16 de marzo de 2026
“Mamá, ¿estás prestando atención?”, me preguntó mi hija mayor mientras yo tenía la vista puesta en el teléfono. No recuerdo qué es lo que estaba mirando, sí recuerdo que no tenía importancia, no era nada del trabajo, ni una noticia relevante. Así que dejé el teléfono a un lado, la miré, y escuché lo que me quería contar. Su pregunta quedó dándome vueltas en la cabeza durante varios días.
Tiempo atrás, solo nos enterábamos de las noticias más importantes. Hoy cualquier novedad está al alcance de un clic, incluso las escenas más íntimas de la vida cotidiana: el café que tomamos al desayuno, la ropa que nos ponemos para salir, el camino hacia el trabajo, lo que estamos por comer, nuestras actividades, etc.
Podemos ver cómo está compuesta una familia que vive en alguna ciudad cercana, y otra de un país ubicado a miles de kilómetros de distancia. Están quienes comparten sus vidas y las de sus hijos (sin saber que quizá ellos, en un futuro, lamenten haber sido mostrados), y también quienes seguimos esas vidas desde lugares recónditos del mundo, minuto a minuto, en nuestros propios hogares.
¿Qué entendemos por intimidad? ¿Dónde empieza y dónde termina? ¿Qué sentido le damos hoy en nuestra vida?
Casi sin notarlo, ni de entender lo que realmente implica, se están borrando los límites entre lo íntimo y lo público. El valioso tiempo propio se nos escapa entre los dedos cada vez que pasamos más y más tiempo frente a las pantallas, consumiendo vidas ajenas.
Y aunque es cierto que la tecnología facilita un montón de cosas, los avances digitales también traen desafíos que debemos enfrentar, como la necesidad de valernos de herramientas para preservar la intimidad.
Le pregunté a mi hermano qué pensaba sobre este concepto, y respondió: “La intimidad es el tesoro que uno tiene, lo que uno sabe de uno. Cuando compartimos eso con otro, ese otro se vuelve un confidente, un íntimo”.
Me gustó la relación con la palabra tesoro y fui en busca de su etimología. Viene del griego thēsaurós, que significa “depósito de objetos valiosos”. La raíz se relaciona a su vez con el verbo tithemi, “yo pongo”, que subraya la idea de algo que se guarda. ¿Y por qué guardaríamos algo?, me pregunté. Porque es valioso y lo queremos conservar.
La escritora canadiense Catherine L’Ecuyer explica en su libro Educar en la realidad (2015) que “estamos confundiendo conexión humana con conexión tecnológica”. A su vez advierte, que “cuando no hay recuerdos de experiencias interpersonales verdaderas, hay un déficit de humanidad”.
Como ejemplo, relata el caso de una madre que, luego de dar a luz, debe esperar para ver a su hijo, que fue llevado inmediatamente a una incubadora. Pero luego de unas horas, su hija de diecisiete años le muestra una foto de su hermano recién nacido que había subido a las redes.
“Todos sus amigos lo habían visto antes que yo, su madre, pudiera tomarlo en brazos —cuenta la mujer—. Le expliqué a mi hija que estaba muy molesta por lo que había hecho. Hablamos del sentido de intimidad, de la discreción, de la privacidad. Ella no entendía cuál había sido el problema. Ni siquiera después de explicárselo podía comprender cómo me sentía”.

Quienes nacimos antes de los 90 todavía tenemos esa noción de lo que significa preservar lo íntimo, y podemos sentir cierta nostalgia por saberlo invadido. Quizá los que nacieron después lo tengan tan naturalizado, que no lo registren de esa misma forma. Esto es lo que me genera más vértigo: que nos volvamos inmunes al efecto que produce ver la vida a través de una pantalla y naturalicemos dejar de ahondar en la experiencia más real y presente. Se suma, entonces, la responsabilidad de enseñarle a nuestros hijos a cuidar la intimidad como el tesoro que es.
Por hablar de casos más cotidianos, ¿cuántas veces mandamos un mensaje, o escuchamos un audio, mientras hacemos un paseo? ¿Y cuántas notamos que, en una reunión familiar, o de amigos, más de uno está scrolleando en el celular?
Tener la vista puesta en el teléfono significa también tener nuestra atención, emociones y pensamientos fijados ahí. Ocurre casi sin darnos cuenta y sin premeditación, como un acto inconsciente. Por más inocente que esto parezca (solo implica tocar un botón para desbloquear o bloquear la pantalla), en ese ir y venir desde el mundo virtual al mundo que nos rodea, nos acostumbramos a dispersar la atención, y navegamos por una superficialidad constante, sin estar realmente ni acá ni allá.
Como dice la canción de Pink Floyd “Comfortably numb”, corremos el riesgo de caer en un entumecimiento emocional y en la desconexión, mientras que los procesos internos y las experiencias profundas requieren de una transición más lenta.
En una entrevista publicada en el libro Volver a Sophia, la psiquiatra española Marian Rojas Estapé explica parte de este fenómeno:
“Todo está diseñado para no frenar, consumir rápidamente sin reflexionar sobre lo que consumimos. (…) Toda esta digitalización masiva y su estimulación te hace un ser pasivo, y nadie ha descubierto nada importante en un momento frenético de hiperactividad (…) Las redes sociales tienen una parte positiva si son bien empleadas, pero también tienen un alto poder de enganche que puede generar sensación de vacío. Ten en cuenta que miras las redes y automáticamente, inconscientemente, te comparas con la vida de otros. Si tienes un fondo inseguro y lo estás pasando mal, las redes se convierten en un arma de doble filo”.
Además, la médica destaca que este tipo de consumo daña nuestra corteza prefrontal, una aliada clave para poder desarrollar una vida espiritual.
En su libro La soledad de los felices (2024), el periodista Sergio Sinay señala que hoy la felicidad se impone como una meta alcanzable, confundiéndola con la diversión, las distracciones y la evasión del sufrimiento. Y destaca: “La verdadera felicidad proviene de sumergirse en aguas existenciales, en lo emocional y espiritual”.
Sería bueno tomar conciencia. Preguntarnos si quizás no nos estamos quedando en superficies, consumiendo vidas de otros, creyendo en modelos externos que nos imponen “aspirar a ser como tal o cual”, en lugar de tomar contacto con la propia autenticidad. Porque como nos recuerda Sinay, “cada ser humano fue, es y será único, inédito e irrepetible. Una expresión singular de la especie (…). Y en la medida en que cada uno es único también lo es su noción de felicidad”.

Podríamos pensar que cuidar de nuestra intimidad y vida interior implica aprender a frenar la avalancha de información, de consumo y de vorágine en la que nos vemos inmersos cada día. Pero también requiere que le cerremos (o al menos entornemos) la puerta al mundo avasallante que solicita nuestra atención continua y que elijamos evitar las distracciones para poder enfocarnos en cuidar los límites personales.
Hay un plano profundo de la existencia donde podemos ser felices, aun en contacto con las luces y las sombras de la existencia, si es que nos permitimos acceder a él, explica Sinay. Pero ¿cómo?
Una manera es respetando nuestra intimidad. Regalarnos tiempo y espacio para reflexionar sobre aquello que necesitamos evitar, resulta útil en varios niveles. Por un lado, sienta las bases para comprender lo que realmente queremos en la vida, sin necesidad de copiar al resto, y por el otro, podemos elegir a esas personas más cercanas con quienes compartir nuestro mundo íntimo, con quienes podemos ser y estar sin tapujos.
Otra área, y quizá la más importante, es cultivar la intimidad con Dios. En El camino del artista, la autora Julia Cameron insiste en la importancia de alimentar nuestra conexión con una fuente superior. “Necesitamos confiar en el Gran Creador y movernos en la fe”, dice esta precursora de la creatividad y la sanación.
Hoy la intimidad nos pide que la conservemos, que hagamos uso de nuestra libertad con consciencia y evitemos dejarnos llevar pasivamente. Nos reclama estar atentos y ocuparnos de recuperarla y cultivarla, lo que tal vez implica desandar algunos caminos y darle el lugar que se merece, para de esa manera volvernos más genuinos.
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Muy buena la nota. Me encantó!!!
Aprender a cuidar nuestro metro cuadrado. Íntimo, propio y sagrado.
Para refexionr y discernir bien, cuáles son nuestras prioridades.
Gracias!!!!
magnífico gracias