26 de febrero de 2025
“Tener o no un final feliz depende de dónde decidas cortar la historia”, decía Orson Welles, célebre actor y director de cine norteamericano. Y tenía mucha razón el hombre.
A los lectores más jóvenes les cuento que hubo un tiempo en los que se solían terminar las historias y cuentos románticos con la frase “y fueron felices y comieron perdices”. El dicho aparecía como frase final de relatos en los que, tras peripecias plagadas de enredos y dificultades, los amantes lograban unirse en un encuentro final en el que sellaban su felicidad eterna.
En las historias, y, sobre todo, en aquellas que llegaban al cine, el encuentro final de la pareja que transitaba su laberinto, era un alivio tras tantas idas y vueltas. A partir de esa unión suponíamos que todo iría genial de ahí en más. Pero esa inmutable felicidad imaginada generaba un problema dado que, en los hechos, el paso del tiempo decía otra cosa. Quizás la esencia del encuentro perduraba a lo largo de los años, pero, sin dudas, no lo hacía sin sacudidas y problemas que hacían “transpirar la camiseta” a la pareja.
En una época ya bastante lejana, los finales felices abundaban hasta que, en cierto momento, la moda empezó a cambiar. Dejaron de aparecer besos y abrazos finales, y tomaron el poder los desenlaces “realistas”, que comenzaron a terminar cuentos, películas, libros y obras de teatro con finales (y principios) “malos”. Muertes, desencuentros, traiciones impensadas, ilusiones destrozadas y todo un compendio de miserias que parecían, sin embargo, traducir sin anestesias edulcoradas, la realidad oculta de nuestra existencia. Esa que barrían bajo la alfombra los amantes de los “happy endings” pasteurizados.
Lo cool fue, entonces, denunciar lo insípido del romanticismo de finales felices cristalizados para siempre. Ese tipo de abordaje (que tenía calidades artísticas muy diversas) fue valioso en su momento, sobre todo, cuando era necesario salir de la idea “Susanita” de la vida. Pero, a mi gusto, la cosa se atascó cuando todo se redujo a la creencia de que desilusionar a repetición era, de por sí, una buena medicina para los crédulos, sin propuesta que ofreciera algo más que esa desilusión final que desertificaba los espíritus. Para peor, los finales felices quedaron desprestigiados por su uso abusivo e infantil, relegados a las comedias y las películas pavas.
Reitero que en algo tenían razón esos guionistas “realistas” en cuanto a que las historias que contaban y, sobre todo, esos desarrollos y, sobre todo, esos finales duros que decidían (recordemos la frase de Welles), representaban una dimensión innegable de la realidad. Los vínculos humanos son complejos, intrincados, con desiertos y claudicaciones por todos lados, a la vez que hay “resurrecciones” o, mejor aún, “nacimientos”, tal como puede ser el inicio de un romance lleno de entusiasmo al estilo de los que se muestran en algunos finales felices de películas que nos dejan una sensación grata en el ánimo.
A los protagonistas que llegaban al final de la película enamorados tras sortear obstáculos y demás, el mensaje de los realistas era “ahora estás bien, pero ya va a caer esa ilusión y verás la realidad”. Creo que estos heraldos eran (son) unos amargos de la pálida, dedicados de manera metódica y permanente a desangelar todo en nombre de lo supuestamente «real», en una gran cruzada desilusionadora que ya cumplió su ciclo. El tema es que la ilusión es una buena manera de iniciar el camino, y no son pocas las veces en las que, caída la ilusión —y transitados variados obstáculos y dificultades— el amor surge fuerte y genuino, porque se sostiene en lo verdadero.
No siempre pasa, pero pasa (y bastante), por lo que la pertinencia de los finales felices es innegable y lejos están de ser meras fantasías de ingenuos.

Todo final es, también, un inicio. Y si un final es feliz, implica que la nueva historia que se escriba a partir de ese final será, también, alimentada por esa felicidad. Hace unos días vi una serie coreana en la que, al final de la misma aparecía el cartel “The beginning” (el inicio) y me gustó la idea. Mejor es empezar entusiasmado que abatido cualquier proyecto de vida que se quiera transitar. Por eso, y no por otra cosa, es que me dedico ahora a alabar los finales felices de las películas. Aunque, eso sí, despojándolos del empalago y la pretensión de eternidad idealizada que a veces los acompaña.
Debo confesar que, en lo personal, siempre se me ha hecho difícil abordar películas, novelas, etc. en las cuales los autores hayan decidido llamar “final” a un momento oscuro y signado por algún tipo de ruptura o claudicación. Esos finales suelen ser como aquellas eternidades idílicas de los que eran felices y comían perdices, pero ahora con signo opuesto.
No me gustan las autopsias de realidades afectivas que se dan por muertas o por morir. Prefiero que me cuenten historias que tienen algún horizonte a la vista y no una pared (física, psicológica, histórica, espiritual) que, por realista que sea, termina siendo insalvable para los protagonistas. Por eso prefiero los finales felices, con la inteligencia del optimismo, donde queda la marca no tanto de lo que no se logró, sino de lo que sí se logró, y se enfatiza lo que se desea y no una eventual derrota de ese deseo aplastado por lo “real”.
Obviamente soy consciente de que no hay caminos genuinos en los que no haya quebrantos y dolores, y, supongo que quienes lean estas líneas y sepan a qué me dedico entenderán que no desconozco que hay historias que se truncan, hay desengaños muy tristes y demás… Pero no siempre pasa así. Y es por esto último que me gustan las películas con finales felices, porque me hace bien imaginar que, justamente esa historia “de película” que vi, relata la de protagonistas que irán encontrándole la vuelta a las cosas de buena forma a lo largo del tiempo, gracias a la fuerza de ese final/principio feliz.
A veces las cosas van bien, los encuentros no terminan en desencuentros perpetuos, y los dolores del camino no generan quebrantos definitivos o desesperanzas. Cuando eso pasa, y la energía inaugural de un final feliz es, a su vez, punto inicial de la continuidad fecunda de esa misma historia, la sensación es linda. Y la verdad, puesto a elegir, prefiero esa sensación que aquella que provocan finales que cierran la historia, dejando afuera de la ecuación a la esperanza.
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Hace ya un tiempo…quizas unos años en que observo y comparto sentirpensares en sintonia con lo expuesto en esta nota. Quizas he compartido esta opinion, algo mas dedordenada con mis amigas y familiares. Pero este articulo, gracias a su autor, sintetiza y ordena lo que con frecuencia he pensado y describe los matices que presenta el «reclamo y deseo» de mas finales felices…