Criar y cuidarnos: por qué no hay que inmolarse por los hijos - Sophia Online

OPINIÓN

Criar y cuidarnos: por qué no hay que inmolarse por los hijos

Maritchu Seitún/ Hijos

Los hijos no necesitan padres perfectos, sino adultos que los acompañen sin perderse en el camino. Porque aprender a decir “no” también es una lección de amor.

Los defensores de la crianza respetada o respetuosa mal entendida, o de la crianza con apego —una propuesta diferente a la de alcanzar un vínculo de apego seguro con nuestros hijos— pueden hacernos creer que los niños y sus deseos y necesidades van siempre antes que los nuestros. Pero esto no es así. 

Tampoco nos ayuda el recuerdo de madres y abuelas abnegadas que durante nuestra infancia se ponían siempre en el último lugar, que dejaban su vida a un lado y hasta se sacaban la comida de la boca para dársela a los hijos, a los nietos o a sus parejas. No por casualidad son mayoría las mujeres que se inmolan, se sacrifican y se postergan: es lo que vieron de pequeñas y se sienten malas madres cuando no siguen el guión. 

A veces, claro, no hay más remedio que hacerlo. En situaciones extremas, como por ejemplo una enfermedad, o ante problemas y dificultades que reconocemos, sin dudarlo, como urgentes e indispensables, priorizarlos es vital y necesario. Pero no es el caso más extendido, ni responde a la realidad de todos los días. 

Los adultos tenemos que encontrar la forma de llegar a la noche con energía para poder terminar el día con una sonrisa y con ganas de estar ahí, disponibles para nuestros hijos. Pero eso no significa sacrificarnos ni perdernos a nosotros mismos. De hecho, no sólo no hace falta inmolarnos, sino que hacerlo es perjudicial para todos.

Para nuestros hijos, porque terminan creyendo que son los únicos que tienen derechos y nos exigen —sin reconocer ni agradecer el esfuerzo, considerándolo una obligación— en función de lo que nosotros mismos les hicimos creer. También porque los niños y las niñas aprenden de nosotros a ser adultos, y van a crecer con la idea de que tienen que inmolarse a su vez. O porque no van a querer crecer ni tener hijos ya que, si lo hicieran, tendrían que repetir el modelo.

Para los adultos, porque terminamos irremediablemente enojados ante la poca valoración y el escaso reconocimiento y devolución de nuestros hijos hacia nuestro sacrificio. Y porque nos agotamos, nos vaciamos, quemamos nuestra energía sin cuidarla y perdemos la capacidad de recuperación para poder seguir adelante. Perdemos la alegría, nos ofendemos, nos ponemos de mal humor, se nos van las ganas de estar ahí con ellos y la posibilidad de disfrutarlo. Nos quedamos sin “resto” disponible.

Al inmolarnos, no preparamos a nuestros hijos para la vida y sus contratiempos, ni fortalecemos sus recursos para enfrentarlos, primero junto a nosotros y luego, cuando crecen, ya solos. Los chicos se desilusionan, se resienten, porque en el mundo exterior las cosas no son como en casa, donde papá o mamá están siempre disponibles y resuelven todo, atentos a sus deseos y poniendo sus necesidades siempre en primer lugar.

Del sacrificio a la presencia

En la vida diaria, con las demás personas y con nosotros, los chicos tienen que aprender que sus derechos terminan donde empiezan los nuestros. Pero no podemos pedirles que lo aprendan solos: son chicos, y van a pedir el sol, la luna y las estrellas. Somos los adultos quienes tenemos que decirles “ahora no puedo”, “el celular es mío”, “por el momento no”, “hoy es imposible”, “eso es muy caro y no lo puedo comprar”, tolerando su enojo sin enojarnos.

Veámoslo en dos ejemplos:

El primero: vuelvo de trabajar apurada con el tiempo justo de preparar la comida y acompañar a mis hijos en el último tramo del día. Mi hija mayor me pide que la lleve a la casa de una amiga a buscar una carpeta que necesita, ¡urgente! (pero que quizás podríamos haber ido a buscar con antelación y sin correr). 

Hay dos caminos posibles. Puedo decir que sí, inmolarme sin cuidarme ni cuidar a toda la familia, y volver enojada, frustrada, porque mi hija ni me habló durante el viaje y se la pasó mirando su celular. O puedo decirle que no puedo, sugerirle que le pida a su amiga fotos de las hojas que necesita, y seguir tranquila, sonriente, con mi plan. Obviamente ella se va a enojar, pero es nuestro enojo hacia ellos el que daña, no el de ellos hacia nosotros. Somos grandes, sabemos por qué hacemos las cosas, tenemos espalda para tolerar esos berrinches, ¡o podemos fortalecernos hasta lograrlo!

El segundo ejemplo: le compro a mi hijo adolescente un celular que yo no tengo, porque es muy caro. De hecho, ni siquiera me puedo dar el lujo de cargar la tarjeta de crédito con ese gasto, pero igual cedo. Entonces, aparecen algunas preguntas. ¿Qué pasa si lo pierde? ¿O si se le cae y se le rompe? ¿Y si no le da el valor que yo creo que corresponde? Si todo eso pasa, voy a dejar de ser la madre buena, abnegada, sacrificada para convertirme en un dragón furioso, frustrado, dolido, desilusionado. Todo lo contrario de lo que pensaba ser al darle semejante regalo. 

Por eso, es preferible que él esté enojado ante nuestro “no”, “todavía no” o “por ahora no”, a que nosotros nos enojemos con él porque, a pesar del enorme esfuerzo que hicimos, no valoró ni cuidó ese teléfono. Ni a nosotros, que seguimos pagando las cuotas.

Cambiemos nuestros antiguos caminos neuronales, esos hábitos que nos llevan a ubicarnos siempre en el último lugar, porque fue lo que aprendimos de chicos con nuestra propia madre. En ese sentido, hay una imagen que es elocuente: colocarnos primero la máscara de oxígeno en el avión es la condición necesaria para poder ponerles las máscaras luego a nuestros hijos ante una eventual situación de emergencia. Porque aprender a cuidarnos es fundamental para poder seguir cuidando. 

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