28 de julio de 2026
A casi todas las ciencias se les atribuye un padre. Al psicoanálisis Freud, a la astronomía Copérnico, a las matemáticas Pitágoras, a la sociología Emilio Durkheim y así con cada una. Como si hubiesen nacido por un proceso de partenogénesis al revés. La partenogénesis en sí, recordémoslo, es una forma de reproducción por parte de una hembra sin intervención del macho. Se da en ciertos insectos, reptiles, crustáceos, tiburones e incluso el dragón de Komodo.
Tal como se cuenta la historia de las ciencias, en el nacimiento de ellas no habría habido la participación de una madre. Suele olvidar, por ejemplo, a Hipatia, la filósofa más importante de la antigüedad, que fundó la Escuela Neoplatónica de Alejandría en el siglo V, a la británica Ana Lovelace, que en el siglo XIX puso las bases del sistema informático que se usa hoy, o a la austriaca Lisa Meitner que, en ese mismo siglo, descubrió la energía liberada de la fisión nuclear y la bautizó con ese nombre. Son solo algunas entre muchas.
Y la sociología, una de las disciplinas más destacadas entre las ciencias sociales de hoy, tiene también su madre. Su nombre es Harriet Martineau. Nació en Irlanda en 1802, hija de una familia de hugonotes (calvinistas de origen francés que sufrieron duras y sangrientes persecuciones, como la Noche San Bartolomé), era la menor de seis hermanas y hermanos. A los 12 años, caso notable para una niña de entonces, hablaba varios idiomas y estudiaba astronomía, matemáticas, historia y física. Mostraba una temprana voracidad por comprender el mundo. Su padre, un fabricante de telas, murió cuando ella tenía 23 años y, mientras la familia colapsaba, Harriet emprendía un camino propio.
Tenía que ganarse la vida de alguna manera, pese a una acentuada sordera que le impedía ejercer uno de los trabajos más comunes para chicas de su edad, el de institutriz. La lectura de Conversaciones sobre Economía Política, de Jane Marcet (primera escritora a la que se reconoce como divulgadora científica) la incitó a investigar y escribir sobre ese tema. Pensaba que los libros sobre la cuestión eran demasiado complicados e intimidantes para el público común y se propuso explicar las leyes de la economía a través de una serie de cuentos cortos que permitiera comprender cómo se conecta aquella con la vida real y cotidiana de las personas. Llegó a escribir 25 volúmenes de esos relatos que cosecharon enorme éxito y tuvieron a la princesa Victoria (luego reina de Inglaterra) entre sus fanáticas.
La ensayista e historiadora Valerie Sanders, de la Universidad británica de Hull, recuerda que en aquella época “el país también se encontraba en un estado de alta ansiedad, atribuida al malestar social, la Ley de Reforma de 1832, la industrialización, la pobreza extrema en ciudades en expansión como Manchester y, finalmente, una epidemia de cólera. Cuando Martineau recorría Londres, presionando personalmente a los editores para que consideraran su obra, fue repetidamente desestimada, como relata en su autobiografía. Sus relatos abordaban muchas de las preocupaciones sociales, como las huelgas industriales, los salarios, la pobreza y las Leyes de Pobres”. No cejó hasta verse publicada y entonces se convirtió en una celebridad. Comenzó a escribir en The Daily News, un periódico muy popular, se convirtió en una de las primeras y más activas feministas de su país, viajó a Estados Unidos para apoyar la abolición de la esclavitud.
En su semblanza Valerie Sanders escribe: “Sus dos años en Estados Unidos la obligaron a formular sus propias opiniones, no solo sobre la esclavitud, sino también sobre la igualdad de la mujer; un proceso similar ocurrió cuando visitó Oriente Medio, en 1846, y quedó horrorizada por los harenes. Fue condenada por sus primeros críticos por ser demasiado franca en temas poco femeninos, como el ‘chequeo preventivo’ (una forma temprana de anticoncepción), y por poner a prueba de forma independiente la moralidad y la validez de las instituciones comparando sus prácticas con los principios que profesaban”. A pesar de sus experiencias, conocimientos y escritos sobre economía, temas sociales, filosofía e historia, a Harriet Martineau se le prohibió, como mujer, el ingreso a la universidad.
“Recordada como periodista, pedagoga y pionera de la socióloga feminista, fue también autora de una autobiografía increíblemente franca. En cuanto al periodismo, empezó joven, publicó en todas las principales revistas y podía escribir sobre cualquier tema, desde China (pasada y presente) hasta los riesgos de incendio de los miriñaques”, apunta Sanders. “Lo más extraordinario de Martineau, agrega, es la rapidez y la energía con la que se informaba sobre temas tan diversos”. Fue una socióloga instintiva y autodidacta. En su libro Society in América, de 1837, escribe sobre “la inexistencia política de las mujeres, en el sentido de que, como las esclavas, tienen que obedecer leyes a las que nunca dieron consentimiento, y mucho menos ayudado a formular”. También culpa a la «caballerosidad» de los maridos de clase media estadounidenses que estaban decididos a “proteger” a sus esposas de tener que trabajar.
En 1855, a los 52 años, se resignaba a morir por una dolencia cardíaca que le fue diagnosticada. Incluso escribió su propio epitafio para ser publicado en el The Daily News. Pero habría de vivir, seguir escribiendo, investigando y participando activamente en el debate público de los más urgentes temas sociales hasta sus 74 años, cuando efectivamente murió. Aunque con el tiempo su nombre amagó perderse en el olvido, en los últimos años comenzó a ser rescatado, y a esta imbatible “mujer de mil oficios”, como la denomina Valerie Sanders, se la reconoce hoy como la madre de la sociología. No tuvo hijos, pero sí descendencia. Y un legado.
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