Adolescentes: la importancia de dejar que corran algunos riesgos - Sophia Online

OPINIÓN

Adolescentes: la importancia de dejar que corran algunos riesgos

Maritchu Seitún/ Hijos

Nos da miedo que salgan solos, que vivan nuevas experiencias con amigos o que intenten cosas que están fuera de nuestro control. Pero es importante darles alas para que se arriesguen y, poco a poco, aprendan a volar.

Aunque a los padres nos cueste entenderlo, la toma de riesgos es una conducta del desarrollo normal de los adolescentes. Necesitan los riesgos para crecer y el apoyo de los adultos para tomarlos.

Los adultos tendemos al statu quo, a que todo quede igual que antes, a que nada cambie. Los adolescentes, por el contrario, vienen a derribar esas creencias, piensan por “afuera de la caja”. No sólo nos sacuden y movilizan, sino que incluso pueden colaborar para cambiar el mundo con sus ideas. Se arriesgan a pensar distinto, a querer hacer cosas nuevas. Por eso, la sociedad los necesita y es fundamental que encontremos la forma de cuidarlos y mantenerlos seguros sin matar el espíritu innovador, creativo. Porque incentivar la iniciativa en nuestros adolescentes implica aceptar que corran algunos riesgos y se metan cada tanto en un problema. 

En el libro The romance of risk, la psiquiatra estadounidense Lynn Ponton nos explica que lo que llevó tan lejos a los pioneros americanos es que era una sociedad tomadora de riesgos. Si todo tiene que ser cien por ciento seguro en la vida de nuestros adolescentes, los hacemos vivir en un mundo muy pequeño y ellos pierden esa mirada fresca, distinta, tan interesante y valiosa, y no aprenden a evaluar las situaciones, ni a cometer errores y pagar por ellos. Si nosotros no confiamos en su capacidad para hacerlo, ellos tampoco pueden confiar en ellos mismos ni en su capacidad para idear y resolver. Y en caso de que lo hagan igual, a pesar de nuestros cuidados, lo harán lejos de nosotros, con poca práctica previa y corriendo mucho mayor riesgo. 

Ya he dicho que los niños, cuando lo permitimos, corren riesgos pequeños cerca de nosotros, con consecuencias también pequeñas de las que aprenden para su vida futura. Pero si no lo hacen de niños empiezan en la adolescencia, lejos de nosotros y con posibles o probables consecuencias mucho más serias. Aunque sin la práctica anterior. 

No hablo de soltarlos y que hagan lo que quieran sin vigilancia alguna, sino de lograr un término medio razonable, entendiendo el valor evolutivo de esos ensayos ya desde niños, y la importancia de que les transmitamos nuestra confianza y los habilitemos a salir, explorar, intentar, inventar… A entusiasmarse con sus éxitos y a fortalecerse con los fracasos y los golpes. 

¿Seguridad o sobreprotección?

A diferencia de generaciones anteriores, nuestros adolescentes llegan a esa etapa con poca “calle”, muchas horas en el colegio, sobreprotegidos, vigilados, llevados y traídos por nosotros. Nos ocupamos mucho más que nuestros antecesores de que nuestros hijos estén seguros.

Hace muchos años, durante mi adolescencia, mi madre me advirtió que existían los exhibicionistas. Me explicó que podía encontrarme uno y lo que tenía que hacer en ese caso, pero seguí saliendo a la calle. Y un día me lo encontré (debe haber estado circulando por nuestro barrio y por eso ella me advirtió), y supe alejarme. Fue una de las muchas situaciones que me fueron permitiendo comprobar que podía moverme en el mundo. Claro que fue desagradable, pero mi madre no me evitó el riesgo, confiaba en mis recursos y no me guardó en casa hasta que lo metieran preso.

Nosotros andábamos solos o con amigos desde chicos, viajando en transporte público y en bicicleta por el barrio, y así fuimos aprendiendo a cuidarnos. Nos equivocamos, pagamos precios por esos errores y tuvimos que evaluar los riesgos, para saber cuáles tomar. Alguno se quebró un brazo tirándose por una barranca en un carrito hecho con maderas y rulemanes, pero todos siguieron en la calle, aprendiendo, adquiriendo recursos, fortaleciéndose. Nuestros padres nos transmitían su confianza en nosotros, y esa confianza nos acompañaba. Ese proceso empezó antes de la adolescencia.

De todos modos, en su rebeldía (“hago lo que quiero”), y en su omnipotencia (“a mí no me va a pasar nada”), los adolescentes pueden verse envueltos en riesgos poco saludables, de leves a severos, por eso es tan importante que no los sobreprotejamos en la etapa previa, de modo que adquieran un criterio más realista de lo que les podría pasar. 

Puede ocurrir también que, ya no por exceso sino por falta de cuidados, o por el modelo de sus padres tomadores de riesgos, vayan más lejos de lo que les conviene y es bueno para ellos. Otras veces ocurre por “contagio” de algún ídolo, influencer, película, o serie que toman como modelo. Tienen la posibilidad de ver y tomar ideas que jamás habríamos visto en generaciones anteriores. De ahí la importancia de que practiquen desde chicos el probar y equivocarse, y pagar precios por sus errores.

Es importante diferenciar la conducta exploratoria normal de la conducta peligrosa y favorecer las alternativas saludables que les permiten “practicar” para enriquecer sus recursos, como ser:

-Deportes individuales o en equipo, actividades físicas, desafíos físicos intensos.

-Actividades creativas: teatro, grupo musical, fotografía.

-Actividades intelectuales.

-Voluntariados.  

-Trabajos de tiempo parcial, etc.

En cuanto a actitudes poco saludables, me refiero a fumar, tomar alcohol, tener conductas adictivas, manejar irresponsablemente, mantener relaciones sexuales de riesgo, incurrir en desórdenes de alimentación o autoagresiones, escaparse, robar, ser parte de bandas peligrosas, etc.

Cuando el tema se complica

En el libro Deprivación y delincuencia Donald Winnicott explica que el adolescente necesita un marco para sentirse libre y si el hogar no lo provee lo busca fuera de esas cuatro paredes, en parientes o en la escuela. El adolescente antisocial busca un poco más lejos, apela a la sociedad para que le proporcione la estabilidad que necesita a fin de superar las primeras y muy esenciales etapas de su crecimiento emocional. 

Los adolescentes que se sienten mal emocionalmente expresan sus emociones reprimidas mediante diversas formas de conducta. Se sienten distanciados de sus amigos, familia, o centro escolar. No se integran dentro de los valores de la sociedad adulta o adolescente. Sus acciones son expresión de sus sentimientos de alienación que no pueden expresar mediante formas socialmente aceptables. En ese caso, puede ocurrir que corran más de un riesgo.

Ese tipo de actitudes, sin embargo, implica que igual hay esperanza y que la delincuencia no es necesariamente una enfermedad, sino una conducta que puede mejorar con un manejo firme. Vemos con claridad este proceso en la película En busca del destino (Good Will Hunting), donde ante una figura paterna estricta y fuerte, aunque con afecto y autoridad, el joven puede recuperar sus impulsos primitivos de amor, su sentimiento de culpa y su deseo de reparar (al encontrar un límite a su conducta impulsiva y a la actuación de las ideas que le surgen). De otro modo, el adolescente sólo puede tornarse cada vez más inhibido para amar, y en consecuencia más deprimido y despersonalizado, y eventualmente volverse incapaz de sentir en absoluto la realidad de las cosas, excepto la realidad de la violencia.

¿Cómo los ayudamos?

-Dejándolos que se equivoquen

-Ayudándolos a comprender las consecuencias de sus actos (todo un tema con los padres de hoy)

-Iniciándolos en la práctica de resolución de problemas

-Haciendo un brainstorming

-Enseñándoles a evaluar sus actos

-Dándoles herramientas para que puedan anticipar las consecuencias

-Favoreciendo la toma de riesgos sana

-Incluyéndolos en las conversaciones, discusiones, acuerdos y convenios.

Como siempre, se trata de un trabajo que se realiza en equipo y la tarea adolescente será ganar control de los impulsos y aprender a tomar responsabilidad por las propias acciones cada vez con mayor conciencia.

La belleza de arriesgar

El niño que domó el viento, por ejemplo, es una bellísima película que cuenta la historia real de William Kamkwamba, un joven de 13 años de Malaui que logró llevar agua potable a su aldea por primera vez. Lo hizo construyendo un aerogenerador y una bomba de agua con la única ayuda de su ingenio, perseverancia y unos pocos amigos que creyeron en él. La historia es conmovedora y nos regala valiosas enseñanzas sobre procesos de cambio e innovación de las que podemos aprender.

¿Qué habría pasado si sus padres le hubieran dicho que no lo intente? “Es inútil”, “es muy difícil”, “no vas a poder”, “ no va a servir”… Ellos son nuestros hijos y creen en lo que les decimos.

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