Apología de los mandatos - Sophia Online

OPINIÓN

Apología de los mandatos

Miguel Espeche/ Hablemos de...

En tiempos donde la libertad parece venir con manual de instrucciones, la propuesta es repensar el rol de las premisas heredadas.

En nuestro presente habita lo aprendido, y, entre lo aprendido que sirve para la vida, están lo que solemos llamar “mandatos” o, si se prefiere, premisas surgidas de la experiencia de nuestros antecesores que pasan de generación en generación, que sirven de referencia para las situaciones que se nos presentan. 

El de los mandatos es un tema que me interesa porque, por alguna razón, me convocan las situaciones paradojales, esas que se burlan benévolamente de la linealidad del pensamiento y de las fórmulas unidimensionales. 

Es que, como siempre he dicho, hay un mandato que dice que no hay que aceptar mandatos. Se dice que los mandatos son malos, esclavizantes, inhibidores del criterio propio, ya que impiden el contacto con el presente, y todas esas cosas que se suelen dar por obvias. La premisa “hay que romper con los mandatos”, repetida a modo de muletilla, es una paradoja que va en la línea del “te ordeno que seas libre” y similares. Y, queda claro, es un mandato en sí misma.

A mí me gustan los mandatos. Me refiero a los mandatos útiles o esenciales, tipo “sé honesto” o “respetá a las personas”. También suscribo el mandato, que me impusieron mis padres, que dice que hay que lavarse los dientes o no gastar más plata de la que se tiene. 

Obviamente hay mandatos feos o malos, como el de alcanzar el éxito económico a cualquier costo, trabajar hasta reventar o comprar ropa de marca para “ser”. También hay  mandatos ocultos o disfrazados, que operan desde la sombra sin que nos demos cuenta siquiera de su existencia.

Los mandatos disfrazados

Es pueril pensar que inauguramos la humanidad con nuestra vida. Sin lo que acuñamos desde los conocimientos acumulados a través de las generaciones, ni siquiera serviríamos para ser cavernícolas. Por eso nos regimos por referencias que nuestra tribu ha creado para poder sobrevivir y eso, sin dudas, es un excelente mecanismo para la preservación de la especie. Parte de eso que llamamos “mandatos” tienen ese origen. 

Claro que el paso de las generaciones hace que, lo que sirve en un momento, deje de servir en el siguiente. Una tribu que migra desde una zona cálida hacia una fría modificará su ropa y estilo de vivienda porque, mantener lo que era de uso en el lugar de origen, es sinónimo de muerte por congelamiento en la nueva zona a la que se mudaron. Adaptación, que le dicen. 

Todo mandato tuvo su sentido en algún momento y rara vez estos son productos de una zoncera cultural o algo así. De hecho, hay mandatos y costumbres que se relacionan con la tradición cuyo sentido no se ve a primera vista, pero hacen a la cohesión cultural de un pueblo, sin la cual ese pueblo se desintegraría. Es dicha cohesión lo que les da sentido, más allá de que la excesiva rigidez puede jugar en contra.

Todo esto para decir que, a mi gusto, los mandatos son parte inexorable de la vida. Es mejor ser honestos al respecto y reconocerlo, a la vez que, si vamos a dejar de lado un mandato (algo que muchas veces es bueno hacer), primero le agradezcamos los servicios prestados. 

 

 

Como dije antes, existe una nueva generación de mandatos que se disfrazan de no ser mandatos. De hecho —y a modo de ejemplo del bombardeo de mandatos ocultos que estamos sufriendo— es muy significativa la saturación que siento cuando el algoritmo de Instagram me trae a decenas de profesionales de la salud que “baten la justa” respecto de lo que hay que hacer para vivir siglos o para zafar de las penurias de la patología psíquica. Un rato mirando esos reels y quedo abombado, sintiendo que no puedo cumplir ni con la décima parte de lo que allí proponen. ¡Y lo peor es que quizás, como profesional, yo sea también parte de todo eso!

Las madres se abruman al ver los tips de maternaje que saturan las redes, con cosas que “hay que hacer” y otras que “no hay que hacer de ninguna manera” para no malograr a los hijos. Los que tienen sobrepeso lo mismo, pero en relación a dietas y ejercicios compartidos en las redes “por el bien” de ellos. Los ansiosos se ponen más ansiosos al ver que no meditan lo suficiente o tienen una respiración corta y nerviosa. Los que trabajan mucho, sin parar, ven con angustia acercarse un destino lleno de enfermedad, porque no pueden parar el tren de vida que tienen y las redes les describen los efectos nefastos de esa manera de transitar sus días.

Sumo a la lista aquellos que se sienten en una suerte de “fuera de juego” existencial porque no tienen claro el propósito de su vida y ven, llenos de zozobra, que se les dice que, en la vida, lo importante es tener propósitos claros, y valores, y metas, y relaciones sanas, y lazos fuertes de familia, y así hasta el infinito. Expresadas de ese modo, las metas que son realmente deseables terminan siendo un martirio en clave de imperativo solapado, porque se dice cuál es el lugar “correcto” al que hay que arribar, pero no se acompaña el proceso del “ir llegando” al mismo. 

El discernimiento y el sentido común

Entonces, cuando escucho o leo que “hay que romper con los mandatos”, me pregunto: ¿Cuáles? ¿Por qué? Y no doy por sentado que el solo hecho de romper algo genera una mejor opción de manera automática.

Siempre hemos tenido que caminar la difícil ruta que va entre lo que es estructurado, por un lado, y el desorden que trae lo nuevo, por el otro. 

A la larga, el sentido común se impone como herramienta para el discernimiento. Acá llamo “sentido común” a una suerte de amable confianza en lo que percibimos y sentimos, siempre nutridos —directa o indirectamente— por la red humana de pertenencia en la que estamos.  Entiendo a ese “sentido común” como una suerte de “sentido de comunidad” en la cual las relaciones, los vínculos singulares y reales, son más importantes que tips y técnicas específicas vacías de humanidad. Técnica, tip o frase sapiencial, sin humanidad, es mandato… del malo.  

Para resumir, la propuesta es discernir qué nos hace realmente bien, para lo cual hay que vivir la vida asumiendo ciertos riesgos. La sugerencia es apuntar a confiar en que los mandatos pueden o no servir, pero que defenestrarlos sin más nos deja demasiado solos, sin raíces y a merced de los mandatos solapados que tienden a domesticarnos. 

Es verdad que, a medida que caminamos, muchos mandatos caen porque ya no sirven. Vale dejar que caigan en esos casos, apuntando más a crecer en libertad que a cambiar en automático aquellos mandatos de antes, por otros que viajan de colado en el discurso de moda. 

El tiempo seguirá pasando y los mandatos —los buenos y los no tanto— seguirán viajando en él. No son un mal, son un bien, pero lo que es seguro es que no impedirán que debamos crear criterios, no sólo copiar los antiguos. Lo recibido de las generaciones pasadas nos acompaña y nos ampara un poco, pero tarde o temprano el propio discernimiento aparece, y allí no nos queda otra que jugar nuestro propio partido, y que sea lo que tenga que ser. 

 

3 COMENTARIOS

  1. Impecable Miguel!! Hace tiempo me viene dando vueltas el tema en la cabeza y por fin puedo ver este pensamiento ordenadamente escrito por vos! En nombre de «romper mandatos» se justifica el egoísmo de sobredimensionar el bienestar personal por sobre el cuidado de nuestros mayores, niños y familiares frágiles y vulnerables.

  2. Me parece muy bueno tu artículo Miguel!
    Me quedo pensando que esos “mandatos buenos” serán entonces como HERENCIA de quien hayan venido❣️❣️❣️

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