Cuando nos creemos sin salida, el maestro colibrí - Sophia Online

OPINIÓN

Cuando nos creemos sin salida, el maestro colibrí

Virginia Gawel / La vida como camino

Si todos los caminos parecen cerrados, animarnos a ver las cosas desde otra perspectiva puede conducirnos hacia la ansiada libertad.

La vida, con frecuencia, tiene la textura de los sueños: ciertos eventos acontecen como venidos del mundo onírico y, una vez que han sucedido, dejan tan perfumada huella como algunos sueños, nítidos y sentidos.

La escena: estoy trabajando con la notebook sobre mi cama (que es mi escritorio más habitual). Conmigo, Tashi y Shude, mis perros, tan serenos como si estuvieran derramados sobre la manta. Acabo de venir de la calle a retomar mi tarea. Ni bien me dispongo a hacerlo, siento el zumbido de un gran abejorro o un pequeño helicóptero por encima de mi cabeza. Con el rabillo del ojo percibo que está volando contra el cielo raso de madera. Mis perros no advierten nada: siguen derramados.

Levanto la vista sin temor. Un abejorro no podría asustar a la niña salvaje que guía mis días. Pero no se trataba de un abejorro. Brillante en la penumbra, aleteaba con su tamborileo un verde colibrí. No cualquier colibrí. “Colibrito”, como yo le llamo, es un amigo que viene a bañarse cuando en el verano riego las plantas, y a veces se posa en una ramita cuando, entre amigos, nos reunimos en el patio, para ser uno más.

No es fácil entrar a mi habitación: las ventanas están siempre cerradas, sin excepción, de modo que tuvo que encontrarla siguiendo el laberinto que está trazado desde el frente o el fondo de la casa. ¡Qué extraño!

Colibrito aleteaba contra el cielo raso, como queriendo salir por arriba, obstinadamente. Cada tanto, por fortuna, podía descansar en las aspas blancas del ventilador de techo. No sirvió abrir las ventanas para que saliera, porque nunca miraba hacia abajo. Temiendo que pudiera agotarse, le puse sobre las aspas pequeños recipientes con agua y azúcar, para que recobrara energía.

Y aquí está el asunto: luego fui torpe. Me subí a un banquito y quise tirarle suavemente un chal de seda cuando estuviera detenido. Fue peor que inútil: se asustó de la maniobra y volvió a aletear con obstinación.

Traté de buscar ayuda entre mis amigos conocedores de aves. Inclusive le consulté al chat de inteligencia artificial, que me sugirió con buen tino: «Es un ave que vuelve al nido antes de que se ponga el sol. Confiá en que podrá reponer su energía descansando, y mañana, con la luz del día, dejá solo una ventana abierta, y, colgando, tiras de papel o de tela con colores, que se asemejen a las flores, para que él mire hacia ellas”.

Acepté, entonces, su ritmo crepuscular, y lo dejé solo y tranquilo sobre las aspas blancas. Mi día terminó sin ingresar al cuarto hasta la hora de dormir. Sigilosamente entramos mis perros y yo, y miré hacia arriba. Estaba totalmente dormido, hecho una madejita de plumas, apoyado contra el motor del ventilador.

Sentí que él sabía a ciencia cierta que yo era yo, y que yo sabía que él era él, con amorosa confianza. Así descansamos los cuatro en esa pequeña arca de Noé: el animal humano que soy, mis perros y un insólito picaflor amigo. Me envolvió una sensación de privilegio. La Belleza llenaba el cuarto, la Inocencia de todos nosotros, conviviendo abrigados de la noche fría. Me dormí pensando que no tenía tiras de tela ni de papel de color…

Ni bien desperté, vi que Colibrito estaba tranquilo, sentado en uno de los pequeños recipientes. No se asustó de mí ni de mis perros. Salimos del cuarto, y la idea más lógica, la más natural, se presentó en mi interior: no se trataba de poner tiras de colores, sino de, simplemente, juntar sus flores preferidas: rosas blancas, salvias violáceas, fragantes lavandas… Hice un bouquet con ellas, y las puse al pie de la única ventana que abrí. El día recién se estaba estrenando. Ya no había agua azucarada en los recipientes, de modo que los tomé y fui a preparar más.

Al volver, abrí la puerta despacito, miré hacia las flores… y ahí estaba Colibrito, parado en unas hebras de salvia que asomaban hacia afuera. Creo que me estaba esperando, pues se demoró un momento y me miró. Indudablemente, me miró: una línea luminosa se trazó desde sus ojos hasta los míos, y luego emprendió vuelo hacia el árbol en el que vive, donde lo veo a menudo. Me dejó como un nido en el pecho: pequeño y tibio, hospitalario.

Algunos estudiosos de los símbolos dicen que, desde el tiempo antiguo, para los aztecas y los nativos hopis el colibrí encarna el alma de personas fallecidas que vienen a visitarnos. Traté de escuchar mi corazón, para saber si eso era lo que estaba sucediendo, pero sentí que no: que, en este caso, Colibrito se encarnaba a sí mismo y que, por alguna razón de su mundo íntimo, necesitó cobijarse en mi cuarto.

Porque si este mínimo pájaro simboliza algo, es a lo más hondo de mí misma. Me recordó de qué modo leve, afectuoso, debe uno acercarse a su propio espíritu. He sido tan torpe, hace no tantos años, para tratar conmigo misma… Y el Sistema nos empuja a arrojarnos sobre nuestra delicadeza de modo áspero, imperativo, culpógeno, a veces despiadado… No se trata, entonces, de atrapar al colibrí: se trata de darle flores, para guiarlo hacia la Libertad.

Recuerdo estas palabras de David H. Thoreau, quien se fue a vivir a los bosques, para aprender de los pájaros, los elementos, la soledad: “Las mejores cualidades de nuestra naturaleza, al igual que la lozanía de las frutas, solamente pueden ser conservadas por las manipulaciones más delicadas. Sin embargo, ni unos a otros, ni a nosotros mismos, nos tratamos con esa dulzura…”

Pero hay algo más, algo central. Esto lo comprendí con el paso de los días: se dan momentos en que, desesperadamente, queremos salir por donde no es posible. Como el pequeño colibrí, invertimos toda nuestra energía en ese único punto de vista, arremetiendo contra el lugar que no es salida hacia ninguna parte. Y entonces nos embarga esta lógica y errada sensación: que en esa situación no hay salida.

Pero no hay salida porque nos hemos cerrado a esa única posibilidad. Para cobrar perspectiva hace falta detenernos: hallar donde posarnos, recobrar vitalidad, y mirar hacia donde no habíamos mirado.

Se trató, entonces, de un colibrí maestro, pues todo tiene la condición de maestro cuando uno puede encarnar la condición de aprendiz.

 

10 COMENTARIOS

  1. Hermoso! Me sentí muy identificada. Amo los colibríes y tengo varios que me visitan. Una sola vez entró uno y entré en pánico. ¿Y si se agota? ¿ y si muere? ¿ y si trato de agarrarlo?
    Era sólo cuestión de esperar a su ritmo pacífico y cuando él quiso salió por la misma ventana por donde había entrado.
    Imaginé que pensaría : qué le pasa a esta loca que va y viene abriendo ventanas y puertas. Los humanos están locos. Mejor me voy. 😃
    Bajar la ansiedad. Soltar el control.
    Gracias tocaya y maestros colibríes ❤️

  2. He tenido experiencia con colibríes que vienen a mi jardín.
    A veces no tengo flores.
    Pero hacen un vuelo o un saludito.

  3. Hermoso relato con un profundo aprendizaje que debo aplicar por lo que me está tocando vivir: quedarme sin trabajo sin desearlo a pesar de mis 70 años, sintiendo que quizás sea difícil alguna otra salida! Gracias

  4. Realizó un plano secuencia
    en la espalda
    del colibrí.

    Con el néctar
    untado en el pico
    cuento sus plumas
    mientras aletea.

    En rienda corta
    lo llevo y me lleva
    hasta que
    El Viento
    diluya
    la rapidez
    de las cosas.

    Gracias Virginia por El Colibrito maestro

  5. Resone tanto con tus palabras acerca de la delicadeza que no tuvimos en el trato. Si no hemos podido tratarnos con delicadeza, dulzura compasión. ¿La habremos tenido en el trato hacia los demás? Gracias Virginia

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