable. En el Caos prepondera la emoción, la pasión, lo que no obedece a los guiones previstos. Cuando hay demasiado Cosmos sobreviene el Caos hasta que se establece un nuevo orden.
Hoy vivimos tiempos de incertidumbre. La pandemia, nuevas enfermedades (la mayoría creadas por los humanos) que aparecen cada día, el cambio climático, la Tierra que se estremece con frecuentes terremotos devastadores (Venezuela, Japón, Chile), guerras por todas partes, inestabilidad económica aun en países que se suponen desarrollados, etcétera.
Frente a eso se necesitan desesperadamente certezas, garantías, seguridades. Por una parte, se multiplican líderes y gobiernos autoritarios y populistas que prometen domar al potro y garantizar tranquilidad a cambio de que se les conceda total libertad de acción. Por otra parte, una tecnología (con sus respectivos gurúes) cada vez más ajena a guías morales asegura que todo puede ser dirigido y controlado, desde la naturaleza, a la que busca someter y encasillar, hasta la vida misma, que algunos transhumanistas juran que será eterna gracias a los adelantos que anularán la muerte.
En un mundo desapasionado, despojado de utopías, reaparece la figura de Baruch Spinoza (1631-1677), el filósofo neerlandés de origen sefardí que hablaba de las pasiones tristes. Spinoza, un pensador panteísta para quien Dios estaba en todo lo viviente y no concentrado en una figura única, decía que “todas las cosas de la naturaleza se esfuerzan por perseverar en su ser”. Esto significa que lo vivo tiende a vivir, ese es su propósito. Las pasiones que él llamaba alegres impulsan esa energía. Entre ellas la alegría, el deseo, el amor. Y las tristes, como el odio, el rencor, los celos, el miedo conspiran contra la pulsión vital.
Quizás la fobia antiargentina que inundó las redes sociales durante y especialmente después del Mundial, y que también brotó en las palabras de periodistas, intelectuales, artistas, políticos y figuras públicas de diferentes orígenes, se deba a que en un mundo desapasionado la pasión es intolerable, molesta, amenaza, inquieta.
Los argentinos no somos todos iguales. En ningún conjunto humano todas las personas lo son, es imposible. Hay de todo. Hay argentinos intolerantes, racistas, xenófobos, violentos. No por argentinos, sino por humanos. Todas las sociedades tienen individuos así. La cuestión son las proporciones, los porcentajes. Estos porcentajes configuran el ADN de una sociedad. Y el ADN de la sociedad argentina se compone de una mezcla de sangres y orígenes, de generosa recepción y adopción al que llega en busca de un destino, de una empecinada fe en que, a pesar de todas las vallas que encontramos cada día en el derrotero existencial, seguimos marchando hacia nuestras metas.
Cada uno tiene las propias, quizás nos faltan más metas compartidas. Y de esa falta, y de la necesidad que sentimos de ellas, habla nuestra pasión común en el Mundial: una pasión alegre que compartimos futboleros y no futboleros.
Un rasgo argentino común es la pasión que desordena, que deriva imprevisible para los ordenados, que empuja a seguir en un camino que es siempre cuesta arriba y que encuentra escollos en dirigentes y gobiernos quienes, al margen de las ideologías, no ayudan, no alientan, carecen de empatía, sacan del pozo común para beneficio propio en lugar de aportar a él como cada ciudadano de a pie.
Esa pasión alegre molesta. La mayor animadversión contra Argentina y los argentinos proviene de un continente, Europa, que tiene un rico pasado, pero carece de un futuro inspirador y está atravesado desde hace largo tiempo por las pasiones tristes, sin utopías. Se sumaron también algunos latinoamericanos, que quizás no encontraron aún el surtidor de pasiones alegres que los impulse a un destino propio, lejos de la sombra de la colonización.
Lo que la sociedad argentina depositó mayoritariamente en sus jugadores fue la pulsión vital. Las pasiones alegres. Ellos la representaron en la cancha, porque el fútbol es también teatro, representación. En las tribunas y en las calles de la Argentina, de los Estados Unidos (país anfitrión y cruzado por pasiones tristes) y de cada ciudad del mundo donde había argentinos, la pasión alegre estaba a la orden del día. Desordenando. Bulliciosa. Imprevisible. Incomprensible. Amenazante para quien carece de ella.
Quizás fue y es eso, no el fútbol, lo que explica el odio, la molestia de quienes miran y no comprenden. Miran y no pueden. Miran y no tienen. Un dicho en boga reza: “Argentina, no la entenderías”. No, no la entenderías si estás anémico de pasiones alegres.
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Explicación genial, como todas las reflexiones de Sergio Sinay.Gracias.