19 de agosto de 2024
Lleva unos años un grupo sectario apropiándose de un concepto que, por definición, es universal e incluyente. El feminismo nació como una forma de estar en sociedad que defiende la igualdad de derechos entre seres humanos. Es, por esencia, un movimiento humanista que propone una mejor vida para toda la humanidad.
En los últimos tiempos, en todo el mundo aparecieron reclamos sectoriales que se etiquetaron con el nombre de esa filosofía de vida. En Argentina fue usado para validar decisiones políticas que no necesariamente contenían la aprobación de todas las mujeres y, menos, de toda la ciudadanía. Años después, los resultados de esas políticas confirman magros resultados con altos costos sociales y patrimoniales. Entendemos con dolor que no supimos escuchar lo que sonaba como alarma: si la reivindicación reclama privilegios para un grupo y no derechos para todos, entonces no merece llamarse feminismo.
Deberíamos haber sospechado cuando en nombre de ese movimiento humanista, basado en el respeto y la ética del cuidado, fanáticas vandalizaban el espacio de todos. Era sospechoso, sobre todo, que muchachas que nacieron en este siglo se presentaran a sí mismas como pioneras de un movimiento que llevaba más de un siglo de conquistas. Más malicioso, por artero, era que insistieran en presentar a la mujer en un sometimiento que desconoce que vivimos en una mejor época gracias a la inmensa tarea que hicieron tantas personas, que facilitaron que ellas pudieran estudiar, trabajar, elegir un destino con más libertad que la que tuvieron sus bisabuelas.
Sobre todo, esos grupos eran sospechosos de sectarios porque su método era polarizar. Una idea se polariza cuando se autoproclama superior y desconoce el derecho de los demás a pensar distinto. Se trata de un mecanismo identitario por el cual se delimitan lealtades a través de rituales, signos, colores, jergas identificatorias. Cuanto más absurda sea la jerigonza, cuanto más ridículo sea el gesto identificador, más lealtad pone en evidencia. Quienes osan señalar el absurdo son rápidamente expulsados de la secta.
La polarización se refuerza al repeler a quienes no piensan o actúan de acuerdo con lo prescripto, que se marcan irremediablemente como enemigos. Vimos acusar de machistas a hombres probos o a mujeres solo por no vestir el uniforme verde. Sin importar cuál era su compromiso real con la igualdad, se los acusaba de machistas o patriarcales porque la polarización usurpa etiquetas para hacer pasar su posición sectaria como la universal.
La propaganda es muy astuta para apropiarse de principios universales. En las puertas de los campos de concentración se leía “El trabajo nos hace libres”, una verdad imposible de rechazar. Tarde la humanidad comprendió el horror que se infligía en lugares donde no había ni trabajo ni libertad. Pero el daño estaba hecho.
El inconsciente colectivo pronto percibió el intrusismo, cuando acuñó el término “feminazi”, para esas personas que se apropiaban del feminismo con furia y prepotencia. Lo moralmente atractivo en la naturaleza humana es el altruismo, el amor, la generosidad, la simpatía, la virtud, dice Pablo Malo Ocejo en su libro Los peligros de la moralidad. Estos valores responden a razones biológicas de supervivencia.
Cuando la superioridad moral recurre a la violencia y la coacción del poder, delata su propia debilidad. Lo que se llamaba “feminismo” en los últimos tiempos era un grupo okupa que usurpaba las virtudes, a la vez que prohijaba aberraciones si provenían de los leales. Bien sabía el impostor que tenía que adoptar los signos de lealtad para ser protegido por la manada. En eso consiste la doble vara.
Ninguna idea que persiga al que piensa diferente puede llamarse derecho humano. Por definición este es el respeto a la dignidad y la libertad. Ese espíritu debe inspirar los tiempos que vienen, porque el mayor riesgo de la polarización es que busque subsanarse cayendo en el extremo contrario.
Si el grupo sectario llamaba inclusivo un lenguaje que era excluyente, el remedio es abrazar con respeto la forma de hablar de las mayorías. Si el grupo sectario acusaba con violencia al disidente, más que nunca es necesario bajar el dedo acusatorio.
Ahora sabemos que la violencia no se detiene bailando en una murga ni la conciencia del violento se ablanda con un folleto con el sello del Ministerio. Tristemente contamos más víctimas que entonces. Tantos artículos que alabaron la ocurrencia del #niunamenos necesitan ahora buscar nuevas iniciativas que ayuden conducentemente a ayudar a tantas más. Lejos de cualquier ideología que se ciegue a la evidencia como en el pasado reciente.
La polarización es, por definición, pendular. Por eso mismo la única manera de detener al loco oscilar del péndulo es evitar que el rechazo de los errores del pasado nos lleve a buscar revancha en sentido contrario. Lo contrario de la violencia es la ternura y lo que compensa a una víctima no es la condena del victimario, sino una sociedad que la ayude a conseguir su propia dignidad.
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